La necesidad de estructura

“La armonía interior depende de llevar una vida ordenada también externamente”1, explica una nota manuscrita. Si cada día improvisamos –despertándonos, trabajando, estudiando o socializando sin ningún ritmo– nuestros pensamientos y emociones también se desmoronan.

“Naturalmente (y esto no se puede cambiar)”, dice una respuesta a un hombre que escribió sobre su confuso estado mental, para que una persona tenga éxito en lo que hace –y en general, para actuar correctamente, para saber lo que realmente quiere, para tomar buenas decisiones, etc.– uno debe tener tanta paz mental y corporal como sea posible. Esto requiere llevar una vida debidamente organizada en el sentido literal de la palabra2.

Vivir con una estructura también es vital para la satisfacción interior. Cuando creamos un horario, dedicamos tiempo a lo que es realmente importante y nos comprometemos a perseguirlo sistemáticamente sin importar nuestro estado de ánimo. (No solemos incluir horas para atracones en las redes sociales...) De lo contrario, es difícil escapar de la sensación vacía de que gran parte de lo que hacemos está motivado por impulsos fugaces. En las palabras manuscritas del Rebe:

Para que una persona sienta que realmente está haciendo un bien objetivo (y no solo satisfaciendo su deseo momentáneo), la autodisciplina y un estilo de vida estructurado son una necesidad3.

“En cuanto a su solicitud de consejos prácticos”, concluye una carta a una joven mujer, basándose en cómo describió [sus hábitos actuales], debe comenzar a organizar su vida de una manera que la acostumbre a tener una rutina diaria estructurada. Si lo hace, le resultará más fácil embarcarse en un curso estable, practicar la autodisciplina y hacer que su mente gobierne sus emociones de manera efectiva...

Pareciera que uno de los principales contribuyentes a su estado mental presente es el desorden y la inestabilidad en las facetas externas de su vida, que luego se reflejan internamente, [desestabilizando] su yo interior, sus emociones, etc.

Como es difícil adaptarse a un estilo de vida ordenado luego de un largo período de dispersión, una estrategia para facilitar esta transición es crear un motivador externo; con esto me refiero a tomar un empleo (o un compromiso similar) en el que sepa que es responsable ante los demás de realizar un trabajo constante durante las horas establecidas4.

Leyendo entre líneas su carta, parece que asume que su estado de ánimo es el síntoma de serios problemas subconscientes. Sin embargo, en mi opinión, las causas principales son los dos puntos mencionados anteriormente: la conducta de acuerdo con la Torá y llevar una vida estructurada. Cuando repare lo anterior (poco a poco, al menos), su disposición mejorará significativamente, tal vez incluso se restaure por completo5.

Irónicamente, nuestro cronograma a veces puede parecernos como el factor que está arruinando nuestra felicidad (“Si tan solo pudiera vivir mi día como quisiera sin estos compromisos molestos...”). Sin embargo, estos pensamientos tienden a ser contraproducentes a largo plazo.

“Mi consejo práctico para usted”, concluye una larga carta filosófica a una joven sobre sus preguntas existenciales, es que ordene su vida de una manera que la comprometa a una rutina útil, para no tener que pensar y decidir cada día qué hacer con él.

También debe tener en cuenta que el iétzer [vea el capítulo 9] intentará contrarrestar este empeño causando un estado de ánimo deprimido e implantando el pensamiento de que al romper su disciplina su estado de ánimo mejorará. Lo cierto, sin embargo, es que incluso si momentáneamente parece haber un alivio, este es solo fugaz, logrado a costa de una vida ordenada y regulada, que es lo único que puede asegurar éxito y satisfacción de naturaleza duradera6

Corría el año 1961 y Jack Hanoka –un joven de veintiséis años nacido en Nueva Jersey y convertido en beatnik, que lucía barba de chivo y estudiaba física en la Universidad Estatal de Pensilvania– notó un letrero del Hillel del campus local. Mostraba una pintura evocadora de jasidím bailando y las palabras “únete a nosotros para una experiencia”. Estaba intrigado.

Hanoka asistió a una comida de Shabat en Hillel ese viernes por la noche y quedó cautivado al instante. Músico de corazón, se sintió profundamente conmovido por las melodías jasídicas que cantaban. Algunas expresaban el anhelo del alma, otras su alegría extática – todas ellas lo conmovían hasta la médula.

En los días siguientes, Hanoka no pudo concentrarse en sus estudios. Se acercó al rabino de Hillel, quien se ofreció a organizar un encuentro con el Rebe. Un jueves lluvioso dos semanas después, condujeron juntos hasta Brooklyn.

“No tenía idea de qué esperar”, recuerda Hanoka. “No era el tipo de cosas para las que un estudiante universitario típico estaba preparado. Pero el Rebe me hizo sentir cómodo. Me dejó hablar un rato sobre mi vida y algunas de las cuestiones que enfrentaba. Entonces le dije al Rebe que el rabino de Hillel me recomendó que estudiara en una Ieshivá para saciar mi sed de judaísmo auténtico. El Rebe estuvo de acuerdo en que era una buena idea, pero me aconsejó que primero terminara el semestre”.

Cuando terminó el semestre, Hanoka regresó a Nueva York para estudiar en la Ieshivá del Rebe. El Rebe verificaba su estado con frecuencia para asegurar que estaba cómodo y progresaba bien en sus estudios de Torá y Jasidismo. Al verlo una vez con un traje que le quedaba grande, el Rebe le preguntó si había perdido peso, recordándole que “el Jasidismo no es ascetismo”.

Después de un año de estudio diligente, el Rebe alentó a Hanoka a regresar a la universidad para completar su doctorado en física. Luego compartió con Hanoka una observación que había hecho en su propio tiempo en la Universidad de Berlín en la década de 1920. Había estado tomando un curso con el renombrado químico ganador del Premio Nobel, Walther Nernst. Sin embargo, no podía entender por qué un profesor tan respetado estaría enseñando un curso introductorio. Resultó, continuó el Rebe con una amplia sonrisa, que a los profesores se les pagaba en función del número de estudiantes que asistían a sus clases. Muchos más estudiantes tomaban los cursos introductorios que los avanzados...

“Creo que dijo eso solo para aligerar un poco el ambiente”, observó Hanoka. Pero la conversación fue seria, y Hanoka convino en que debía regresar a Penn. Antes de irse, el Rebe le dio un consejo importante.

“En ese momento, yo tenía muchos problemas para mantener un orden en mi día”, rememoró Hanoka. “Cuando estaba en la escuela de posgrado, antes de venir a estudiar cerca del Rebe, tenía un horario muy irregular. Solía trabajar en el laboratorio hasta las once o doce de la noche, luego quedaba con mis amigos para beber una cerveza, tras lo cual leía durante unas horas. Luego dormía la mayor parte de la mañana, despertándome a las diez u once. Luego almorzaba, o más bien almorzaba y cenaba unas horas más tarde.

“Antes de que regresara a la universidad, el Rebe me enfatizó lo importante que es tener un horario regular, comer a la misma hora todos los días, hacer todo a la misma hora. Y luego agregó algo especial: ‘He descubierto que esto es muy útil en mi propia vida personal’”.

“No creo que le dijera eso a la mayoría de la gente”, reflexionó Hanoka. “Pero supongo que para hacer que un estudiante universitario estadounidense se sintiera cómodo, le dio un toque personal a su consejo”7.