Pregunta:

Estoy viviendo una situación difícil. Un ser querido está enfermo, y me pregunto: ¿Por qué existen la enfermedad, la vejez y la muerte? Si Hashem es bueno, ¿por qué permite que personas que amamos sufran? ¿Tiene algún propósito espiritual todo esto?

Respuesta:

Tu pregunta es muy humana, profunda y legítima. Cuando vemos a alguien que queremos atravesar dolor y fragilidad, es natural cuestionarnos. La Torá no ignora estas preguntas. Al contrario, las aborda desde las vidas de nuestros patriarcas y con enseñanzas que iluminan el sentido espiritual de la enfermedad, la vejez y la muerte.

Comencemos por algo sorprendente: la enfermedad no existía antes de Iaakov Avinu. Nuestros Sabios enseñan que las personas fallecían de forma repentina, sin previo aviso. Iaakov pidió a Hashem poder enfermar antes de morir, para prepararse, despedirse de sus hijos, bendecirlos y dejarles un legado espiritual. Desde entonces, la enfermedad también puede ser, aunque dolorosa, una oportunidad de despedida, reflexión y transmisión de bendiciones.1

Luego está la vejez. Hasta Abraham, según el Midrash, las personas no mostraban señales visibles de envejecimiento. Padre e hijo podían verse iguales. Abraham pidió a Hashem que existiera la vejez, no como deterioro, sino como dignidad: como una forma de distinguir a quienes han recorrido camino, acumulado sabiduría y merecen respeto y honra. Hashem aceptó, y desde entonces la edad avanzada se convirtió también en un símbolo de experiencia y bendición.2

Y la pregunta más grande: ¿por qué morimos?
La Torá responde que, originalmente, el ser humano fue creado para vivir eternamente. Pero tras el pecado original, ingresó al mundo una realidad de imperfección moral y espiritual. Si el hombre hubiera permanecido inmortal, también el mal dentro de él se volvería eterno. Hashem introdujo la mortalidad como una forma de protección, para que el mal no se perpetúe. La muerte, aunque dolorosa, permite que el alma se libere, se eleve y continúe su camino espiritual.3

Visto desde la Torá, la vejez, la enfermedad y la muerte no son solamente fragilidad humana, sino también espacios de sentido:

  • la oportunidad de despedirnos, bendecir y transmitir legado;
  • la posibilidad de honrar la vida, la experiencia y la sabiduría acumulada;
  • y el recordatorio de que somos más alma que cuerpo, y que la vida no termina, sino que cambia de forma.

Cuando acompañamos a alguien enfermo o mayor, no solo lo asistimos físicamente, sino que estamos participando en su proceso espiritual: ayudándolo a cerrar círculos, a reconciliarse, a conectar con su esencia, y también a dejarnos enseñanzas que permanecerán mucho después.

No siempre entendemos los caminos de Hashem. Pero sí podemos encontrar consuelo en saber que incluso en el dolor hay propósito, dignidad y oportunidad de luz.