¿Cuántos judíos hay en el mundo? ¿Trece millones? Tal vez catorce millones, si somos generosos. ¿Y cuántos judíos había antes de la Segunda Guerra Mundial? Aparentemente, la cifra rondaba los diecinueve millones. Entonces, si restamos los seis millones exterminados en la Shoá, nos quedamos en trece millones, que es exactamente donde estamos hoy. Así que la gran pregunta es: ¿dónde están todos los judíos que faltan? O, más específicamente, ¿por qué en los últimos sesenta años no hemos logrado recuperar nuestras pérdidas?
La verdad es que todos conocemos las razones. El éxito, la prosperidad y los estilos de vida que fomentan una sofisticada forma de egoísmo—¿para qué gastar en hijos si podemos disfrutar el dinero nosotros?—han impulsado una adhesión excesiva a la idea del crecimiento poblacional cero. De hecho, con un promedio de 1,8 hijos por familia judía, ni siquiera estamos logrando el reemplazo generacional.
Y, por supuesto, están los estragos de la asimilación. Si uno de cada dos jóvenes judíos norteamericanos se casa con alguien fuera del pueblo judío, ¿qué posibilidades reales tenemos de aumentar nuestra población?
Es cierto que, tradicionalmente, los judíos nunca nos hemos obsesionado con el tema numérico. El mismo Di-s lo dice en la Torá, cuando nos declara: “No porque sean numerosos los escogí, pues son el más pequeño de los pueblos”. Pero eso no significa que debamos ser indiferentes ante la desaparición de judíos. En el libro de Bamidbar (Números), vemos cómo Di-s ordena el censo de nuestro pueblo. Y no importa el tamaño de nuestra barba ni el tipo de kipá que usemos (o si no usamos ninguna); al final del día, Di-s cuenta lo que le es preciado. Así que, si el Todopoderoso valora a cada judío individualmente, ¿cómo podemos permitir que un judío se borre a sí mismo?
Hace algunos años, cuando conducía el único programa de radio judío en Sudáfrica, entrevisté a un destacado dirigente del Congreso Judío Mundial. Conversando sobre este tema, le pregunté si no le preocupaban las sombrías predicciones que entonces circulaban respecto de la disminución de la población judía. Su respuesta fue que probablemente tendríamos una comunidad judía más pequeña, pero más fuerte. Aquellos que resistieran la asimilación serían judíos comprometidos y orgullosos.
No pude refutar el argumento, pero lo que me perturbó profundamente fue su actitud aparentemente despreocupada y el tono casi indiferente con que lo dijo. Era como si dijera: “¿Y qué? Seremos menos, pero más fuertes”.
¿“Y qué”? La Torá dice que cada judío es lo suficientemente importante como para ser contado. Los místicos enseñan que cada uno de nosotros tiene un alma que es, en esencia, una parte de Di-s. Perdimos seis millones en la Shoá, ¿y un líder judío responde, en efecto, “¿y qué?”?
Recién ahora se empieza a dimensionar cuán visionario fue el Rebe. Ya en los años cincuenta, al comenzar su liderazgo, impulsó el concepto del acercamiento judío, el kiruv. Envió a jóvenes rabinos y rebetzin a lugares lejanos, tanto geográfica como espiritualmente. Incluso en los años sesenta y setenta, otros movimientos judíos se reían y se burlaban de esa idea. Ridiculizaban el hecho de enviar parejas religiosas jóvenes a lugares como UCLA, en California. “Se los van a devorar vivos”, decían. “No tienen ninguna chance de cambiar nada.” “Ni siquiera van a lograr mantenerse religiosos ellos mismos.”
Hoy, gracias a Di-s, hay más de cien centros de Jabad solo en el estado de California. Y hoy, gracias a Di-s, esos mismos movimientos que en su momento pensaron que las ideas del Rebe eran descabelladas, también participan activamente en el trabajo de acercamiento judío. Es realmente reconfortante ver cómo tantos siguen hoy sus esfuerzos pioneros, incluso aquellos que en su momento fueron profundamente escépticos.
Hace poco más de un año, mi hija y mi yerno establecieron el primer centro judío en Table View, Ciudad del Cabo. Es una zona que atrajo a muchas familias judías jóvenes, pero donde no había absolutamente ninguna infraestructura comunitaria ni presencia judía. La asimilación era una amenaza concreta. En su primera visita a la escuela pública local, pudo reunirse con los chicos judíos. Cuando le preguntó a un chico de doce años sobre sus planes para el bar mitzvá, él respondió: “Mis padres dijeron que no necesito tener uno”.
De más está decir que ese fue el primer bar mitzvá celebrado en la sinagoga de Table View.
Pero no es necesario ser un profesional del kiruv para acercar a otro judío. Llevá a un amigo a la sinagoga. Simplemente hacelo venir, y avisá a los rabinos para que lo reciban con calidez y lo hagan sentir cómodo. No hace falta ser una rebetzin, la esposa del rabino, para invitar a una familia judía no involucrada a tu mesa de Shabat un viernes a la noche. Si sabés la primera letra del alef-bet, la alef, enseñásela a alguien que no la conozca. Si sabés la bet, seguro hay alguien allá afuera que no. Podés ser maestro e inspiración incluso si no sos rabino. De hecho, muchos judíos alejados se sienten intimidados por los rabinos y necesitan un amigo que les brinde apoyo emocional y una puerta de entrada amigable a la vida judía.
Si Di-s quiere, todos vamos a asumir la responsabilidad y el privilegio de ayudar a reconstruir la generación perdida y las comunidades desaparecidas del este europeo. Si Di-s quiere, nuestro pueblo será fuerte y crecerá en número, hasta que cada judío perdido encuentre su lugar y se ponga de pie para ser contado entre los nuestros.
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