Estimados lectores:

En la parashá Vaikrá leemos sobre los sacrificios que se ofrecían en el Templo. Había opciones para todos los niveles sociales: quien podía traía un cordero o un ternero; quien no tenía esos medios, traía palomas o tórtolas; y aun la persona más humilde podía cumplir con un puñado de harina y aceite. La Torá nos muestra así que todos tenían un lugar y una forma de acercarse a Hashem.

Hoy en día ya no tenemos los sacrificios del Templo, pero el mensaje sigue plenamente vigente. El judaísmo nos enseña que cada persona debe estar dispuesta a dar algo: para agradecer por lo que tiene, para conectarse con Hashem, o incluso como una forma de reflexionar sobre los errores y comprometerse a no repetirlos.

Muchas veces una persona puede pensar: “Yo no tengo nada para aportar, nada de lo que haga puede marcar la diferencia”. Pero la Torá nos enseña lo contrario. Incluso un pequeño puñado de harina, cuando se da con sinceridad, tiene el mismo valor que el sacrificio más grande. Lo que importa no es la cantidad, sino la intención y el corazón con el que se entrega.

La palabra “korban” viene de la raíz “karov”, que significa cercano. El verdadero objetivo no era el sacrificio en sí, sino el deseo de acercarse a Hashem, de ser parte, de entregar algo propio. Cuando una persona se acerca con sinceridad, siempre es recibida con los brazos abiertos.

Shabat Shalom,
Rabino Eli Levy