Estimados lectores:

Esta semana, la Torá nos cuenta la historia de los espías que Moshé envió a explorar la Tierra de Israel antes de que el pueblo entrara a conquistarla. Al regresar, los espías describieron una tierra muy difícil de conquistar, con desafíos enormes, y concluyeron que no valía la pena intentarlo. Según ellos, la conquista era imposible.

Esto provocó un gran enojo de Hashem. No porque la tierra no tuviera dificultades, sino porque era la tierra que Él les había prometido. Era una tierra especial, con una santidad única y una dimensión divina. Los espías no mintieron en todo lo que dijeron; muchas de sus descripciones eran reales. Pero interpretaron esa realidad desde el miedo y la falta de confianza.

Entre sus palabras dijeron: “Es una tierra que se traga a sus habitantes”. Y justamente esa frase nos revela algo profundo. La Tierra de Israel no es una tierra fácil. Nuestra tradición enseña que la Tierra de Israel se adquiere con sufrimientos. No siempre es sencillo vivir en ella, construir en ella o salir adelante en ella. Y aun así, a lo largo de la historia, los judíos dieron la vida por esta tierra, y continúan entregándose por ella hasta hoy.

La semana pasada hablábamos de aquellos que se quejaban por todo, que pedían carne, que reclamaban y esperaban recibir todo gratis. Esa generación no tuvo el mérito de entrar a la Tierra de Israel. La generación siguiente, en cambio, aprendió a no vivir desde la queja, sino desde la acción. Para habitar y construir la Tierra de Israel hace falta esfuerzo, responsabilidad, sacrificio y la disposición a atravesar momentos difíciles.

Como ellos mismos dijeron: “Recordamos el pescado que comíamos en Egipto gratis”. Gratis solo en Egipto. Para alcanzar algo de Torá, algo santo, algo profundo y verdadero, hace falta esfuerzo. La Tierra de Israel, la Torá y todas las cosas verdaderamente valiosas se adquieren con trabajo, compromiso y sacrificio. Lo importante rara vez llega sin esfuerzo; precisamente por eso tiene valor.

Shabat Shalom,
Rabino Eli Levy