Estamos devastados. Hemos perdido amigos y seres queridos. Nuestros hijos tienen miedo. Nuestra ciudad, que era pacífica, se siente vulnerada. Estamos heridos y sacudidos, agotados y desbordados, intentando ayudar sin saber bien hacia dónde seguir.

Y todo esto en Janucá, la festividad de la alegría y de la luz, la fiesta en la que los débiles vencen a los poderosos. Sin embargo, ahora nos sentimos débiles, luchando contra una pesada oscuridad que se cierne sobre nosotros. Debe haber un mensaje de sabiduría, un destello de esperanza, que Janucá pueda ofrecernos en medio de este dolor quebrado.

Aquí va una reflexión. Después de encender las velas de Janucá, siempre queda un desorden. Cera derretida. Mechas quemadas. Aceite sobrante. Restos de aquello que alguna vez produjo luz. ¿Qué hacemos con esos restos? ¿Cómo limpiamos después de Janucá?

La ley judía menciona dos costumbres. Una opción es sencilla: se reúne todo, se envuelve con cuidado y se desecha con dignidad. La luz cumplió su función y los restos se apartan.

Pero existe otra costumbre, más poderosa. Se recoge todo el aceite, la cera y las mechas que quedaron, y se los enciende juntos. Se crea una gran llama y se deja que todo arda de una vez. Lo que antes era luz dispersa se convierte en un solo fuego intenso. Los restos no se descartan, se elevan.

Este año, Janucá nos ha dejado algo más que cera derretida. Vidas perdidas. Familias destrozadas. Inocencias arrebatadas. Un dolor que no puede explicarse ni acomodarse fácilmente.

Y así, nos encontramos ante las mismas dos opciones. Podemos intentar esquivar el dolor, dejarlo a un lado y volver a la normalidad lo antes posible. Es una respuesta válida, pero no es la única.

También podemos hacer lo que nuestra tradición nos enseña. Podemos juntar todo el dolor, enfrentarlo con honestidad y permitir que alimente una luz mayor. Eso significa más orgullo judío, no menos. Más amor, no miedo. Más unidad, no repliegue. Más luz, no silencio.

Les debemos a las almas que perdimos que sus muertes no sean el final de la historia. Esto debe ser un punto de inflexión, un nuevo comienzo, para cada uno de nosotros y para todos. El mal intentó apagar nuestra luz, no podemos permitir que gane. Haz una mitzvá. Sana una relación rota. Ayuda a alguien que te necesita.

Absorbe el dolor y transfórmalo en una luz de bondad. La luz de las almas que perdimos, unida a la luz que encendemos en nuestras propias almas, puede cambiar nuestra ciudad, nuestro país y el mundo.