Estimados lectores:

Nuestra perashá comienza relatando la muerte de Sará y cómo Abraham llega a Kiriat Arbá, en Hebrón, para llorarla y darle sepultura.

El Zohar nos ofrece una interpretación profunda de este episodio: Abraham representa al alma y Sará al cuerpo. Cuando llega el momento de la muerte, el alma se separa del cuerpo y llora por aquel compañero con quien compartió toda una vida.

Esta idea también se refleja en los nombres de los lugares. Kiriat Arbá, la ciudad de los cuatro, alude a los cuatro elementos que componen el cuerpo físico y a los cuales regresa después de la muerte. Hebrón, relacionado con la palabra hebrea jibur, unión, representa la profunda conexión que existe entre el cuerpo y el alma.

A veces podemos equivocarnos y considerar al cuerpo como un obstáculo para nuestra vida espiritual. Necesita dormir, comer y descansar. Le duelen las rodillas, tiene frío, tiene calor y constantemente reclama nuestra atención.

¿No sería más sencillo ser solamente un alma? Poder estudiar Torá, meditar y conectarnos con Hashem sin tener que ocuparnos de las interminables necesidades del cuerpo.

Sin embargo, el Jasidut nos enseña exactamente lo contrario. El cuerpo no es un enemigo del alma, sino su compañero indispensable. El propósito de nuestra existencia no es escapar de lo físico, sino refinarlo, elevarlo y convertirlo en un instrumento para servir a Hashem.

Más aún, el Jasidut explica que, con la llegada del Mashíaj, se revelará la extraordinaria superioridad de la raíz espiritual del cuerpo, hasta el punto de que el alma recibirá vitalidad espiritual a través de él.

Y por eso resulta tan significativo que Hashem le haya dicho a Abraham: «Todo lo que Sará te diga, escucha su voz». Más allá del contexto de aquel episodio, podemos encontrar aquí una hermosa enseñanza: el cuerpo no debe ser simplemente silenciado o rechazado. Debemos aprender a escucharlo, cuidarlo y utilizar sus capacidades para cumplir nuestra misión.

Que tengamos el mérito de que nuestro cuerpo y nuestra alma sean aliados perfectos en el servicio a Hashem, y que pronto podamos ver nuestros cuerpos completamente refinados, convertidos en recipientes puros para la revelación divina, con la llegada del Mashíaj.

Shabat Shalom,

Rabino Eli Levy