A menudo, la humildad se entiende como la antítesis de la arrogancia. Desde esta perspectiva, así como la arrogancia es una sensación sobredimensionada de la propia importancia o habilidades, la humildad es una burda subestimación de ellas. En verdad, sin embargo, las perspectivas, tanto del exagerador como del subestimador, son fundamentalmente egocéntricas y se centran en su propio sentido de importancia y habilidades, o carencia de ellas.

Tanto la arrogancia como la falsa humildad surgen del ego y se definen en relación y en comparación con otras personas: o soy muy superior a mis pares o soy lamentablemente inferior. En cualquier caso, tal perspectiva deriva de una profunda inseguridad y sólo sirve para separarlo a uno aún más de sus semejantes, creando un falso paradigma de competencia entre uno y todos los demás.

Desde un punto de vista espiritual, ningún ser humano compite con otro.1 Cada uno de nosotros tiene sus propios dones y potencial únicos, así como un propósito que solo nosotros podemos lograr. Esta misión personal es la razón por la cual, ante todo, nuestras almas descendieron a este mundo físico. Aquí radica el antídoto contra la arrogancia y la falsa humildad: reconocer que cada uno de nosotros tiene su propio e inimitable propósito y se nos han dado los dones para llevarlo a cabo, y lo mismo ocurre con todos los seres humanos.

Quizás para ayudar a cultivar esta mentalidad, el gran maestro jasídico R. Simja Bunim de Peshisja siempre llevaba consigo un trozo de papel en cada bolsillo. En uno estaba escrito: “El mundo entero fue creado para mí”,2 y en el otro: “No soy más que un grano de polvo”.3 Estos sentimientos aparentemente contradictorios son la receta para la verdadera humildad: reconocer que cada uno de nosotros tiene una misión que solo uno mismo puede completar y, por lo tanto, en palabras de los maestros jasídicos, “El día en que naciste es el día en que Di-s decidió que el mundo no podía existir sin ti”; y sin embargo, cada uno de nosotros es solo una pequeña parte de un diseño infinitamente complejo y grandioso.

Es justamente desde un lugar tan empoderado y empático que podemos reconocernos e incluso celebrarnos a nosotros mismos, incluidas nuestras fortalezas y capacidades, sin comprometer el valor de la humildad.

Por ejemplo, enseña la Mishná: “Cuando murió Rabí (R. Yehudá el Príncipe), la humildad desapareció...”. En la discusión talmúdica posterior, R. Yosef dijo: “No enseñes que la humildad desapareció, porque yo todavía estoy aquí (y soy humilde. [Rashi])”.4

En el sentido clásico, llamar la atención sobre la propia humildad parece abiertamente hipócrita.

Sin embargo, el Talmud sugiere que la persona verdaderamente humilde no es la que se encoge ante el auto reconocimiento positivo, sino la que es seriamente consciente de su propio valor.

R. Yosef era consciente de sus virtudes y no las rehuía ni intentaba negarlas. Era descarnadamente honesto consigo mismo y con los demás y, lo que es igualmente importante, estaba dispuesto a alzarse y declarar su propia humildad porque esa era simplemente la verdad. Sin embargo, personificaba la verdadera humildad porque no se daba crédito a sí mismo por sus propios logros y talentos, reconociéndolos, en cambio, como dones de Di-s.5

Del mismo modo, Moisés, el más grande profeta y líder de la historia judía, es referido en la Torá como el hombre más humilde sobre la faz de la tierra.6 Aunque era consciente de las increíbles hazañas que había logrado, habiéndose enfrentado al Faraón, sacando a los israelitas de Egipto y atravesando el desierto, hablando con Di-s cara a cara en el Monte Sinaí, etc., sabía que sus virtudes y logros eran dones Divinos, y, además, que, si algún otro hubiera estado en su lugar, podría haber hecho un mejor trabajo.

Aquí hay una distinción crucial. Las personas verdaderamente humildes reconocen la totalidad de lo que son, incluidas sus habilidades y logros, no solo sus falencias. Sin embargo, no se adjudican el mérito de sus cualidades y logros.

Ellos saben que toda creatividad, ingenio y perspicacia viene a través de ellos, mas no es mérito propio. Es por esto que a una persona talentosa se le llama “dotada”, porque todo es verdaderamente un regalo del Creador. Por lo tanto, considerarse indigno no es humildad, es ingratitud. Di-s nos ha bendecido a cada uno de nosotros con cualidades únicas para que podamos utilizarlas y sacarles el máximo provecho. De hecho, solo cuando somos conscientes de nuestro propio valor podemos ser verdaderamente humildes. Y entonces, solo entonces, podemos preguntarnos honestamente: “¿Cómo estoy usando los dones Divinos con que he sido dotado? ¿Estoy alcanzando mi propio potencial de grandeza?”.

Este sentimiento está poderosamente encapsulado en la palabra hebrea para “humildad”, anavá. Mientras que la voz “humildad” deriva del latín humilis, que significa “mansedumbre” o “pequeñez”,7 anavá deriva de la palabra anu, que significa “responder”. Porque en el judaísmo, la humildad está arraigada en un sentido de responsabilidad y rendición de cuentas. Desde esta perspectiva, la conciencia del privilegio o la competencia no infla perversamente el sentido de autoestima y supremacía sobre los demás; más bien, lo colma a uno de inmensa gratitud y endeudamiento, generando una mayor dedicación a la propia misión.

En palabras del escritor estadounidense Frederick Buechner: “Tu vocación en la vida está ahí donde tu mayor talento y felicidad se encuentran con las mayores necesidades del mundo”.

Ese es el trabajo de la humildad.

En su libro De bueno a grandioso, Jim Collins describe sus observaciones sobre los ejecutivos más destacados del mundo y el común denominador de todos ellos. Expone lo que él llama “líderes de nivel cinco”, que son líderes que muestran una poderosa combinación de humildad personal e inquebrantable voluntad. Son increíblemente ambiciosos, pero su ambición es ante todo por la causa mayor, por la organización y su propósito, y no por su hambre de gloria personal. En su experiencia, cuando una empresa pasa de buena a grandiosa, siempre hay algún ejecutivo impulsando esa transformación con esta misma mezcla alquímica de cualidades. La humildad es, por lo tanto, la redención de la ambición. Al dirigir el afán de uno hacia algo mayor que el yo y anclar la búsqueda de la excelencia en un sentido de responsabilidad hacia el conjunto mayor, uno se transforma en un instrumento para el cambio positivo en el mundo.

Por eso el humilde se cuestiona: “¿Por qué? ¿Por qué Di-s me habrá brindado estos talentos y recursos? ¿Qué se supone que debo hacer con ellos? ¿Cuál es la mayor necesidad o propósito hacia el cual puedo dirigir y dedicar mi energía y pasión? La vida consiste en refinar las respuestas a estas preguntas, mientras nos esforzamos por utilizar nuestros dones de la mejor manera posible.

Para citar al autor estadounidense Leo Buscaglia: “Tu talento es un regalo que Di-s te dio. Lo que tú haces con ese talento es el regalo que tú le das a Di-s.”

Esta sensibilidad, tan intrínseca a la calidad de anavá, se expresa no solo en el plano propio, intrapersonal, sino también en el plano interpersonal. La humildad no solo se define por un profundo sentimiento de responsabilidad por los propios dones, sino también por una mayor receptividad a los dones de los demás.

En palabras de R. Lord Jonathan Sacks: “La verdadera humildad no significa infravalorarte, significa ante todo valorar a los demás”.8

Las personas verdaderamente humildes no se enfocan exclusivamente en sí mismas; más bien, ponen la mirada en cómo sus dones pueden servir al conjunto mayor. Por lo tanto, son capaces de maravillarse ante la grandeza de los demás e incluso de ayudar a otros a descubrir sus propios dones. Tal capacidad para reconocer y extraer la grandeza de los demás es el sello distintivo de los grandes líderes.

La genuina humildad significa conocer y aceptar quiénes somos y quiénes no somos; lo que podemos hacer y lo que no podemos hacer. Con este sentido de claridad personal podemos ver cómo encajamos en el gran esquema de la vida, yendo más allá de nosotros mismos para reconocer, revelar y regocijarnos en la grandeza de los demás. De ello se deduce que el verdadero honor no es el honor que recibimos, sino el honor que concedemos. Como dice la Mishná: “¿Quién es digno de honor? ¡El que honra a los demás!”.

Para sintetizar, en las conmovedoras palabras de R. Sacks, “la humildad es más que una virtud, es una forma de percepción, un lenguaje en el que el ‘yo’ guarda silencio para permitirme escuchar el ‘tú’, el llamado tácito que yace bajo el habla humana, el susurro Divino dentro de todo lo que se mueve, la voz de la otredad que me convoca a redimir su soledad con el toque del amor. La humildad es lo que nos abre al mundo”.

El Concepto

“Humildad no significa pensar menos de ti mismo (menospreciarte), sino pensar menos en ti mismo.9

Sucedió Una Vez

abi Lord Jonathan Sacks comparte las siguientes reflexiones basadas sobre un encuentro con el Rebe de Lubavitch:

”Siendo joven, lleno de preguntas sobre la fe, viajé a los Estados Unidos, donde, según había oído, había rabinos destacados. Conocí a muchos de ellos, pero por sobre todas las cosas tuve el privilegio de conocer al líder judío más grande de mi generación, el difunto Lubavitcher Rebe, R. Menachem Mendel Schneerson. Heredero del liderazgo dinástico de un grupo relativamente pequeño de místicos judíos, había huido de Europa a Nueva York durante la Segunda Guerra Mundial y había convertido los restos andrajosos de su rebaño en un gran movimiento mundial. Dondequiera que he viajado, he escuchado historias de su extraordinario liderazgo, muchas de ellas rayanas en lo milagroso. Me dijeron que fue uno de los líderes más excepcionales y carismáticos de nuestro tiempo. Resolví encontrarme con él, si podía.

”Pude... y quedé completamente sorprendido.

”Ciertamente no era carismático en ningún sentido convencional. Tranquilo, modesto, discreto, uno difícilmente se habría fijado en él si no hubiera sido por la reverencia que le profesaban sus discípulos. Sin embargo, ese encuentro cambió mi vida. Era una figura de reconocimiento internacional. Yo era un estudiante anónimo que vivía a unos cinco mil kilómetros de distancia. Sin embargo, en su presencia, parecía la persona más importante del mundo. Me preguntó sobre mí; escuchó atentamente; Me desafió a convertirme en líder, algo que nunca antes había contemplado. Rápidamente me quedó claro que él creía en mí más de lo que yo mismo creía en mí mismo. Al salir de su oficina tuve la sensación de que ella había estado llena de mi presencia y de su ausencia. Quizás ese sea el significado de “escuchar”, considerado como un acto religioso. Entonces supe que la grandeza se mide por la capacidad de saberse ubicar en un segundo plano. No había exceso en sus modales; tampoco falsa modestia. Era sereno, digno, majestuoso; un hombre de humildad trascendental que te abrazaba y te enseñaba a mirar hacia arriba10 …”

”...Fue un regalo extraordinario. Era “realeza sin corona”, “grandeza en vestimentas simples”. Me enseñó que humildad no es pensar que eres pequeño; es pensar que otros llevan la grandeza dentro de sí mismos”.11