La naturaleza humana lleva implícita la inclinación a ayudar a los necesitados. Pero, ¿cuál es el objetivo final de tal generosidad? El impulso de dar, a veces, puede ser egoísta sobre todo cuando deja al receptor en estado de dependencia crónico.

Sin embargo, dar a alguien el don de la independencia es liberarle, permitirle valerse por sí mismo. Esta sutil distinción se refleja en la palabra hebrea que designa el acto de proveer a los demás, ligmol, que es la misma que se utiliza para destetar, cuando la madre deja de amamantar a su hijo. La Torá1 nos dice que Abraham celebró una gran fiesta el día en que Itzjak fue destetado. El judaísmo considera el destete no sólo como un cambio significativo en la dieta de un niño, sino como un hito crucial del desarrollo del niño, digno de celebración.

En la crianza de un niño resulta tentador para el padre mantener a su hijo tanto como sea posible. En palabras del Talmud:2 “Más que el ternero quiere mamar, la vaca quiere amamantar”.

Sin embargo, este impulso paterno de atender las necesidades de su hijo a perpetuidad, no necesariamente sea lo mejor para el hijo. El trabajo de los padres no es centrarse en lo que ellos quieren dar a sus hijos, sino en lo que los hijos realmente requieren para el desarrollo de las habilidades necesarias para triunfar en la vida por sí mismos. Al fin y al cabo, no siempre estaremos a su lado.

Como hemos mencionado en el capítulo anterior, la obligación de los padres para con sus hijos incluye los tres criterios siguientes: 1) Una educación judía, que les proporcione un sistema de valores y una brújula moral con la que navegar por las complejidades de la vida. 2) Una profesión u oficio, para que puedan ganarse la vida; y 3) habilidades básicas de supervivencia, como natación, por ejemplo. En todas estas obligaciones parentales, los Sabios nos enseñan no sólo los criterios, sino los objetivos reales de una paternidad para la crianza de seres humanos independientes y bien adaptados.3

En el judaísmo, se entiende que el epítome de lo que podemos hacer por otra persona no es sólo darle lo que tenemos o lo que necesita en ese momento específico, sino ayudarle a que sea capaz de sustentarse por sí misma. Como dice el célebre refrán: “Dale un pescado al necesitado y le darás de comer un día; enséñale a pescar y le darás de comer toda la vida”.

Maimónides4 enumera estupendamente ocho niveles ascendentes de caridad, el más elevado de los cuales es ayudar a una persona a ser autosuficiente. En palabras de Maimónides: “El grado más elevado de todos es el de la persona que ayuda a otra concediéndole un préstamo o aceptándole en una sociedad comercial o ayudándole a encontrar empleo, con el fin de fortalecerlo a fin de que no deba depender de otros”.

Se podría pensar que un regalo es más noble que un préstamo. Después de todo, un préstamo se devuelve, mientras que un regalo requiere que el donante se desprenda de su dinero definitivamente. Ello puede ser cierto desde la perspectiva del donante, pero desde la perspectiva del receptor, un préstamo tiene un impacto mucho mayor porque lo mantiene alerta, en vez de aletargarlo, para poder devolverlo. Además, el mayor beneficio de un préstamo o un trabajo, frente a una donación, es que ayuda a preservar la dignidad y la autonomía del beneficiario en su esfuerzo por alcanzar la independencia y la estabilidad financieras.

Maimónides continúa: “Con referencia a tal ayuda, dice el versículo: Lo fortalecerás, sea forastero o nativo (Levítico 25:35), cuyo significado es fortalecerlo de tal manera de evitarle caer en peor miseria”.

En su comentario sobre este mismo versículo, Rashi ofrece una explicación similar y cita una parábola del Midrash:

“No lo abandones, de modo de evitar que caiga, pues entonces será difícil levantarlo nuevamente. Más bien, sostenlo desde el mismo momento en que comience a trastabillar. ¿Con qué podría compararse esto? A la carga sobre un burro. Mientras está sobre el asno, una sola persona puede sostenerla y enderezarla; pero si la carga cae, ni siquiera varias personas podrán volverla a su lugar”. Nuestra responsabilidad de ayudar a los demás comienza desde antes de que los demás estén imposibilitados de valerse por sí mismos.

Dicho de otro modo: “Más vale prevenir que curar”. Esta es la versión socioeconómica de la “medicina preventiva”, más que el enfoque de “sala de urgencias” que se practica en muchos países y comunidades.

Este empoderador enfoque de la autosuficiencia se extiende también a la educación, que es otra forma de dar. En la concepción judía de la educación, el objetivo no es meramente transmitir información para que el estudiante sea capaz de repetir y devolver lo que ha escuchado. Por el contrario, el objetivo es proporcionarle las habilidades críticas que le concedan autonomía y competencia, capacitándole para estudiar y adquirir conocimientos por sí mismo.

Esto es aplicable también en el plano espiritual. Nuestros Sabios enseñan5 que Arón, el Sumo Sacerdote, recibió el mandamiento de encender las luminarias del candelabro en el Templo Sagrado “hasta que las llamas ascendieran y se mantuvieran encendidas por sí mismas”. La escuela jasídica6 explica que lo mismo ocurre cuando acudimos a encender la llama espiritual en otros. No basta con que aquellos a quienes buscamos inspirar simplemente retengan lo que les damos, que reflejen pasivamente la luminiscencia que han recibido de nosotros; más bien necesitan estar capacitados para adquirir y generar su propia percepción e inspiración para poder brillar de forma independiente con su propia luz, única y exclusiva.

Todos estos conceptos subrayan la misma verdad básica. Ya sea que se trate de necesidades económicas, educativas o espirituales; el mejor regalo que uno puede hacer a otro son los recursos y las habilidades necesarias para que pueda valerse por sí mismo y tomar las riendas de su propio destino.

El Concepto

La idea del judaísmo de ayudar a los demás es ponerlos sobre sus pies, no sobre tus hombros.

Sucedió Una Vez

Muy Tarde en la noche, al cabo de dos horas de audiencia con el Lubavitcher Rebe, el diplomático israelí Iehuda Avner preguntó:

—Rebe, ¿qué es lo que usted pretende?

—Yehuda, —dijo el Rebe— mira ahí, en la estantería. ¿Qué ves?

—Una vela. —respondió.

—No. No es una vela; es sólo un trozo de cera con una mecha en el centro. ¿Y cuándo es que este trozo de cera se convierte en una vela? Cuando a su mecha le enciendes una llama.

Levantando la voz, el Rebe continuó con la clásica tonada talmúdica:

—La cera es el cuerpo humano, la mecha es el alma y la llama es el fuego de la Torá. Cuando la llama de la Torá enciende al alma, es ahí cuando la persona se transforma en una vela, alcanzando el propósito para la que fuera creada. Y eso es lo que pretendo: ayudar a cada hombre y a cada mujer a alcanzar el propósito para el que fueron creados.

Una hora más tarde, con el sol a punto de salir y la reunión llegando a su fin, Avner preguntó al Rebe:

—Entonces… ¿ha encendido usted mi vela?.

—No, —respondió el Rebe en voz tenue.— Te he entregado la cerilla. Sólo tú puedes encender tu propia vela”.