En el pensamiento judío, la expresión “vida después de la muerte” es inapropiada. Coloquialmente, la expresión “vida después de la muerte” sugiere que después de que la vida llega a su fin, sigue algo más. En contraste, el judaísmo enseña que la vida es eterna, no tiene fin. Se experimenta en un cuerpo físico por un período de tiempo; y, al acabarse dicho tiempo, el cuerpo regresa al polvo y el alma se retira a una dimensión superior de existencia eterna.
Una analogía contemporánea de tal proceso sería la transmisión de televisión: una estación transmisora emite imágenes y sonidos en forma de ondas de energía, que son captadas por un receptor que nos permite verlas. Imagina que algo falla en este receptor, por lo que su pantalla y altavoces ya no registran las imágenes, sonidos, ideas, sentimientos y acciones codificados dentro de las ondas de energía. Las ondas de energía que emite la estación transmisora existen en idéntica medida que antes; solo que el dispositivo receptor ya no es capaz de captarlas y traducirlas en fenómenos físicamente visibles y audibles.
Podemos imaginar el alma en sí como la estación transmisora (la fuente de la personalidad de uno, los rasgos de carácter, pensamientos, emociones, acciones, etc.) y el cuerpo como el dispositivo receptor. La muerte del cuerpo no afecta en absoluto la integridad del alma, ni detiene la autoexpresión del alma (análoga a las ondas de energía que fluyen a través del espacio); solo que entonces nos vemos privados de la capacidad de verla y escucharla en el mundo de los fenómenos.
El consuelo de saber que el alma sigue viviendo puede verse ensombrecido por nuestra incapacidad para comprender plenamente el concepto de vida más allá del reino físico. Podemos plantear cuestionamientos desconcertantes sobre la calidad de la existencia y la experiencia del alma en el otro mundo: ¿Cómo es para un alma estar “privada” de la existencia física? ¿Qué tipo de “vida” tiene uno como alma?
En una carta1 a una familia que perdió a un ser querido, el Lubavitcher Rebe describió la experiencia del alma cuando abandona este mundo:
“Huelga decir que, en lo que respecta al alma, [la muerte] es una liberación de su ‘encarcelamiento’ en el cuerpo. Pues mientras [el alma] está ligada al cuerpo, se ve sometida a las limitaciones físicas que el cuerpo le impone a la vez que la involucra en actividades físicas que son esencialmente ajenas a su naturaleza puramente espiritual... En otras palabras, la partida del alma del cuerpo implica una gran ventaja y ascenso para el alma”.
En consecuencia, la palabra hebrea para vida, jaim, está expresada en plural y se traduce literalmente como “vidas”, indicando múltiples fases y expresiones de una vida única e interminable.
De manera característica, en el último día de su vida, Moisés dice al pueblo judío:2 Mira, pongo hoy ante ti la vida y la prosperidad, la muerte y la adversidad... elige la vida. Obviamente, todos elegirían la vida sobre la muerte, ¿qué tipo de elección, pues, ofrece realmente Moisés?
La explicación es que, esencialmente, Moisés está ofreciendo un sensato consejo de inversión: puedes pasar tu vida invirtiendo en búsquedas egoístas, físicamente placenteras pero fugaces al fin, o puedes invertir en lo eterno: la vida.
El Talmud enseña: 3 “Los virtuosos se considera que están vivos incluso en su muerte”, mientras que a “los perversos se los considera muertos incluso en vida”. Ello se debe a que los virtuosos pasan sus vidas infundiendo significado eterno en todo lo que hacen.
En marcado contraste con la cultura de “Come, bebe y regocíjate ahora porque mañana moriremos”, cuando los judíos tienen ocasión de beber, dicen ¡lejaim! (por la vida) recordándonos unos a otros que hay mucho más en la vida que las indulgencias superficiales del aquí y ahora, y que cada acto significativo que uno hace y cada mitzvá que uno realiza crea una huella de energía que sobrevive a nuestra estadía temporal en un cuerpo físico.
De hecho, sabemos que incluso después de que el cuerpo es puesto a descansar, las mitzvot realizadas en mérito del alma del difunto ayudan a continuar el viaje y el ascenso de esa alma a través de los infinitos mundos del más allá.
Por lo tanto, en lugar de decir: “Que su alma descanse en paz”, en la tradición judía decimos: “Que su neshamá (alma) continúe en aliá (ascenso)”. Porque el alma no descansa; más bien, se eleva continuamente aun después de la muerte.4
De hecho, este proceso perpetuo de elevación continua es la esencia de la vida misma.
El Concepto
No somos seres físicos que tenemos una experiencia espiritual; somos seres espirituales que tenemos una experiencia física.5
Sucedió Una Vez
En 1960, un grupo de estudiantes universitarios acudió a un encuentro con el Lubavitcher Rebe. Uno de los temas que discutieron fue la comprensión judía de la muerte.
El Rebe explicó: “El término utilizado para describir la muerte en el judaísmo es histalkut, que no significa ‘muerte’ en el sentido de ‘final’; más bien, se refiere a una elevación de nivel en nivel. Cuando uno completa su misión en la vida, su alma se eleva a un plano superior.
“La muerte no es el cese de la vida; más bien describe el proceso mediante el cual la vida espiritual de uno adquiere una nueva dimensión. Esta noción es consistente con el principio científico de la conservación de la materia, que establece que la materia nunca se pierde. Una mesa o un trozo de hierro pueden cortarse, quemarse, etc., pero en ninguna instancia se puede destruir la materia de la mesa o del hierro. Solo darles una forma diferente.
“Asimismo, en el nivel espiritual, nuestro ser espiritual, el alma, nunca puede ser destruido. Solo cambia su forma o se eleva a un plano diferente.
“En consecuencia,” concluyó el Rebe, “la expresión ‘vida después de la muerte’ es inapropiada, porque lo que experimentamos después de la muerte es una continuación de la vida. Hasta los ciento veinte años (la esperanza de vida humana mencionada en la Torá) experimentamos la vida en un nivel, y a los ciento veintiuno, ciento veintidós, ciento veintitrés…, la experimentamos en otro nivel, y así (con el transcurso del tiempo) continuamos ascendiendo más y más alto en el reino del espíritu”.
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