Cuando el pueblo judío entró a la tierra de Israel, se le ordenó dar a los Cohanim, la tribu sacerdotal que servía en el Santo Templo, la "jalá" —una porción que debía ser separada de la masa cada vez que se horneaba pan.

Además de su función práctica como un regalo al Cohen, la mitzvá de "separar Jalá" tiene un profundo mensaje espiritual. La Jalá es la porción de Divinidad en nuestro pan, en nuestra vida. A través de Jala demostramos nuestra creencia de que todo nuestro sustento proviene directamente de la mano de Di-s. No podemos utilizar la masa a menos que hayamos separado Jalá, de la misma forma que una porción de nuestros ingresos debe ser reservada para caridad.

La Torá se refiere a Jalá como reishit —lo primero y lo mejor —de la masa. Así, también, nuestro servicio espiritual puede ocupar solamente una pequeña porción de nuestras vidas, en cantidad, pero debe ser "la primeras y la mejor", a la cual le dedicamos los primeros momentos de nuestro día, nuestras energías más renovadas, y nuestros más aguzados talentos.