Hay un momento de la plegaria de Rosh Hashaná que este año me tocó de una manera diferente. Al recitar Unetané Tokef, cuando pronunciamos aquellas palabras estremecedoras —“quién vivirá y quién morirá, quién por el fuego y quién por el agua”—, no pude contener las lágrimas. Inmediatamente pensé en el Rabino Eli Schlanger, que era parte de nuestra familia, y en las demás víctimas del terrible atentado ocurrido durante Janucá en Sídney. Personas que habían salido a celebrar, a encender luz, y cuyas vidas terminaron de una manera que nadie podía imaginar.
Esas palabras que repetimos cada año de pronto dejaron de ser una antigua plegaria. Se volvieron profundamente reales. Nos recuerdan algo que muchas veces preferimos no pensar: la vida es frágil. Ninguno de nosotros sabe qué traerá el año que comienza. Llegamos a Rosh Hashaná con planes, proyectos y sueños, pero sin saber realmente qué está escrito para nosotros.
Y justamente por eso, recibir un año más de vida es un regalo enorme. El hecho de que nuestra neshamá siga en este mundo un año más no es algo automático. No es simplemente “tener otro año”. Si Hashem nos concede ese tiempo, es porque todavía hay una razón para que estemos aquí. Hay algo que todavía tenemos que hacer.
Pero ese regalo no viene vacío. No es un regalo sin responsabilidad. Si nuestra neshamá recibe un año más de shlijut en este mundo, significa que hay una misión que todavía no terminó. Hay algo importante que solamente nosotros podemos aportar. Tal vez una persona que necesita de nosotros, una mitzvá que podemos cumplir, una familia que podemos fortalecer, una idea que debemos convertir en realidad, una parte del mundo que Hashem espera que nosotros iluminemos.
Por eso, cuando pedimos en Rosh Hashaná ser inscriptos en el Libro de la Vida, no estamos pidiendo simplemente seguir viviendo. Estamos pidiendo algo mucho más grande: que Hashem nos dé nuevamente la oportunidad de cumplir nuestra shlijut. Y si nos da esa oportunidad, es porque todavía podemos lograr algo importante.
Un año más es Hashem diciéndole a nuestra neshamá: todavía tienes trabajo que hacer aquí. Todavía tienes algo para construir.
Eso transforma completamente la manera en que miramos el tiempo. No podemos vivir como si los días fueran simplemente pasando. Cada día que recibimos tiene una razón. Cada mañana en la que nuestra neshamá vuelve a nuestro cuerpo es una nueva oportunidad para continuar aquello para lo cual fuimos enviados a este mundo.
Quizás por eso Rosh Hashaná habla de la vida y de la muerte de una manera tan directa. No para llenarnos de miedo, sino para despertarnos. Para recordarnos que la vida es demasiado valiosa como para vivirla sin propósito. Hay cosas que no podemos controlar, pero sí podemos decidir qué hacemos con el tiempo que Hashem nos entrega.
Y por eso, cuando pedimos por un año de vida, salud y bendición, deberíamos hacernos también una pregunta: si Hashem me concede este año, ¿qué espera de mí? ¿Para qué necesita mi neshamá estar aquí un año más?
Que podamos entrar al nuevo año sintiendo la inmensa gratitud de recibir nuevamente el regalo de la vida, pero también la seriedad de saber que ese regalo tiene un propósito. Que podamos descubrir qué tenemos que hacer con él y aprovechar cada día, cada oportunidad y cada minuto para cumplir nuestra misión.

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