Esta es una historia que escuché de boca de mi amiga Moni, sin saber que conocía muy bien a la protagonista. No recuerdo aún cómo fue que llegué a la información de que la conocía, pero enseguida que lo supe contacté con ella, chequeé datos que me faltaban y le pregunté si podía contarla. La respuesta está a la vista. La relato en primera persona, pero evitando los nombres, y la escribo hoy, domingo 11 de Nissan, con un café frío a mi lado. Ya es de tarde, el día se termina y se me ocurre que contarla puede ser un lindo regalo de cumpleaños para el Rebe, quien hoy cumpliría 124 años.

El casamiento de nuestro hijo estaba programado para realizarse en Israel justo cuando comenzó la “guerra de los doce días”, del 13 al 24 de junio de 2025. Baruj HaShem, logramos llegar en el último vuelo de la única aerolínea que aún seguía operando. Fue un verdadero milagro. Y como en Israel la vida sigue, con bombas o sin ellas, la boda se celebró. La vuelta a Buenos Aires no fue fácil. No teníamos pasajes, así que fuimos regresando de a poco, según las prioridades de cada uno. Una de mis hijas se quedó dos meses más, y fue en ese tiempo que conoció a un chico y decidieron que querían casarse. Ese casamiento sería en Buenos Aires. Así que, a partir del momento en que nos contó la noticia y tras su llegada a casa, nos zambullimos en una maratón de trámites, de los más lindos y de los burocráticos, que se tropezaban unos con otros y no se terminaban, se encimaban. La concentración en el trabajo me fue difícil, la ropa sucia se empezó a acumular, las camas se hacían de reojo, las cenas eran minutas al paso, no recuerdo qué llevaban los más chicos de vianda al colegio. La vida comunitaria, la fundación, todo perdió prioridad. Y, como si esto no fuera suficiente, a mis consuegros y a mi yerno los conocería el día de la jupá, o casi.

A una semana del evento, el miércoles de la semana anterior, recibí el llamado de la mamá de una familia a quienes solemos ayudar desde nuestra fundación. Me contó que les habían cortado la luz. Respiré hondo antes de atender; pero, cuando me dio la noticia y me dijo el monto que debían, ya no respiré hondo: abrí los ojos como los de un búho, como si eso hiciera que el dinero apareciera. La nube de casamiento que me envolvía desapareció, las imágenes de todos los integrantes de esa familia me pasaron por enfrente y sufrí. Mientras, mi cabeza empezó a pensar las mil y una formas de cómo resolver este problema. Am Ejad Lev Ejad. Un pueblo, un corazón.

Los primeros auxilios que se me ocurrieron eran los de siempre, pero sabía que ya muchas veces les habían “salvado las papas”, entonces, así como aparecían, desaparecían: los iba descartando. Como queriendo ganarle al tiempo, que yo no tenía y ella menos, le pregunté si había pensado en una solución. La respuesta fue: “Nada, seguiré así hasta que pueda pagarla”. Le respondí que eso no podía ser. Esta familia tiene ocho hijos. ¿Te imaginas a toda esta gente conviviendo sin luz, sin heladera, sin agua, por tiempo indeterminado? Me preguntaba sin parar.

Entonces me dijo que yo era su salvavidas. Respiré hondo nuevamente y le propuse que fuera a la empresa que le proveía el servicio y averiguara cuánto debía, cuál era el mínimo que había que pagar para poder mantener la luz y qué planes de pago le ofrecían.

Dos días después, mientras estaba en mi casa cocinando para Shabat, me volvió a llamar: 660.000 pesos era el mínimo a pagar para recuperar la luz. Yo tenía en mi poder un dinero que una persona me dona para un trabajo en particular; es el monto exacto que se necesita mensualmente para pagar esa tarea. Esto era lo único que tenía. Opté por sacar 400.000 de esa caja y después pensar cómo devolverlos; para el resto llegaba con algo que había cobrado.

Mi otra hija estaba en casa conmigo y, como ella tenía que salir, le pedí que le acercara el sobre a mi secretaria en la oficina, sin darle ningún tipo de información. Yo le avisaría qué había que hacer con eso. Ella me pidió que se lo pusiera en el bolsillo delantero de su bolso.

Unas horas más tarde, me escribió: “¿Mami, vos estás segura de que pusiste la plata en el bolsillo del bolso? Porque no la encuentro”. La plata no estaba en su bolso ni en mi casa.

“¿HaShem, qué querés de mí?”, pregunté. “Saqué un montón de dinero de un lugar que no corresponde y ya me comprometí con esta mujer a ayudarla”. No tenía muchas opciones, así que terminé sacando plata de eso que era para otra cosa; ya pensaría cómo acomodar esa deuda más adelante. A las 17:30, previo a encender las velas, fui a la casa de esta mujer y le entregué el dinero.

En Shabat descansé, me volví a conectar con la alegría que se venía, mientras veía a mi familia junta alrededor de la mesa. Cuando terminó y encendí el teléfono, recibí un llamado de mi consuegra para decirme que su marido había tenido un infarto. El viernes a la tarde se empezó a sentir mal, fue a la guardia y le dijeron que no era nada. En Shabat por la noche, los síntomas de la tarde fueron más fuertes. Llamaron a la ambulancia y lo tuvieron que reanimar. Estaba muy mal. “Baruj HaShem, vivimos un milagro. Pero no va a poder estar en el casamiento”.

La última frase quedó retumbando en mi cabeza mientras me imaginaba la situación y lograba encontrar las palabras para darle ánimo a esta mujer, que no conocía mucho pero que ya era parte de mi familia. Cuando corté el teléfono, no pude despegarme de lo que escuché y me puse a darle vueltas al asunto: el dinero perdido y el infarto de mi consuegro. Entonces pensé en eso que enseño siempre en mis shiurim: “La tzedaká trae bondad al mundo, la tzedaká salva de la muerte”.

Finalmente llegó el día de la jupá. Cuando nos vimos, después de separarnos del abrazo festivo y contenedor que nos dimos, ella me dijo: “En todo este balagan, sos la persona que más cerca sentí”. En ese momento no lo entendí y, sin tiempo para procesarlo, seguí; pero la frase quedó en mí.

La jupá pasó y también la fiesta. Si la mitzvá en un casamiento es alegrar a los novios, acá se cumplió con creces. Aunque un padre es irremplazable.

En uno de los Sheva Berajot, en los que pudimos charlar un poco más con tranquilidad y cercanía, retomé eso que ella me había dicho en la jupá. Le pregunté si recordaba el horario en el que todo había sucedido. “Sí, claro, el infarto fue a las 22:30”. Como tenemos cinco horas de diferencia con Israel, me di cuenta de que en el mismo momento en el que mi consuegro estaba teniendo el ataque cardíaco, yo estaba dando tzedaká a esta familia para que vuelvan a tener luz.