—Hola, vengo a ver al Rabino.

—¿Tiene cita? —le dijo el de seguridad, sabiendo que en ese horario el Rabino tenía la agenda bloqueada y no había que molestarlo.

—¿Su nombre?

—Alberto Sadia.

—Alberto, ¿es urgente?

Viendo la cara que puso Alberto al escuchar la pregunta, agregó:

—Disculpe, pero el Rabino tiene este horario bloqueado, por eso le pregunto.

—¿En cuánto queda libre?

—En 30 minutos se libera.

—OK, voy al café de la esquina. En 30 estoy acá. Dame prioridad, ¿eh? —dijo Alberto, guiñándole el ojo.

—Délo por hecho —respondió con media sonrisa—. Lo esperamos.

Cuando salió del templo fue directo al bar de la esquina, el mismo que quedaba frente a su casa. Lo conocía, lo frecuentaba: era una extensión de su living. Entró y saludó con el clásico:

—¿Qué tal, muchachos?

Carlitos (su mozo), Tincho, Don Jorge (el dueño) y algunos clientes respondieron. La mujer que parecía abducida por su computadora no reaccionó; los viejitos que se la pasaban medio día sentados ahí viendo gente pasar, saludaron al unísono; el señor de traje, absorto en su celular y su cuaderno, levantó la vista, suspiró como si llevara minutos sin hacerlo y dijo:

—Hola.

Y los adolescentes que reían a carcajadas pararon, miraron y volvieron a reírse. Los demás saludos quedaron anulados por el ruido de una ambulancia que pasaba por la calle, la silla que Alberto corrió para sentarse, y los sonidos propios de El Fulano.

Tres minutos después, Carlitos se acercó con el café negro, sin azúcar ni edulcorante, caliente, bien caliente, como le gustaba a Alberto.

—Gracias, Carlitos.

Awafi, Don Alberto.

Los comentarios en cotur de Carlitos le sacaban, indefectiblemente, una sonrisa.

—¿Qué tal Shavuot?

—Uuuu, Carlitos, una locura. Escuché una charla que me dejó tildado todo el Jag —Alberto ya sabía cuáles eran las palabras que Carlitos conocía. Eran años de estar “capacitándolo” sobre asuntos judíos.

—Cuente, Don Alberto. Usted sabe cuánto me gusta su religión. Está tranquilo el ambiente, así que Don Jorge no va a chillar.

—Habló un empresario, Safdie, Martín Safdie. No tengo trato con él, pero es de la comunidad y sus pibes van al mismo colegio que los míos. El tipo arrancó la charla con un título bravo: “Ni loco dono”. —Rió Alberto y siguió—: Empezó explicándolo desde la Torá, ¿viste?, contando cómo viene la mano con las donaciones. Ahí dijo que esta mitzvá, precepto (lo aclaró también en castellano, por las dudas), es la única en la que nosotros tenemos permitido probar a D-s.

—¿Y eso cómo sería, Don Alberto?

—Paraaaa, Carlitos, vos seguime que ya vas a entender.

Dijo que hace muchos años, cuando empezaba su camino de teshuvá, estaba charlando con un rabino sobre el diezmo y la tzedaká, y cuenta que el rabino, como todos —dijo Alberto sonriendo y guiñando el ojo derecho al mismo tiempo— le insistía en que done.

—¡Los rabinos vuelan, che!

—El tipo, en esa charla, dijo que hizo un click y pensó en probar. Y probó. Resulta que invirtió mil pesos en una acción... y esos mil se hicieron dos mil.

—¿Así… como… así nomás, Don Alberto?

—Así dijo Safdie. Pero la cosa no quedó ahí. Entonces arrancó con otra historia que es de locos. Dijo que en agosto de 2019... no me acuerdo el día.

—A ver, pará que googleo —se puso los anteojos, agarró su celular y, concentrado, buscó la información. A los segundos, dijo—: 12 de agosto de 2019. “Lunes Negro”, tal como dijo Safdie. “Lunes Negro”, como titula el diario. Bueno, parece que fue todo un caos, habían sido las PASO —y mirando nuevamente el celular agregó—: La bolsa porteña cayó 37,9% en pesos y el dólar saltó un 19%. Las acciones argentinas en Wall Street se hundieron hasta un 60%, y un 35% en promedio.

Terminó de leer, se sacó los anteojos y siguió:

—Ahí Safdie cuenta que unos meses antes de este lío había comprado con tres socios un terreno en Vaca Muerta.

—¿Y eso dónde queda?

—En Añelo, Carlitos. Provincia de Neuquén.

—Ahhh, en el Sur.

—Dice que venían viajando desde 2014 a Añelo y habían encontrado un lote muy bueno. Lo compraron, endeudándose un poco, y pensaban construir... no sabían bien todavía qué. Y entonces pasa esto que te acabo de contar: la bolsa, las PASO, todo cayendo sin freno.

—¿Y entonces?

—Ahí se asustó. Mucho. La deuda era cada vez más grande y ya no había posibilidad de construir nada. Entonces, decidió hablar con HaShem y lo involucró en el problema.

—¿Cómo sería eso, Don Alberto?

—Safdie le dijo a D-s así: “Querido D-s, tenemos un problema grande. Si salimos de esta, vamos 50 y 50 en la ganancia”.

—¡Qué grande Don Safdie! —Alberto sonrió, y Carlitos dijo—: Siga, Don Alberto…

—¿Te acordás el año pasado que cerramos la calle e hicimos fiesta?

—Ustedes cortan la calle seguido, Don Alberto. Siempre hay algo que festejar, gracias a D-s.

—Bueno, una de esas fue porque el tal Safdie logró vender el terreno. Y con el 50% prometido a D-s, donó un sefer Torá para la comunidad.

Los dos se quedaron en silencio. Carlitos lo miraba a Don Alberto con la boca abierta, y Alberto tenía la mirada perdida en la nada. Fue con el grito de Don Jorge, llamando a Carlitos, que los dos volvieron a la realidad.

—Don Alberto, disculpe… me llama el deber.

—A mí también, querido. Andá tranquilo.

Alberto salió del bar. Carlitos lo siguió con la mirada mientras volvía a su doble tarea de ese día: mozo y auxiliar de cocina. La pila de cosas para lavar era inmensa. Mientras Alberto caminaba los pocos metros hasta el templo, la historia seguía resonando en su cabeza, como le venía pasando desde Shavuot. El chico de seguridad le abrió la puerta y le dijo que el Rabino lo estaba esperando. Alberto le guiñó el ojo. Entró a la oficina del Rabino, quien lo invitó a sentarse. Alberto entonces dijo:

—Rabino, no le quiero robar mucho tiempo —y sacando del bolsillo de su campera un sobre, le dijo—: Vengo a probar si lo que dijo Safdie en su charla es verdad. Vengo a probar a HaShem.

El Rabino sonrió y le agradeció, deseándole hatzlajá.