Pregunta:
Mi pregunta tiene que ver con el concepto del alma judía. Soy judío, pero me criaron en un ambiente de ateísmo estricto y convencido. Mi padre, que era profesor universitario, nos decía: “Somos judíos. Somos el pueblo elegido de Di-s. Di-s no existe”.
Éramos cuatro hermanos. Tres se convirtieron en ateos convencidos, como él pretendía. Conmigo no tuvo éxito.
Mi pregunta es por qué una persona tiene un alma judía y cuándo la adquiere.
¿Por qué nosotros somos los descendientes de aquellos hijos de Israel que no se asimilaron a la cultura y la religión egipcias? Después de aquel largo período de pruebas, fuimos liberados.
Pero ¿cuándo adquirimos el alma judía? ¿Al pie del monte Sinaí? ¿O ya teníamos un alma judía anteriormente, en el cielo, y simplemente firmamos el pacto en Sinaí?
Espero estar expresando mi pregunta con claridad.
Debe existir una progresión lógica para llegar a ser un alma dedicada a Di-s. El nacimiento, las pruebas, más pruebas, hasta que finalmente uno llega al lugar donde Di-s quiere que esté.
¿Cuál es ese proceso? ¿Lo sabe?
Respuesta:
Me hizo reír su resumen del mensaje de su padre. Me recordó la historia de una familia judía que envió a su hijo a un prestigioso colegio privado que resultó ser católico.
Cuando el niño regresó a casa cantando villancicos navideños, su padre lo agarró y le gritó:
—¡Escuchame bien, muchacho! ¡Hay un solo Di-s y nosotros no creemos en Él!
Los judíos tenemos un vínculo muy particular y profundo con Di-s: Él está presente para nosotros tanto cuando lo negamos como cuando lo aceptamos. Y, en ciertos aspectos, incluso más cuando lo negamos.
Así funciona el alma judía, según nuestras fuentes clásicas:1
Somos descendientes de tres de las personas más extraordinarias que jamás hayan vivido: Abraham, Itzjak y Iaakov.
Ellos establecieron un vínculo entre sus descendientes y Di-s que perduraría para siempre.
Sin embargo, en Egipto, muchos de sus descendientes eligieron apartarse de ese camino.
En el monte Sinaí se estableció un nuevo pacto, y aquellas almas ingresaron en una unión que jamás podría romperse.
Es cierto que, desde entonces, muchas almas se han alejado. Nuestra población actual representa apenas una pequeña fracción de lo que podría haber sido.
Como explicó Maimónides en una célebre carta, quienes se apartaron debieron haber sido almas que no estuvieron presentes en el monte Sinaí cuando se estableció aquel vínculo.
Por lo tanto, nosotros, los judíos de hoy, somos el resultado final de un largo proceso de purificación, selección y nuevas selecciones.
Somos los descendientes de mártires y de personas que se aferraron firmemente a su identidad, sin importar las circunstancias.
Somos obstinados, perseverantes y tenemos un profundo instinto de supervivencia, porque así nos ha moldeado la mano de Di-s a lo largo de la historia.
Hemos demostrado ser impulsores de la ilustración, el progreso y las revoluciones en todos los lugares a los que hemos llegado, aunque los historiadores continúen intentando ocultar estos hechos.
En ese sentido somos elegidos y, de ese modo, hemos cumplido con nuestra condición de pueblo elegido.
Si no fuera por los judíos, no existirían los conceptos de dignidad humana, de sentido y propósito de la vida, del derecho de cada persona a la educación y al conocimiento, de justicia social y del valor de la paz mundial.
Estas ideas, junto con la psicología, la teoría de la relatividad, la física cuántica, la antropología, Hollywood y los superhéroes, se encuentran entre nuestras numerosas contribuciones fundamentales al mundo.
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