¿El judaísmo es una religión del cielo o de la tierra? ¿Qué mundo le interesa a la Torá, este mundo (nuestra realidad actual) o el mundo o el venidero? ¿Dónde se encuentra el epicentro y el foco del esfuerzo y la realización espiritual?

Enseñan los Sabios:1 Sin pan no hay Torá. Más que comunicar un hecho ineludible de la existencia humana, esta enseñanza, cuando se comprende correctamente, puede servir como declaración de la misión de la propia Torá.

La palabra hebrea para “pan”, alimento básico fundamental de la dieta humana, es lejem, de la misma raíz que lojem, “guerrero”2 El Zóhar enseña: “El momento de comer es un tiempo de batalla”3 y “El que desea pan debe comerlo a punta de la espada”.4

En el judaísmo, el campo de batalla espiritual no se limita a los momentos abiertamente “espirituales”, como cuando uno está envuelto en su manto de plegarias, absorto en su ferviente oración en la sinagoga. La verdadera misión de la Torá es hacer descender el cielo a la tierra, imbuir el mundo físico de energía y luz espiritual.

La preocupación definitiva de la Torá se extiende más allá de los límites prescritos del ritual y la adoración, incluyendo también, e incluso especialmente, los aspectos aparentemente “mundanos” de la existencia y la experiencia humanas. Actividades cotidianas como vestirse, desayunar o hacer negocios caen bajo la jurisdicción de la misión de la Torá de divinizar nuestras vidas.5

De hecho, en las Escrituras6 y en la literatura rabínica el concepto “pan” se usa como símbolo de distintas formas de involucramiento físico, incluidas las relaciones maritales. Cada momento de la vida es, entonces, una “batalla”, una oportunidad para abrirnos a la Presencia Divina en esa experiencia.

En muchas religiones, el ideal más elevado es alejarse de todos los placeres mundanos en aras de la clarificación espiritual. El judaísmo, en cambio, transmite que la verdadera batalla no es retirarse del reino material para evitar los obstáculos que presenta a la devoción espiritual, sino involucrarse y descubrir el propósito espiritual dentro de las actividades mundanas.

Un ejemplo interesante de este principio se encuentra en el caso del nazareno. El nazareno era el que optaba por consagrarse a Di-s haciendo votos de abstinencia y llevando una vida de austeridad durante un período de tiempo. Sorprendentemente, a la finalización de su período de consagración, esos fervientes buscadores espirituales debían realizar una ofrenda por el pecado; y explica el Talmud que ello era para expiar su inapropiado autoimpuesto ascetismo.7 En palabras del Talmud de Ierushaláim:8 “¿¡No es suficiente lo que la Torá ya ha prohibido para que tú debas autoimponerte prohibiciones adicionales!?”

En pocas palabras: aislarse absolutamente del mundo físico no es la forma judía de vivir una vida espiritual. Por el contrario, el verdadero estado espiritual se revela precisamente en cómo uno integra sus necesidades y deseos físicos y espirituales. Este camino de integración es lo que finalmente resuelve la dicotomía aparentemente irresoluble entre espíritu y materia que ha preocupado a tantos místicos y filósofos desde tiempos inmemoriales. Desde la perspectiva judía, la sagrada tarea del guerrero espiritual es reconocer y amplificar la presencia sagrada dentro de todos los aspectos de la existencia.

Por ejemplo, el Talmud9 enseña: “El verdadero carácter de una persona se determina por tres cosas: su copa [su hábitos en la bebida], su bolsillo [la honestidad en sus negocios] y su ira [su trato a los demás]”. Observa que ninguno de estos ejemplos incluye actividades específicamente espirituales; más bien todas tienen que ver con la forma de conducirse en el ámbito físico y social.

Además, cuando uno llega al Mundo Venidero, la primera pregunta que le formulan en lo Alto no es sobre asuntos espirituales; sino: “¿Comerciaste con honestidad?”10

El judaísmo enseña que el estado espiritual de una persona se expresa no solo en sus niveles de aprendizaje o la profundidad de sus plegarias, sino, y fundamentalmente, en cómo se conduce en los niveles más mundanos.11

Como escribe Maimónides:12 “Así como un hombre sabio se distingue por su sabiduría y sus rasgos de carácter, también debe distinguirse en sus actos, en sus hábitos de comer y beber, en sus relaciones maritales y en su conducta dentro del toilette, en su forma de hablar y en su andar, en su vestimenta y en la satisfacción de sus necesidades y en sus tratos comerciales. Todas esas acciones suyas deben ser especialmente agradables y adecuadas”.

El Talmud13 [i] llega incluso al extremo de comparar la mesa de una persona con el altar del sagrado Templo: “Cuando el Templo estaba en pie, el altar expiaba por la persona. Pero ahora que el Templo ya no está en pie, es la mesa de la persona la que expía”.

¿Pero cómo se convierte el acto de comer en una experiencia espiritual, y más aún comparable al mismísimo servicio del altar en el sagrado Templo?

En pocas palabras, la “batalla del pan”, y por extensión toda actividad física permitida, está determinada por nuestra intención y enfoque. Comer puede ser un acto de goce o un acto de santidad, dependiendo no solo de qué comemos, sino de cómo comemos.

La Torá declara:14 No solo de pan vivirá el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Di-s. En la tradición mística luriánica15 , este versículo alude al potencial espiritual subyacente dentro del alimento físico que ingerimos. El desafío consiste en reconocer y conectarnos conscientemente con la energía Divina presente en los alimentos y en todas las cosas físicas. No es algo sencillo.

En experiencias abiertamente “espirituales”, como la oración, la meditación y el ayuno, estamos enfocados completamente en el reino espiritual. Cuando comemos, o nos involucramos en cualquier otro acto físico, es mucho más difícil permanecer conscientes de la espiritualidad contenida dentro del mundo material, ya que nuestros apetitos físicos, cuando se les da rienda suelta, tienden a dominar nuestra conciencia. Sin embargo, al cultivar la conciencia del origen Divino de los alimentos, por ejemplo, y al expresar tal conciencia recitando una bendición antes16 y después de comer, alineamos e integramos las dimensiones físicas y espirituales de nuestras vidas en un todo unificado.

Además, más allá del acto inicial de conciencia articulada, lo que hacemos con la energía Divina interior también importa. Para que el acto de comer sea realmente un acto sagrado debemos asegurarnos de utilizar la energía que recibimos de los alimentos17 para crecer moral y espiritualmente en el estudio, la plegaria y los actos de bien.18

La complejidad espiritual del carácter sagrado del acto de comer ayuda a explicar una curiosa declaración talmúdica.19

R. Yehudá HaNasi dice: “Está prohibido que un ignorante coma carne”. Y expone: “Toda persona que se consagra al estudio de la Torá puede consumir carne, y toda persona que no se consagra al estudio de la Torá tiene prohibido consumir carne de animales ni de aves”.

En muchas tradiciones, cuanto más sensible espiritualmente es uno, más se recomienda abstenerse de consumir carne. Según el judaísmo, sin embargo, las alturas de la espiritualidad se alcanzan no absteniéndose de alimentos como la carne, sino disfrutándolos y elevándolos por medio de canalizar hacia la espiritualidad la energía que de ellos recibimos.

De hecho, el acto espiritualmente delicado de refinar otras formas de vida está reservado específicamente para quienes son más sofisticados espiritualmente y, por lo tanto, capaces para este singular arte espiritual.

En otras palabras, el judaísmo nos alienta a involucrarnos con el mundo material de manera más profunda y directa, hallando formas de contextualizar nuestras búsquedas y compromisos materiales dentro de un marco espiritual para, de ese modo, elevar lo mundano y así elevarnos nosotros mismos también.

Llevando esta perspectiva corporalmente espiritual aún más lejos, los Sabios enseñan que si el hogar de una persona se compara con el Templo y su mesa con el altar20 , ¡su habitación es comparable al Sanctasanctórum!21

Como hemos discutido en el capítulo anterior, para la tradición judía los actos de amor e intimidad no son actos vergonzosos que una pareja realiza a pesar de sus devociones religiosas. Más bien, se consideran actos de santidad cuando se realizan en el contexto correcto y con la intención correcta.22 La noción de tornarse “una sola carne” y experimentar tal unidad con otro es sagrada en la medida en que refleja la unidad de Di-s en lo Alto. Además, es a través de las relaciones maritales que uno se acerca más al acto de la creación en sí, al traer nueva vida a este mundo.

En un sentido más amplio, el matrimonio en sí es una práctica sagrada. A diferencia de otras tradiciones que idealizan la abstinencia y fomentan el celibato entre su clero, en el judaísmo, al sumo sacerdote no se le permitía realizar el servicio de Iom Kipur, el día más sagrado del año, si no estaba casado. De hecho, era tan fundamental que el sumo sacerdote estuviera en matrimonio al realizar el servicio más sagrado del año, que previo al día de Iom Kipur se designaba una mujer como esposa reemplazante, en caso de que su esposa actual falleciese repentinamente en medio de Iom Kipur.23

La celebración y santificación de todos los aspectos de la vida y la condición humana es la respuesta del judaísmo al abrumador impulso de compartimentar nuestras vidas en esferas independientes: cielo y tierra, alma y cuerpo, sagrado y secular.

Del mismo modo, muchos perciben una disociación entre sus dominios religioso por un lado y el personal por otro, lo que los lleva, por ejemplo, a ver la sinagoga como el lugar para la vida espiritual y su hogar como el espacio personal donde viven sus vidas mundanas a su mejor parecer.24

Contra tal dicotomía, el judaísmo enseña que la espiritualidad no es sólo la “batalla” para poder conectarnos durante la plegaria o la meditación; más bien, se expresa y experimenta igualmente, si no más, en cómo y para qué comemos, dormimos, nos relacionamos y comerciamos.

Y, por lo tanto, mientras la sinagoga es el lugar al que acudimos para orar, nuestro hogar es el “Templo sagrado “donde el cielo se encuentra con la tierra en la totalidad de nuestras vidas.

El Concepto

El objetivo de la espiritualidad judía es disolver la falsa dicotomía entre cielo y tierra, alma y cuerpo, sagrado y secular.

Sucedió Una Vez

En su introducción a la obra clásica de R. Samson Rafael Hirsch intitulada Horeb: Una filosofía de leyes y observancias judías, el Daián (juez rabínico) Dr. I. Grunfeld comparte la historia de un importante debate sobre el punto central del judaísmo.

Allí expone que, en un intento de asimilar el judaísmo a la fe dominante, los reformistas judíos alemanes del siglo XIX introdujeron en el pensamiento judío moderno la idea de que la adoración a Di-s en la sinagoga es el punto central de la vida judía; mientras que, en realidad, las leyes de la Torá deberían informar e impregnar la vida toda.

Contra tal error fundamental de “localizar” a Di-s en la casa de culto en lugar de permitir que sea la fuerza central de nuestra vida, R. Hirsch escribió algunos de sus ensayos más mordaces.

En uno de tales ensayos afirma:

“Si tuviera el poder, cerraría provisionalmente todas las sinagogas por cien años. No tiembles ante semejante pensamiento, corazón judío. ¿Qué pasaría entonces? Los judíos, privados de sus sinagogas, con el deseo de seguir siendo judíos se verían forzados a concentrarse en la vida judía y en el hogar judío. Los funcionarios judíos relacionados con la sinagoga deberían buscar la única oportunidad ahora disponible ante ellos para enseñar a jóvenes y ancianos cómo vivir una vida judía y cómo edificar un hogar judío. Todas las sinagogas cerradas por manos judías constituirían la protesta más fuerte contra el abandono de la Torá en el hogar y en la vida”.





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