Estimados lectores:

La perashá de esta semana comienza con la historia de un soldado que, en medio de la guerra, encuentra a una mujer cautiva por la que siente una fuerte atracción. La Torá no ignora ese deseo ni lo prohíbe de manera inmediata, sino que establece un proceso: debe llevarla a su casa, darle tiempo para llorar a sus seres queridos y quitar aquellos elementos de belleza que despertaron su pasión inicial. De esta manera, el impulso comienza a diluirse y deja lugar a una mirada más humana, racional y compasiva hacia esa mujer.

Esta ley refleja uno de los grandes objetivos de muchas de las mitzvot. La Torá reconoce que el ser humano posee impulsos, deseos y pasiones. No pretende negar nuestra naturaleza, pero tampoco permite que ella nos gobierne. Cuando un deseo simplemente se reprime, puede terminar buscando otra manera de manifestarse. La Torá nos propone algo más profundo: encauzar nuestros impulsos, ponerles límites y darles un marco que permita transformarlos y elevarlos.

Dentro de nosotros existe una dimensión animal que busca satisfacer inmediatamente aquello que desea, y al mismo tiempo existe una dimensión espiritual capaz de detenerse, pensar y elegir. Muchas de las leyes que aparecen a continuación en la perashá, incluso aquellas que a simple vista parecen solamente restricciones, apuntan justamente a fortalecer esa capacidad. También el caso del hijo rebelde y descarriado nos habla de las consecuencias de una vida en la que los impulsos terminan tomando el control.

Quizás por eso el secreto de toda la perashá se encuentra ya en su primera frase: “Ki tetzé lamiljamá al oiveja”, “cuando salgas a la guerra contra tu enemigo”. Esa batalla no es solamente contra un enemigo exterior. Cada uno tiene también sus propias luchas, impulsos y pasiones que debe aprender a dominar. Y entonces continúa el versículo: “Unetanó Hashem Elokeja beiadeja”, “Hashem, tu Di-s, lo entregará en tus manos”.

Hashem no nos pide que lleguemos a esa batalla siendo perfectos. Espera que tomemos la decisión de salir a luchar, de trabajar sobre nosotros mismos y de no resignarnos a ser gobernados por nuestros impulsos. Cuando damos ese primer paso, Él nos da la fuerza para transformar nuestra naturaleza y elevarla.

Shabat Shalom,
Rabino Eli Levy