En muchas tradiciones de orden espiritual, la intimidad física se asocia con el mal, el pecado y la debilidad humana. Esto ha llevado a numerosos pensadores religiosos a defender el celibato como el estado espiritual ideal, o a tolerar a regañadientes la sexualidad humana como una debilidad ineludible de la carne.

El judaísmo jamás compartió este sentimiento. En la visión judía, siempre se abrazó la intimidad e incluso se la consideró sagrada en tanto se desarrolle en el contexto apropiado y con intenciones elevadas.1

Mientras que, en ciertas religiones, los sacerdotes, monjes y otros funcionarios religiosos deben mantenerse célibes, el sumo sacerdote judío debe estar casado para cumplir con sus deberes más sagrados en el sagrado Templo, en el sagrado día de Yom Kipur2

Desde la perspectiva judía, la sexualidad es el impulso humano más volátil y puede sacar lo mejor o lo peor de nosotros. En consecuencia, un encuentro sexual puede ser la actividad humana más sagrada o el pecado más vil, dependiendo de cómo lo abordemos.

En su compendio de ley y práctica judías, Mishné Torá, Maimónides incorpora las leyes de moral sexual en el Libro de Santidad.

Existe un concepto erróneo común de que el judaísmo aboga por un enfoque materialista de la intimidad marital, viéndola únicamente como una acción funcional al propósito de procrear. Esto no podría estar más lejos de la verdad.

Por ejemplo, un versículo del Génesis3 describe al rey Abimelej asomándose por una ventana y presenciando a Itzjak “alegrándose” o “riendo” con su esposa Rivka; una observación que llevó a Abimelej a considerar que debían estar casados.

La palabra bíblica para “bromear” es metzajek, derivada de tzejok, “risa”. De hecho, si bien algunos comentaristas4 entienden que esta expresión es un eufemismo del acto sexual en sí mismo, otros lo entienden como una referencia a las interacciones de afecto entre la pareja previo a la intimidad. Por ejemplo, R. Eliahu Mizraji sostiene que la expresión podría referirse a “besos y abrazos”, Jizkuni lo describe como “la interacción previa al acto”, y Or Hajaim lo describe como “el tipo de conducta afectuosa habitual entre un hombre y su esposa”.

El hecho de que tales “juegos previos” sean parte de la descripción bíblica del acto sexual indica que el judaísmo no trata la intimidad como un mero acto fisiológico frío.

Y esto no se limita a las fuentes bíblicas. El Talmud5 aconseja hablar “cariñosamente” para crear una conexión emocional con la pareja antes de involucrarse en la intimidad física.

De manera similar, Najmanides6 señala: “ “Primero uno debe apegarse a su esposa para solo luego convertirse en una sola carne. No puede haber verdadera unión de carne sin experimentar primero la unión del corazón”. Fundamentalmente, el judaísmo considera la intimidad como una experiencia amorosa e incluso lúdica, en la que tanto la estimulación emocional como el placer sensual desempeñan papeles integrales.

De hecho, una de las obligaciones maritales descriptas en la ketubá, el contrato matrimonial, junto con el requisito de que el esposo proporcione alimentos y vestimenta a su esposa, consiste en la obligación contractual del hombre de brindarle placer a su esposa con regularidad.7 No hacerlo, incluso constituye causa justificada para que la esposa exija el divorcio.8 De hecho, el Talmud caracteriza a los hombres que anteponen el placer de su esposa al suyo propio como meritorios y dignos de bendición especial.

Además, la visión judía del potencial de conexión y santidad que tiene la intimidad se extiende mucho más allá de la abnegación que uno aporta a la misma y se relaciona con la esencia y la naturaleza del acto en sí. Para comprender esto más profundamente, sería útil analizar la palabra que aplica la Torá para describir la unión sexual.

La palabra bíblica usada comúnmente para referirse a la intimidad física es Iediá, “conocimiento”. Por ejemplo, en Génesis9 leemos: Adam conoció (Iadá) a su esposa Java (Eva), y ella quedó encinta y dio a luz un hijo”.

El hecho de referirse a la intimidad por medio de la palabra conocimiento sugiere que el judaísmo considera la intimidad física como un encuentro de mente y de corazón en vez de un acto meramente fisiológico.

De hecho, las enseñanzas judías abogan por una conexión multidimensional más profunda y abarcadora que solo el placer corporal. Con este fin, el judaísmo ofrece directivas que guían a la pareja hacia la intimidad en todos los niveles: mental, emocional, físico y espiritual. Esto, a su vez, no solo logra una unión más profunda, significativa y satisfactoria, sino también más sagrada.

Por ejemplo, para garantizar que no haya distancia mental entre los cónyuges durante el acto de intimidad, la ley judía instruye que el momento ideal es por la noche y en un lugar donde no se escuchen otras voces, a fin de evitar distracciones. Del mismo modo, no se debe practicar la intimidad en estado de ebriedad, asegurándose así que ambos estén totalmente presentes y conscientes al momento de estar juntos.10

Para garantizar que no haya distancia emocional, la ley judía establece que no se debe fantasear con otras personas, ni hacerlo en estado de discordia entre los cónyuges o si están evaluando el divorcio. Incluso, según cierta opinión,11 se debe evitar la intimidad por completo cuando uno de los cónyuges está enojado, incluso si su ira no es contra el otro.

Para garantizar que no haya distancia física, la ley judía estipula que ambos compañeros estén completamente despojados de sus vestimentas, para que no haya absolutamente ninguna separación entre ellos. La pareja también debe mirarse de frente por la misma razón.

La sugerencia de los Sabios de que Shabat, el día más sagrado de la semana, es un momento ideal para la intimidad, resalta aún más el potencial intrínseco de santidad dentro de esta forma de unión.12

Además, el Zóhar13 enseña: “¿Cuándo es que a una persona se la considera ‘uno’? … Cuando está en la unión de la intimidad…. Cuando hombre y mujer se unen devienen uno. Son uno en cuerpo y uno en alma; son una sola persona. Y Di-s habita en su unidad.”

Esto es realmente notable. ¡El acto sexual no solo no está prohibido ni se lo desalienta, sino se considera un encuentro sagrado que da la bienvenida a la Presencia Divina entre nosotros!

A pesar del énfasis del judaísmo en la santidad de la intimidad, el tema se trata, en su mayor parte, con sumo recato y discreción y no se discute abiertamente. De hecho, Maimónides14 escribe que el hebreo se llama “la lengua santa” específicamente por carecer de palabras explícitas para los órganos sexuales o para el acto sexual, y solo se refiere a ellos mediante eufemismos. Esto no se debe a que el acto en sí no sea sagrado; más bien, es porque la santidad del mismo radica en que precisamente es mantenido en estado de privacidad y recato, todo lo opuesto a un estado público y explícito.

Tal sensibilidad se refleja en el Sanctasanctórum, el recinto más sagrado dentro del sagrado Templo, donde el sumo sacerdote podía encontrarse a solas directamente con Di-s, en total intimidad espiritual. Cabe señalar que dentro del Sanctasanctórum había dos Querubines posados sobre el Arca de la Alianza. El Talmud15 relata que cuando los judíos peregrinaban a Ierushaláim para las festividades, los sacerdotes desenrollaban la cortina y les mostraban los querubines entrelazados en abrazo de amor; y les decían a los allí reunidos: “Vean cuánto ama Di-s a ustedes, como el amor entre hombre y mujer”.

En marcado contraste, el Talmud relata: “Cuando los invasores entraron al Templo y vieron a los querubines, cuyos cuerpos estaban entrelazados, los llevaron a las calles diciendo: ‘¡Estos judíos... ocupándose de esas cosas!’ Inmediatamente, todos quienes presenciaron tal exhibición despreciaron a los judíos, como indica el versículo (Lamentaciones 1:8): Todos los que la honraron ahora la despreciaron, porque vieron su deshonra”.16

Al comentar este episodio, el gran sabio jasídico R. Tzadok de Lublin señala: “El ejército invasor veía la intimidad sexual como libertinaje y obsesión lujuriosa. Fue incapaz de reconocer su santidad inherente”.17

Sin embargo, como hemos visto, el judaísmo entiende la sexualidad con una luz radicalmente diferente y sagrada. “¡Porque si la intimidad sexual fuera vergonzosa, Di-s no nos habría ordenado que diseñáramos a los querubines abrazándose como hombre y mujer y que los colocásemos en el lugar más sagrado y puro del orbe!”18

Desde la perspectiva judía, la sexualidad no es un mal necesario para propagar la raza humana; más bien, es la máxima expresión de unidad que la humanidad puede lograr. De hecho, cuando nos unimos en amor y santidad, no hay acto más sagrado ni mayor invitación Divina para que Di-s more en medio de nosotros.

El Concepto

En la tradición judía, el acto de intimidad no está simplemente permitido o tolerado; más bien, se lo celebra y se lo santifica.

Sucedió Una Vez

La Mishná registra un debate sobre si alguna vez hubo duda de si incluir o no, en el canon de los veinticuatro libros del Tanaj (Biblia), el Cantar de los Cantares, el cual describe el amor entre Di-s y el pueblo judío, a veces en términos demasiado íntimos.

Sin embargo, R. Akiva dijo: “Di-s no permita [decir que su inclusión estuvo alguna vez en duda]. Porque el mundo entero nunca fue tan digno como [lo fue] el día en que el Cantar de los Cantares fue entregado a Israel. Porque todos los escritos son sagrados, pero el Cantar de los Cantares es sagrado de sagrados”.19