Muchas religiones y tradiciones espirituales ven al cuerpo como un adversario del alma que pretende arrastrarla hacia abajo y distraerla de su verdadera misión. De ello se deduce que la estrategia espiritual empleada por esta cosmovisión es disminuir el impacto comprometedor del cuerpo sobre el alma.
La idea de que el cuerpo debe ser domesticado, o incluso “golpeado”, hasta la sumisión es una idea dominante. En su libro Palabras Andantes, el escritor uruguayo Eduardo Galeano resume concisamente las opiniones contemporáneas prevalecientes sobre el cuerpo: “La Iglesia dice: el cuerpo es pecado. La ciencia dice: el cuerpo es una máquina. La publicidad dice: el cuerpo es negocio. El cuerpo dice: soy una fiesta”.
La perspectiva judía sobre el cuerpo es bastante diferente. Mientras que algunas tradiciones ven la vida corporal como un campo de obstáculos, una serie de desafíos diseñados para probar nuestra resolución e integridad espiritual, el judaísmo ve el cuerpo como la interfaz y el medio de expresión del alma en la realidad física. De esta manera, el cuerpo le da al alma una voz y el alma proporciona la canción.
Tal visión positiva del cuerpo puede parecer contraintuitiva desde una perspectiva religiosa, pero esta es la base de la fe y la práctica judías. El judaísmo es una religión de acción, no solo de buenas intenciones. En este sentido, Di-s desea el cumplimiento físico de las mitzvot, algo que el alma es incapaz de lograr sin el cuerpo. Después de todo, el alma no tiene manos propias para ponerse tefilín o practicar filantropía, por lo que necesita al cuerpo para que le dé forma y expresión, permitiéndole alcanzar su raison d’être en el reino físico.
En consonancia, el enfoque judío de lo corpóreo, lo físico, es de compromiso activo, no de evitación ni escapismo a través de prácticas y conductas de privación. Si bien el judaísmo no fomenta la indulgencia, tampoco considera la abstinencia como el objetivo de la experiencia física. El propósito de la vida corporal no es, por lo tanto, negar, sino abrazar lo físico y utilizarlo para alcanzar fines espirituales. Como dice en Proverbios: En todos tus caminos ten presente a Di-s.1
Por ejemplo, en el Tania, R. Schneur Zalman de Liadi aborda el tema de la recitación de la bendición respectiva previo a ingerir alimentos. El propósito es doble: elevar espiritualmente la sustancia física del alimento en sí, ya sea de procedencia vegetal o animal, y luego aprovechar la energía obtenida por dicha ingesta para realizar mitzvot.2 Así, en el mundo ideal, el cuerpo es transparente para el alma: un vehículo adecuado para ayudarle a llevar a cabo su misión Divina.
Esta transformación de la energía física en acción espiritual puede, y debe, comenzar por las propias funciones y hábitos corporales. Es por esta razón que los judíos recitan una bendición incluso después de haber usado el baño, agradeciendo a Di-s por el intrincado funcionamiento del cuerpo y reconociendo incluso que, si alguna abertura del mismo se obturase sería imposible continuar con la poderosa y sagrada tarea de vivir y divinizar el mundo. Y así, después de lo que podría considerarse nuestro acto físico más elemental, recitamos una bendición para reconocer el diseño Divino del cuerpo mismo. Con el tiempo, estos rituales, de los cuales hay muchos en el judaísmo, nos ayudan a desarrollar una naturaleza más refinada y una orientación existencial en sintonía con el alma, más adecuada para actuar en su nombre.
De hecho, la palabra hebrea para “cuerpo”, guf, significa “tapa” o “corcho”,3 lo que significa que el cuerpo actúa cual recipiente que encapsula y da forma al alma. Tal como el software, el alma es inmaterial y no puede funcionar sin el hardware físico del cuerpo para procesar y traducir sus instrucciones en acciones tangibles. El cuerpo es, por lo tanto, el recipiente que permite al alma habitar en el mundo de la vida física. Sin el cuerpo, el alma sería incapaz de interactuar con la realidad tangible.
Sin embargo, el cuerpo no es simplemente un medio para un fin, necesario para facilitar los objetivos del alma y permitirle hallar expresión física; también tiene su propia contribución única que trasciende incluso las mayores capacidades del alma. El rey Salomón escribe en Proverbios4 que la buena cosecha es a través de la fuerza de un buey. El cuerpo, como un buey, posee fuerza y pasión que, cuando se desbordan y no se doman, tienen el potencial de causar estragos. Sin embargo, es esta misma apasionada pasión y fuerza bruta que, cuando se aprovecha y dirige hacia fines espirituales, se puede utilizar para lograr lo que el alma no podría por sí sola.5
Según la realidad bajo la perspectiva del alma, todo ya es uno, reina la unión absoluta. Sin embargo, a través de la encarnación en el cuerpo, el alma experimenta una perspectiva más fragmentaria, dando lugar a los impulsos y ambiciones de la vida terrenal. Estos impulsos psicoemocionales, como los celos, la envidia y la avaricia, que surgen de la vida dentro del cuerpo, potencialmente pueden ser aprovechados por el alma para impulsarla más allá de las alturas que podría alcanzar por sí sola. Por ejemplo, los Sabios señalan: “La envidia (del saber) entre los eruditos incrementa la sabiduría”.6
De esta manera, el cuerpo transporta al alma hasta alturas que ella, por sí sola, jamás podría alcanzar. Esto lo insinúa la voz hebrea agapaiim, “alas” (agaf en singular, “ala), que justamente comparte la misma raíz que guf (cuerpo): Contrariamente a la creencia popular, es el cuerpo el que proporciona alas al alma, y no a la inversa. Por tanto, el cuerpo no es sólo un recipiente del alma, sino su vehículo.
Idealmente, como el caballo y su jinete, el cuerpo transporta al alma con poder y devoción, mientras que el alma proporciona al cuerpo dirección. El cuerpo no sólo permite que el alma opere en este mundo, sino la lleva más lejos aún, hacia el cumplimiento de su propósito. La ventaja del cuerpo sobre el alma no es simplemente su pasión y fuerza bruta que permiten que el alma se eleve; más bien, el judaísmo ve al cuerpo como más esencial para el propósito de la creación que el alma misma. De hecho, el alma es enviada a este mundo con la expresa misión de transformar la naturaleza del cuerpo de una entidad tosca, egocéntrica y materialista en un ser más refinado y espiritualmente afinado.
Por lo tanto, el cuerpo no es meramente un motor más potente que el alma para la realización en este mundo; más bien, es el propósito último del descenso del alma desde su morada celestial y espiritual a la vida mortal.
Reflejando esta perspectiva espiritual, la ley judía es muy particular sobre el trato que brindamos al cuerpo, al cual le conferimos un grado de santidad y Divinidad. Por ejemplo, la Torá prohíbe categóricamente infligir daño alguno al cuerpo, como surge del versículo:7 Cuida extremadamente tu vida, hasta el punto de que “el peligro de daño físico es abordado con mayor severidad que las prohibiciones rituales”.8
Además, pikuaj nefesh, el principio halájico por el cual la preservación de la vida humana tiene prioridad sobre, virtualmente,9 toda norma religiosa, es otra poderosa expresión de la consideración, e incluso reverencia, del judaísmo por la vida física. De esta manera, la Torá enmarca nuestra salud física y supervivencia como un mandato religioso del más alto orden. Porque, como enseña R. DovBer, el Maguid de Mezritch, “Un pequeño hoyo en el cuerpo es un agujero grande en el alma”.10
De hecho, incluso después de la muerte, cuando el alma ya se ha apartado del cuerpo, la ley judía exige que el cuerpo sea tratado con el mayor de los respetos. Como expresión tangible de esto se realiza una purificación ritual al cuerpo sin vida antes de devolverlo a la tierra. Esto indica el valor espiritual y la santidad que el judaísmo le atribuye al cuerpo, que se extiende mucho más allá de su mera utilidad para el alma.
¡Sorprendentemente, desde una perspectiva mística, los orígenes espirituales y el potencial del cuerpo exceden incluso los del alma! De hecho, el cuarto Rebe de Lubavitch, R. Shmuel, escribe11 que “en el tiempo por venir, el alma será nutrida por el cuerpo. Porque, en verdad, el cuerpo proviene de un lugar inmensurablemente más elevado que el alma”.
Basado en la enseñanza cabalística12 de que nuestro patriarca Abraham sirve como metáfora del alma y la matriarca Sara como metáfora del cuerpo, surge una llamativa alusión textual a la supremacía espiritual y la sabiduría del cuerpo sobre el alma: Dijo Di-s a Abraham13 (el alma): Lo que sea que Sara [el cuerpo] te diga, escucha su voz.14 Esto refleja la noción radical de que, en potencial y a través de la activación del alma, la intuición y percepción espirituales únicas del cuerpo15 exceden las del alma misma.16
Curiosamente, está registrado un debate entre los filósofos judíos sobre si la era mesiánica es una realidad corpórea, en la que el alma se viste dentro de un cuerpo, o si es un estado espiritual de éxtasis celestial, inmaterial, totalmente libre de lo corpóreo.
Maimónides17 sostiene que dicho estado definitivo es de abstracción espiritual. Los cabalistas18 , sin embargo, siguen la opinión de Najmánides19 de que el estado definitivo es el alma encarnada en un cuerpo.20 En este espíritu, la Mishná enseña que21 “un instante de retorno a Di-s y de realizar buenas acciones en este mundo [es decir, en un cuerpo] es más precioso que todo el Mundo Venidero22 [el mundo de las almas incorpóreas]”.
En consecuencia, el judaísmo valora la vida dentro del cuerpo por encima de la más elevada experiencia espiritual; dado que el deseo último de Di-s no es mayor espiritualidad etérea, sino “una morada en los reinos más bajos [o sea, en nuestro mundo físico]”.23 El mayor placer de Di-s no está, por lo tanto, en la negación del cuerpo sino en su elevación.
El Concepto
El cuerpo no es meramente un compañero del alma o combustible para su fuego; su refinamiento es el propósito mismo del descenso del alma a este mundo.
Sucedió Una Vez
Hubo alguna vez un jasid de nombre Iaakov Mordejai que, durante muchos años, se privó de todo confort físico en aras de lograr la supremacía del alma sobre el cuerpo.
Sin embargo, antes de su partida de este mundo expresó pesar por haber debilitado su cuerpo con su implacable régimen y deseo de anteponer el espíritu a la materia. Quizás, si no hubiera sido tan duro con su cuerpo, podría haber vivido para observar alguna mitzvá más.
“¡Durante treinta años he dormido sobre un rústico banco de madera!”. Y luego agregó: “¡Pero ponerse tefilín aunque no sea sino una sola vez más en la vida es mucho más valioso que dormir sobre un banco durante treinta años!”24
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