Estimados lectores:

Una de las cosas que más impacta a la gente es cuando una persona religiosa no actúa de manera ética. Es común, como rabino, escuchar el reclamo: “Conozco a un religioso que me estafó”, o “tal persona no pagó a tiempo” o “no fue respetuosa”. En esos momentos, toda la religión, la fe y la creencia en Dios parecen perder sentido, porque cuando no se respeta al prójimo, la espiritualidad queda vacía de contenido.

En la parashá Mishpatim vemos que el primer comentario de Rashí pregunta por qué esta sección, llena de leyes que regulan la conducta ética, moral y el trato hacia los demás, está conectada directamente con la porción anterior, que relata la entrega de la Torá y los Diez Mandamientos en el Monte Sinaí. ¿Qué relación hay entre la gran revelación espiritual y las leyes cotidianas que rigen nuestras relaciones humanas, nuestros negocios y nuestra responsabilidad hacia el prójimo?

El mensaje es claro: cuando una persona tiene fe, reza tres veces al día y se considera creyente, pero no actúa con rectitud, no es honesta en sus negocios ni cuida el dinero ajeno, queda en evidencia que el mandamiento de “Yo soy tu Dios que te saqué de la tierra de Egipto” no penetró realmente en su interior. Fue un momento espiritual elevado, pero superficial, que no se tradujo en una transformación concreta de la vida diaria.

En cambio, cuando la persona se comporta con ética en cada detalle de sus relaciones humanas, demuestra cuán profunda es su fe y cuán real es su conexión con Dios. La verdadera espiritualidad no se mide solo en la sinagoga o en la oración, sino en la honestidad, el respeto y la responsabilidad con los demás. Allí es donde la Torá se vuelve vida.

Shabat Shalom,
Rabino Eli Levy