Estimados lectores,
En esta parashá comenzamos el recorrido del Éxodo, la salida del pueblo judío de Egipto.
La Torá inicia relatándonos la historia de Moshé, ese bebé judío que nace en un momento de enorme oscuridad. Sus padres se habían separado, convencidos de que no tenía sentido traer hijos a un mundo donde los varones judíos serían arrojados a una muerte segura. Pero gracias a la valentía y la claridad de una niña, Miriam, todo cambió. Ella insistió y les dijo que su decisión era aún más dura que la del propio faraón: él decretaba la muerte de los niños, pero ellos, al dejar de traer vida al mundo, no les daban siquiera la posibilidad de existir.
Milagrosamente, este niño sobrevive y crece en el palacio del faraón, aparentemente desconectado del sufrimiento de su pueblo. Sin embargo, al madurar, no puede permanecer indiferente. Ve el dolor de los esclavos judíos, se involucra, y de allí nace el líder que guiará al pueblo de Israel hacia la libertad.
Cada vez que repasamos esta historia, no puedo dejar de pensar en la fuerza de la esperanza y en la importancia de no rendirse jamás. Cuántas veces escuchamos hoy lo difícil que es criar hijos judíos. Cuántas generaciones han sentido que quizá no vale la pena intentarlo: el mundo está lleno de antisemitismo, ¿qué sentido tendría traer más judíos a un mundo que nos odia? Y aun si nacen, existe el temor de que se asimilen, de que sea el “faraón moderno”, la cultura dominante, quien termine educando a nuestros hijos.
Y sin embargo, la historia de Moshé nos enseña lo contrario. Nunca hay que perder la esperanza. Nuestro rol es hacer lo que está en nuestras manos, prepararnos, educar, transmitir valores. Y al mismo tiempo, tener la certeza de que Hashem siempre está de nuestro lado.
La historia de Moshé es, en esencia, la historia de la esperanza del pueblo judío.
Shabat Shalom,
Rabino Eli Levy
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