Estimados lectores:

En la parashá de esta semana comenzamos a presenciar la transición entre Moshé y Iehoshúa, quien habría de continuar el liderazgo del pueblo de Israel. Cuando Hashem le indica a Moshé que nombre a su sucesor, es llamado con una expresión muy particular: “El Dios de los espíritus de toda carne” (Elokéi Harujot). ¿Por qué la Torá utiliza precisamente este nombre?

Rashí explica que Hashem conoce a cada persona en lo más profundo de su ser. Él comprende el carácter, la personalidad y la forma de pensar de cada individuo. Por eso, quien habrá de liderar al pueblo debe parecerse, en cierta medida, a esa cualidad divina: tener la capacidad de comprender a cada persona según su naturaleza, reconocer sus fortalezas y ayudarla a desarrollar su máximo potencial.

Esa fue una de las grandes virtudes de Moshé y también la razón por la cual Iehoshúa fue elegido para sucederlo. Un verdadero líder no pretende que todos sean iguales. Sabe escuchar, comprender y guiar a personas muy diferentes entre sí. No se deja llevar por la intolerancia hacia quien piensa distinto, sino que encuentra la manera de unir a personas diversas en torno a un objetivo común.

Es una enseñanza que trasciende el liderazgo comunitario. También como padres, maestros y educadores debemos esforzarnos por descubrir la singularidad de cada persona y ayudarla a crecer desde sus propias cualidades. La verdadera riqueza de un pueblo no nace de que todos sean iguales, sino de saber valorar y armonizar la diversidad de cada uno de sus integrantes.

En una época de liderazgos cada vez más intolerantes, donde muchas veces se busca profundizar la grieta para obtener apoyo a través del extremismo y la confrontación, esta enseñanza de la Torá resulta más vigente que nunca. El verdadero liderazgo no divide; comprende, une e inspira a personas diferentes a caminar juntas hacia un mismo objetivo.

Shabat Shalom,
Rabino Eli Levy