Hoy fue uno de esos días intensos, sin respiro.
La mañana arrancó bien: sonó el teléfono con el aviso de la entrega de unas vigas de metal para la mega sucá del patio. Me vestí rápido y salí al patio de Jabad a recibirlas. Después, llevar a los niños al colegio, playa, mikve y caminata. A la vuelta le dije a mi esposa: “Las cosas se van acomodando, ya no estoy tan ansioso, estamos empezando a encarrilar.” Para qué hablé.
Apenas llegamos a casa, llaman para avisar que una persona cercana tuvo un brote psicótico fuerte y había que actuar urgente.
Corrí a la oficina: pendientes con mi jefe, la contadora, mails al rabino (¡cincuenta!), artículos para las fiestas y, además, voluntarios que vinieron a pintar el templo. Se sumó otro amigo que necesitaba contención; mientras escribía correos conversamos, y luego lo invité a almorzar.
De regreso a la oficina, tocó subir un libro completo capítulo por capítulo a la web: notas, imágenes, correcciones de ortografía. Otra vez llegaron los voluntarios a pintar y arreglar. Y en medio de todo, me avisan que tenía que ir al cementerio: la familia de un soldado caído quería un rabino que hablara español.
Cambio rápido: remera y zapatillas por atuendo rabínico formal. Me entra un mensaje de otro rabino preguntando cómo es el barrio de Colegiales, porque quiere reabrir el Jabad allá.
Arranco hacia el cementerio. Allí me encuentro con amigos de Ariel Lubliner z”l y con muchas caras conocidas de la comunidad latina de las Krayot. Había soldados, el intendente de Bialik, banderas y civiles que llegaron a rendir respeto.
El coche fúnebre se acerca con el cajón cubierto por la bandera de Israel. Ocho soldados fuertes, con los ojos llenos de lágrimas —probablemente compañeros de Ariel— cargan el féretro. Se acercan los familiares: reconozco a Bárbara, cargando a Lior, el bebé de nueve meses, también a los padres de Ariel, llegados del exterior, y a la suegra. Me conducen hasta donde estaba la familia, con cierta reticencia de quienes manejaban el protocolo militar. Acompañamos al cuerpo en su último trayecto.
Los discursos lo dibujaron como un hombre querido: Ariel preparaba café turco para todos, disfrutaba del tenis y el ping pong, planeaba viajar a Brasil, había recorrido en bicicleta una isla griega, se preocupaba por su ciudad y la cuidaba. De chico viajaba una hora todos los días para ir a un colegio judío. Como inmigrante, hizo el ingreso al ejército en la misma base que mi hermana. Se había recibido de posgrado en Israel. Y esta era la cuarta vez que se presentaba voluntariamente a servir en esta maldita guerra que se lo llevó.
La esposa, con enorme entereza, dijo palabras que calaron hondo. Y el llanto de ese bebé buscando a su papá desgarró todo.
De golpe, los correos, los problemas, todo quedó en segundo plano. Acá había un héroe que ya no está. Un niño que crecerá sin papá. Un tipazo que no llegué a conocer, pero con quien estoy seguro me hubiera llevado bien: teníamos mucho en común.
Cuando hace seis años decidimos venir a Israel para construir comunidad con los hispanohablantes, jamás imaginé que eso incluiría estar en funerales de muchachos jóvenes. Y este ya es el cuarto soldado sudamericano cuyos servicios fúnebres acompaño.
Ariel Lubliner Zl, fue el soldado numero 900 caído en esta guerra. No es solo un numero más es un mundo entero que se perdió. Puedo recordar a otros que son de origen argentino, como Sebastián Ion, Ido Voloj, Ilan Cohen, Alon Farkas, de bendita memoria. Espero que este artículo nos inspire a que sumemos buenas acciones y Torá en memoria de todos ellos.
Basta. BASTA.
Ad matai.
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