Los niños son promesa de futuro. Así es como muchos ven a los jóvenes: merecen nuestro tiempo y atención en virtud de que son la próxima generación. En palabras del rey Ajaz de Judá:1 “Si no hay cabritos, no habrá chivos; y si no habrá chivos no habrá rebaños”.

Esta perspectiva se ilustra vívidamente en un relato midráshico2 que narra los entretelones de la entrega de la Torá. Cuando el pueblo judío estuvo ante el monte Sinaí; antes de revelarles la Torá, Di-s les pidió que presentasen garantes que asegurasen su fiel cumplimiento en el futuro. Ellos respondieron: “Nuestros antepasados serán nuestros garantes”. Cuando su propuesta fue rechazada, dijeron: “Nuestros profetas serán nuestros garantes”, pero también este ofrecimiento rechazó el Supremo. Y así, solo cuando propusieron: “Nuestros hijos serán nuestros garantes”, Di-s respondió: “Esos sí son buenos garantes. Por ellos les concedo la Torá”.

Por muy ciertas y funcionales que sean las perspectivas anteriores, la perspectiva del judaísmo sobre la niñez y la juventud va más allá de ver a los niños como el medio para un fin; se basa en el profundo aprecio por la energía y capacidad espirituales únicas de la propia juventud.

En 2017, el Diccionario Oxford seleccionó la palabra Youthquake —definida como “un cambio cultural, político o social significativo derivado de las acciones o la influencia de los jóvenes”— como palabra del año. Este fenómeno sociolingüístico refleja el hecho psicoespiritual del fuego que subyace en el interior de los jóvenes, fuego que los adultos solemos calificar negativamente como “espíritu rebelde”. Sin embargo, en el fondo, lo que impulsa a los jóvenes no es simplemente un sentimiento inmaduro de angustia, sino una enorme energía y un rechazo a conformarse con menos cuando se puede conseguir más. En palabras del Lubavitcher Rebe:3La rebeldía de los jóvenes no es un crimen. Al contrario, es el fuego del alma que se niega a conformarse, que está insatisfecha con el status quo, que grita su deseo de cambiar el mundo y se siente frustrada por no saber cómo”.

Esa ardiente pasión y alteración es un elemento constitutivo de la experiencia y la conciencia de los jóvenes, como demuestra la palabra hebrea naar, “juventud”. Por ejemplo, en el himno místico de Shabat, Leja Dodi, hallamos la frase hitnaari meafar kumi, “sacúdete el polvo, levántate”. La palabra hitnaari (sacudirse) tiene la misma raíz que naar, lo que refleja la energía revolucionaria de la juventud que le permite sacudirse el polvo del conformismo para ver la vida con nuevos ojos.

A medida que crecemos nos vamos acostumbrando a la vida y así caemos en la complacencia al punto de que empezamos a cuestionar nuestra capacidad para cambiar el mundo. Los jóvenes están libres de este bagaje; su aparente ingenuidad juega a su favor. Por eso los niños pueden hacer realidad lo que los adultos consideran improbable, y más aún, imposible.

Además, más allá de su capacidad innata para liberarse de las barreras del conformismo social en su búsqueda de la verdad, los jóvenes tienen una especial sensibilidad espiritual, lo cual también se refleja en la voz naar, que etimológicamente está relacionada con la palabra uri, cuyo significado es “despertar”.

En la tradición judía, se considera que los jóvenes representan simbólicamente, y encarnan de forma natural, este estado del despertar espiritual que los adultos deben cultivar de manera consciente y tratar de recuperar.

Esta sensibilidad espiritual innata en los jóvenes, mencionada por los Sabios, como en la afirmación4 de que fueron los jóvenes los primeros en reconocer la presencia de Di-s en la partición del Mar en el éxodo de Egipto, ¡aun antes que Moisés, Aarón y los ancianos de Israel!

Otra ilustración del elevado nivel espiritual de los jóvenes la hallamos en el Talmud5 : Dijo Reish Lakish en nombre de R. Iehuda Nasí: “El mundo perdura sólo por el aliento de los escolares [estudiando la Torá]”. Preguntó R. Papa a Abaie: “¿Y por mí y por ti no?”. Abaie respondió: El aliento en que hay pecado no es como el aliento [puro] en que no hay pecado”. Según el Talmud, ¡ni siquiera los más grandes Sabios de nuestra tradición se hallan en el nivel espiritual de un simple niño!

Este mismo concepto halla expresión en la siguiente enseñanza:6 “Desde el día en que fue destruido el Templo, la profecía fue arrebatada a los profetas y fue entregada… a los niños”. También el rey David lo dice cuando declara que:7De boca de los niños y los infantes has establecido fuerza, para acabar con todos los enemigos y adversarios”.

La razón por la que los niños y los jóvenes son más receptivos espiritualmente está dada por su mayor grado de pureza y sensibilidad a la presencia de lo Divino en todo. Ellos aún no están corrompidos por las artimañas de la autoconciencia egoísta ni prisioneros de la arrogancia que a menudo acompaña a un mayor conocimiento y experiencia, y, por ende, son capaces de recibir y transmitir la palabra de Di-s con mayor fidelidad.

Un fascinante Midrash8 sobre la historia de Purim relata un episodio en el que Mordejai [líder de la comunidad judía de la entonces Persia], tras tomar conocimiento del decreto de Amán para aniquilar a los judíos del imperio persa, preguntó a tres niños qué estaban estudiando . El primer niño recitó rápidamente el versículo que había aprendido ese día en la escuela: “No temas al terror repentino ni a la destrucción de los malvados cuando venga”.9 El segundo niño dijo: “Trama un plan, pero será frustrado; conspira un complot, pero no se materializará, porque Di-s está con nosotros”.10 Y el tercer niño dijo,11Hasta tu vejez estoy [contigo]. Yo te he hecho y Yo te llevaré; Yo te sostendré y te libraré.”12

Cuando Mordejai oyó esas respuestas sonrió satisfecho.

Amán le preguntó: “¿Qué te hace tan feliz de lo que dijeron esos niños?” Mordejai respondió: “Estoy feliz por las buenas nuevas que me han insinuado: que no tema al perverso complot que tú has urdido contra nosotros”.

Vemos aquí un claro ejemplo de un Sabio exaltado que toma las palabras de los niños cual augurio profético. Como dijo R. Iehuda en nombre de Rav: “¿Qué significa el versículo: “No toquéis a mis ungidos?” (Salmo 105:15) Mis ungidos se refiere a los tinokot shel beit raban, “niños escolares”.

En nuestra liturgia le pedimos a Di-s: Jadesh iameinu kekedem, “renueva nuestros días como antaño”. ¿Cómo, entonces, podríamos mantener el optimismo juvenil y el idealismo a medida que envejecemos y nos acostumbramos a los caminos de la vida, o incluso cuando nos desilusionamos por ellos?

El término bíblico para “envejecimiento” nos da una idea del secreto para mantenerse joven. Cuando la Torá describe la vejez de Abraham y Sara, utiliza la expresión baim baiamim, que se traduce literalmente como “entrados en días”, enseñándonos no sólo cuánto vivieron (cuantitativamente) sino cuán profundamente vivieron (cualitativamente). Entraron cada día con curiosidad y apertura, jamás pensaron que lo tenían todo resuelto ni se aferraron a expectativas de cómo debían ser las cosas.

Del mismo modo, hallamos en la Torá,13 que Josué seguía siendo llamado naar, “joven”, incluso a la edad de cincuenta y seis años.14 El Midrash15 explica: porque incluso a esa edad poseía un ímpetu joven y enérgico.

Es propio de la naturaleza humana que, cuanto mayores somos, menos nos afectan los acontecimientos que nos rodean, ya sea porque hemos madurado y nos hemos asentado o porque ya hemos vivido tantos años que los acontecimientos no nos perturban tan fácilmente; la vida depara cada vez menos sorpresas.

Cuando “entramos en nuestros días” con ojos nuevos estamos espiritualmente despiertos y en sintonía para descubrir la expresión única de la unidad Divina en cada momento.

En la práctica de la meditación, esto se denomina “mente de principiante” y se considera el estado que se debe cultivar: ver las cosas tal y como ellas son en lugar de cómo nosotros somos, estar abiertos a lo que surja y creer en las posibilidades de cambio y crecimiento, sin dejar de ser un perpetuo estudioso de los misterios de la vida. Los jóvenes y los niños encarnan esta conciencia sin esfuerzo. Al ser que tienen menos experiencia en la vida, todo les parece nuevo y milagroso.

Es esa misma comprensión de las ventajas espirituales de la juventud la que llevó a algunos de los grandes maestros de la espiritualidad y la meditación judías a elevar a Di-s la siguiente humilde y sobrecogedora plegaria previa a las plegarias:16Ani mitpalel ledaat ze hatinok” en la que piden a Di-s que les conceda la capacidad de dirigirse a Él con la inocencia de un niño.

En la tradición judía, el punto de vista más maduro espiritualmente, tal como lo expresan aquellos místicos, es que la sofisticación intelectual puede ser un obstáculo para recibir o hallar la Presencia Divina en todo Su esplendor. Argumentos filosóficos, gimnasia mental y elevadas meditaciones, por sutiles e impresionantes que sean, pueden interponerse en nuestro camino de conexión directa con Di-s.

Tales búsquedas intelectuales pueden compararse a permanecer de pie en la orilla dedicando poesías al mar en vez de zambullirse y sumergirse en la experiencia. Para volver a ingresar al estado original de “niño” debemos simplemente abrirnos a lo Divino que nos rodea y que yace dentro de nosotros, en lugar de pasar el tiempo pensando en encontrarlo. El niño ejemplifica esta capacidad de saltar fielmente a la vida y, por lo tanto, desde el punto de vista espiritual, la inocencia de niño no es algo que debamos dejar atrás, sino algo que debemos cultivar.

El Concepto

Físicamente hablando, los niños son potenciales adultos; espiritualmente hablando, los adultos son potenciales niños.

Sucedió Una Vez

Una vez, durante la oración de Neilá a la finalización de Yom Kipur, Rabi Baal Shem Tov derramó lágrimas de emoción más de lo habitual. Sus discípulos más cercanos comprendieron que, sin duda, ello se debía a algo especial y respondieron intensificando sus propias plegarias y súplicas. Cuando el resto de la congregación lo percibió, sus conmovidos corazones los inspiraron a unirse a las apasionadas súplicas.

Allí estaba presente un joven de una aldea vecina que había acudido a la sinagoga para las Altas Festividades. Era completamente ignorante de la práctica judía. Como habitante de aldea, el joven conocía los sonidos de todos los animales de granja, y le gustaba especialmente el canto del gallo. Cuando oyó el llanto del resto de la congregación, su corazón se estremeció y en voz alta, con pura exuberancia e inocencia juvenil, cacareó como un gallo: “¡Quiquiriquí! ¡Di-s, apiádate!”.

Los fieles de la sinagoga se turbaron al oír semejante cacareo de gallo proveniente de aquel niño, en medio de la plegaria más encumbrada del calendario judío. Algunos de ellos regañaron al niño e incluso lo habrían expulsado si no hubiera protestado: “¡Soy judío y también yo pertenezco a este lugar!”.

La confusa cacofonía fue atravesada por la voz oficiante de Rabi Baal Shem Tov, cuyo semblante brillaba mientras concluía Neilá con una melodía especial.

A la finalización del sagrado día de Yom Kipur, Rabi Baal Shem Tov relató a sus discípulos que, de hecho, había habido una acusación en el Cielo contra la aldea del niño por la pobre conexión de aquellos aldeanos con la vida judía y la práctica espiritual. Por mucho que lo intentó, a pesar de valerse de todos los poderes místicos a su disposición, Rabi Baal Shem Tov fue incapaz de evitar el decreto…

Hasta que, de pronto, el sonido del ferviente clamor de aquel muchacho de la aldea vecina se elevó hasta el Cielo, y su sentida sinceridad produjo gran placer en lo Alto, logrando de ese modo la anulación inmediata de aquel nefasto decreto.17