Reuven Donin era un hombre que hacía las cosas hasta el final. Criado en el ambiente judío tradicional de la Jerusalén anterior a la independencia, abandonó sus estudios cuando era adolescente para irse a vivir a un kibutz y trabajar la tierra. Siendo un joven obstinado, lleno de energía y descaro intransigente (lo que le valió bastante reputación), compensaba sus agotadoras jornadas de trabajo con largas noches de fiesta con compañeros rebeldes y amigos. “Era una vida de tiempo completo sin pausa”, rememoró más tarde.
Sin embargo, durante las largas horas en su tractor, a solas con la naturaleza, “yo pensaba mucho sobre el mundo; hacía preguntas y buscaba respuestas”. Con el tiempo fue introducido a las enseñanzas del Jasidismo, y comenzó a estudiarlo seriamente.
Siendo el personaje intransigente que era, en 1958 dejó su país natal y fue a la Ieshivá del Rebe en Nueva York. Allí dedicó toda su energía al estudio inmersivo y al auto-refinamiento, y desarrolló un estrecho vínculo personal con el Rebe.
Una noche, Donin entró al estudio del Rebe para una audiencia en un estado cargado de emoción. Se sentó y exclamó apasionadamente: “¡Rebe, no puedo soportar las luchas de la vida! Solo quiero quedarme aquí en esta habitación para siempre... ya no puedo más...”.
La respuesta no fue la que esperaba. “¿Comiste bien hoy?”, preguntó el Rebe.
Cuando Donin respondió negativamente, el Rebe le indicó que fuera a comer de inmediato y le aconsejó sobre la importancia general de cuidar su cuerpo y el impacto que tendría en sus emociones. Luego le dio una orientación detallada sobre lo que debía hacer a diario para cuidar su salud corporal como es debido.
Durante los siguientes meses, cuando el Rebe veía a Donin, a menudo le preguntaba si estaba comiendo, cuánto tiempo dormía (recordándole el dictamen de Maimónides de que una persona debe dormir entre seis y ocho horas por noche1), y si estaba haciendo caminatas y tomando aire fresco entre sus horas de estudio. Por supuesto, Donin comenzó a poner esmero en hacer todas estas cosas.
Más tarde Donin se casó, formó una familia y, junto con el estilo de vida jasídico que había adoptado, volvió a trabajar la tierra en su tractor. Sin embargo, la gente –en especial los jóvenes– se sentía atraída hacia su ardiente personalidad y le consultaba sobre sus dilemas existenciales o emocionales. Era a ellos a quienes contaba esta historia para transmitir el mensaje de que a veces, bajo un montón de confusión emocional, podría haber sencillamente un cuerpo descuidado...2
Podríamos suponer intuitivamente que los pensamientos tóxicos o depresivos son el resultado de los aspectos emocionales de nuestra vida. La dinámica familiar, el trauma infantil o el rechazo social son algunos de los factores que podríamos considerar, y por una buena razón. Sin embargo, en nuestra búsqueda de una visión más profunda, podríamos pasar por alto los detalles prácticos de nuestra vida diaria.
Un tema recurrente en los consejos del Rebe es que cada persona tiene necesidades básicas mundanas de las que depende su salud mental, y privado de estas necesidades, su psique sufre. Los pensamientos y emociones perturbadores, incluso cuando toman un giro en apariencia profundo, pueden ser en realidad síntomas de descuidar esas necesidades simples que son el marco para una salud mental estable.
En este capítulo exploraremos cuatro de esas necesidades. Ya hemos tocado el tema del cuidado físico personal (en la historia de Reuven Donin). Las otras tres necesidades son: una ocupación, un horario y compromiso social.
La necesidad de autocuidado corporal
A primera vista, podría parecer que la mente –las facultades mentales y emocionales– y el cuerpo discurren por dos vías independientes. Las dolencias biológicas debilitan el cuerpo y los factores estresantes emocionales alteran el espíritu. Los nutrientes y las medicinas curan el cuerpo, y las intervenciones sociales, emocionales o religiosas calman el espíritu. Parecen ser dos campos distintos, con dos libros de texto diferentes, en dos idiomas disímiles.
Sin embargo, la mente y el cuerpo están, de hecho, profundamente interconectados. Estudios recientes han demostrado que el trauma puramente psicológico, por ejemplo, del abuso verbal en la infancia, se manifiesta en alteraciones en los circuitos cerebrales claramente observables en los escáneres cerebrales3. Por el contrario, los estudios han ilustrado cómo los cambios positivos en la nutrición y el ejercicio mejoran directamente la salud emocional de una persona de maneras empíricamente medibles4.
Esta unidad de cuerpo y espíritu, de la que se habla extensamente en las tempranas enseñanzas jasídicas5
Era una idea central en la orientación del Rebe.
“En un grado notable”, dice una carta a una conferencia médica de 1955, el bienestar del cuerpo depende del bienestar de la mente. Si en la antigüedad el aforismo médico hablaba de “un espíritu sano en un cuerpo sano” [esto puede referirse a la frase latina “mens sana in corpore sano”], en nuestro tiempo se ha hecho evidente hasta qué punto una pequeña perturbación en el espíritu de una persona genera una gran perturbación en su cuerpo. Del mismo modo, cuanto más sano es el espíritu de uno, mayor es su control sobre el cuerpo y mayor es su capacidad para reparar las deficiencias del cuerpo. De hecho, observamos que muchos tratamientos físicos son significativamente más efectivos para sanar el cuerpo cuando van acompañados de la resiliencia, la fuerza de voluntad y la fuerza interior del paciente6
Lo mismo ocurre a la inversa: la condición de nuestro cuerpo tiene un impacto directo en nuestro estado mental y emocional.
“Parece”, dice una carta a un hombre de mediana edad, que usted no está cuidando adecuadamente su salud corporal. Naturalmente, es imposible que esto no afecte también a su salud emocional, como se explica en la conocida enseñanza del Maguíd [Rabí Dovber de Mezritch (?-1772), uno de los primeros maestros jasídicos] a su hijo, que “un pequeño orificio en el cuerpo causa un gran orificio en el alma”. Por lo tanto, si acepta mi consejo, cuide su salud en el sentido más literal –comiendo, bebiendo, durmiendo, etc.– y esto también será bueno para usted espiritualmente7.
La adolescencia de Moshé Levertov en Rusia transcurrió huyendo de los nazis, luchando contra el hambre y la enfermedad. Tras quedar huérfano de su padre, quien fue arrestado por los soviéticos y murió en un gulag siberiano, logró finalmente llegar a los Estados Unidos y desarrolló una conexión con el Rebe. Siendo un individuo serio y reflexivo, a menudo le consultaba sobre su estado interior.
En una audiencia privada de 1951, el Rebe abordó los pensamientos que atormentaban a Levertov. Lo que sigue es un extracto de su diario:
[El Rebe me dijo:] “Si usted se cuidara mejor físicamente, también le iría mejor espiritualmente... Asegúrese de cuidar su salud. Su cuerpo debe estar descansado. Coma bien. No se entregue a los antojos de la comida, pero coma lo suficiente. Y asegúrese de dormir lo suficiente”.
Después de darme orientación en otras áreas, el Rebe concluyó: “Nu, Reb Moshé, que siga bien; estará bien”. Luego me miró con una sonrisa y continuó: “En verdad, ya está bien, pero estará bien de una manera que también usted lo verá...”8
Al aconsejar a las personas que cuiden mejor su salud física, el Rebe invocaba a menudo la enseñanza judía9 de que tu cuerpo no te pertenece; más bien te ha sido confiado para que lo cuides adecuadamente. Por lo tanto, no debes verlo como algo que es tuyo para destruirlo o abusar de él a voluntad; en cambio, es un artefacto Divino prestado a ti para que lo cuides con sensibilidad.
“Deberías aumentar tu vigor”, dice una carta a un adolescente, cuidando tu salud corporal de acuerdo con la guía de tu médico; porque el cuerpo es la posesión de Di-s que se te ha dado como depósito, y por lo tanto depende de ti –aquel a quien fue confiado– cuidar el depósito, que esté completo y saludable en el sentido literal y físico10.

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