Según Rabí Akiva, el “gran principio” del judaísmo es: “Amarás a tu prójimo como a vos mismo” (Rashi sobre Vaikrá 19:18). Una idea muy similar había sido expresada un siglo antes por el sabio Hilel. Cuando le pidieron que resumiera toda la enseñanza judía “mientras estoy parado sobre un solo pie”, respondió: “Lo que no te gusta para vos, no se lo hagas a los demás. Eso es toda la Torá. El resto es comentario. Andá y estudiá” (Talmud, Shabat 31a).

La lectura de la Torá de esta semana, Bamidbar, con la que se inicia el cuarto libro, siempre se lee en el Shabat previo a la festividad de Shavuot, que conmemora la entrega de la Torá en el Sinaí. Si el amor al prójimo es un principio tan central en la Torá, podríamos esperar encontrar esa idea reflejada también en esta parashá. Después de todo, en las enseñanzas judías muchas ideas se entrelazan, y cada paso sirve como preparación para el siguiente.

Sin embargo, al examinar los versículos de esta semana, vemos que se concentran principalmente en un censo del pueblo judío, realizado mientras estaban con Moshé en el desierto del Sinaí. Se detallan cuidadosamente los números de cada tribu. Otras secciones del libro también presentan recuentos similares de la población, y por eso, el cuarto libro de la Torá es conocido como el “Libro de los Números” (los sabios también lo llaman Jumash HaPikudim).

El Rebe de Lubavitch señala que el acto de contar al pueblo judío, en sí mismo, transmite el mensaje del amor al prójimo.

Cada persona es un individuo, distinto de los demás. Pero al contarlas, cada una vale lo mismo: simplemente “una”. El más talentoso y destacado es “uno”, y quien se perciba a sí mismo como alguien simple, sin cualidades sobresalientes, también es “uno”.

Un problema muy común en las relaciones humanas es la sensación de que valemos más que los demás. Que tenemos importancia y relevancia, mientras que otros apenas cuentan. Entonces, ¿por qué habría de importarme el otro? ¿Por qué ayudarlo?

Justamente aquí, explica el Rebe, la Torá nos enseña que cada persona cuenta como “una”. No somos más importantes que nadie. Y, al reconocernos como simples “unos”, entendemos que necesitamos del otro para poder complementarnos. Esa toma de conciencia también nos permite ver cuánto tenemos en común con los demás, y así se nos abre naturalmente el deseo de ayudar.