En esta Parashá leemos sobre el embarazo de Rivká y los mellizos que se gestaban en su vientre, Iaakov y Eisav.

En los primeros meses ella sentía una gran preocupación ya que al pasar por un lugar de idolatría y promiscuidad él bebe se movía, y al pasar por un lugar de plegaria y reflexión también se movía excitado. Rivká estaba preocupada y fue a consultar a Hashem y le dijo que eran dos hijos de los cuales saldrían dos grandes naciones, en ese momento Rivká se calmó.

Todo el tiempo que ella creía que era un solo hijo con una personalidad tan dual que se emocionaba de las dos cosas, ella estaba preocupada, cuando supo que eran dos personas su preocupación se disipó aunque uno de los hijos fuera Eisav.

En la vida no hay nada más desgastante que la dualidad, que vivir una cosa y pensar otra, de sentirnos empujados por los deseos y por las satisfacciones materiales y al mismo tiempo buscar una vida de equilibrio espiritual. Los dos hijos que luchaban en el vientre los tenemos cada uno de nosotros, no hay una persona en el mundo que no viva una lucha interna constante entre su búsqueda de sentido y su deseos e impulsos.

El Tania (libro central de la filosofía de Jabad) deja en claro que tenemos dos almas, una divina y un alma animal, y las dos luchan por dominarnos. Esa lucha es constante en nuestras vidas, entre nuestra necesidad de ser egoísta y la de ser solidarios, entre pensar en uno mismo y pensar en el prójimo, entre dedicarnos al cuerpo o dedicarnos al espíritu.

Espero que cada uno de nosotros, con la ayuda de Hashem, encuentre su lugar de equilibrio y balance que podamos lograr armonía entre las dos facetas de nuestro ser.

¡Shabat Shalom!

Rabino Eli Levy