Estimados lectores:

Hay una conocida historia del Rebe Rashab, el quinto Rebe de Jabad, cuyo nacimiento recordamos este Shabat, 20 de Jeshván, que ocurrió cuando tenía apenas cuatro o cinco años. En ocasión de su cumpleaños, que coincide con la semana de la perashá Vaierá, se presentó ante su abuelo, el Rebe Tzemaj Tzedek, y comenzó a llorar. No podía comprender por qué Hashem se había revelado personalmente a Abraham Avinu, como relata nuestra perashá, y a él no. También deseaba tener el mérito de experimentar una revelación divina.

Su abuelo le respondió: «Cuando un judío justo, a los 99 años, decide circuncidarse, merece que Hashem se revele ante él». Aquellas palabras tranquilizaron al pequeño Shalom Dov Ber. Esta historia, transmitida por su hijo, el Rebe anterior, encierra una profunda enseñanza para cada uno de nosotros.

En primer lugar, nos enseña que debemos aspirar a tener una relación cercana y profunda con Hashem, hasta el punto de desear una revelación divina. Pero quizás la enseñanza más importante se encuentre en la respuesta de su abuelo: ¿por qué destacó precisamente los 99 años de Abraham?

Pirkei Avot nos enseña que a los cien años una persona es como si hubiera pasado del mundo. Podemos interpretar que los 99 años representan la culminación de toda una vida de trabajo y crecimiento personal. Una persona que llegó a esa edad podría pensar que ya hizo todo lo necesario, que logró perfeccionar sus cualidades y que no le queda nada por corregir.

Sin embargo, Abraham, a sus 99 años, todavía estaba dispuesto a cambiar. A pesar de toda su grandeza espiritual, no se consideraba perfecto ni sentía que había terminado su trabajo. Cuando Hashem le ordenó realizarse la circuncisión, aceptó transformar incluso su propio cuerpo para acercarse aún más a Él.

Y justamente esa actitud, la conciencia de que siempre queda algo por mejorar, es la que lo hizo merecedor de aquella extraordinaria revelación divina.

Esta es una enseñanza fundamental para nuestra vida. No importa cuánto hayamos estudiado, cuántas mitzvot hayamos cumplido o cuánto hayamos trabajado sobre nuestro carácter. Nunca debemos sentir que ya llegamos a la meta. Siempre existe alguna cualidad que podemos refinar, algún hábito que podemos corregir y una nueva oportunidad para crecer.

La verdadera grandeza no consiste en sentirse perfecto, sino en reconocer que siempre podemos ser mejores.

Que tengamos el mérito de continuar creciendo y perfeccionándonos, hasta alcanzar la máxima y definitiva revelación divina con la llegada del Mashíaj, pronto en nuestros días. Amén.

Shabat Shalom,

Rabino Eli Levy