Estimados lectores:

Una de las cosas más llamativas de la parashá de esta semana es la figura de Bilam. A diferencia de Moshé, Bilam no pertenecía al pueblo de Israel, sino a Midián. Sin embargo, la Torá lo presenta como un profeta que podía comunicarse con Hashem. Incluso él mismo reconocía que nada de lo que hacía podía realizarse sin la autorización de Dios.

Esto nos abre una perspectiva muy interesante. Si bien la Torá deja en claro que Moshé fue el mayor de los profetas y el receptor de la Torá, no cierra la puerta a que Hashem pueda revelarse también a personas de otros pueblos. El Midrash explica que esto ocurrió para que las naciones del mundo nunca pudieran decir: “Si nosotros hubiéramos tenido un profeta como Moshé, también habríamos seguido el camino de Hashem”. Dios les dio esa oportunidad.

Sin embargo, la diferencia entre Bilam y Moshé no estuvo en el nivel de revelación que recibieron, sino en la forma en que utilizaron ese privilegio. Nuestros sabios enseñan que cuanto más hablaba Moshé con Hashem, más humilde se volvía. Bilam, en cambio, utilizó ese don para alimentar su orgullo, buscar prestigio y obtener beneficios personales.

Esta es una enseñanza muy profunda para todos nosotros. La espiritualidad auténtica no debe hacer que una persona se sienta superior a los demás. Cuanto más cerca está alguien de Hashem, más humilde, más sensible y más comprometido debería estar con el prójimo. El conocimiento, la fe y la cercanía con Dios no fueron dados para engrandecer el ego, sino para ponerlos al servicio de los demás.

Esa es, en definitiva, la diferencia entre Bilam y Moshé. Ambos recibieron un enorme potencial espiritual. Moshé entregó toda su vida al servicio del pueblo; Bilam puso ese mismo potencial al servicio de sí mismo. La verdadera grandeza no está en los dones que recibimos, sino en el uso que hacemos de ellos.

Shabat Shalom,
Rabino Eli Levy