El dinero es una cuestión por demás ambivalente. Algunos lo ven como la raíz de todos los males, mientras que otros lo ven como la clave para la felicidad. El judaísmo considera a la riqueza ni fundamentalmente buena ni mala; más bien, como todas las fuerzas neutrales y poderosas, en última instancia se define por la forma en que la usamos y nos relacionamos con ella.

Dado que el dinero puede ser una fuerza para el bien, por ejemplo, cuando lo utilizamos para ayudar a los menos afortunados y apoyar a entidades de beneficencia, el judaísmo no desalienta la acumulación de riqueza; en cambio, sí proporciona pautas sobre cómo interactuar con ella de manera de generar integridad, compasión y rectitud.

Son numerosos los mandamientos en la Torá que exigen el más alto nivel de honestidad y ética en las prácticas comerciales. Algunos ejemplos incluyen la prohibición de medidas y balanzas falsas, engaño verbal, falsedad en la representación del valor o la intención, trato justo y el pago a tiempo a los asalariados.

Además, son muchos los mandamientos orientados a abordar directamente el desequilibrio socioeconómico en la sociedad. Directivas de índole social como peá, que consiste en dejar una porción del campo para los pobres; iovel, la condonación de todas las deudas durante el año del Jubileo; y maaser, el diezmo de las ganancias para fines de tzedaká, sirven para inculcar un sentido de responsabilidad social y moral a nuestra relación con la propiedad privada.1

De hecho, el judaísmo considera tan importante la relación con el dinero y la conducta en los negocios que los toma como campo de pruebas y parámetro del desarrollo y posición espiritual de las personas.

Como expone el Talmud,2 cuando alguien fallece y su alma asciende al cielo para su Juicio final, la primera pregunta que el Tribunal celestial le formula es: “¿Has comerciado con honestidad?”.

Desde esta perspectiva se torna claro por qué, a pesar de su potencial positivo, como lo hemos visto previamente, el judaísmo también contiene numerosas advertencias sobre los eventuales peligros asociados a la acumulación de riqueza.

Curiosamente, tales advertencias están codificadas en las diversas palabras utilizadas para referirse al dinero en hebreo bíblico. Kesef, por ejemplo, está relacionado etimológicamente con la palabra nijsaf, “anhelo”, aludiendo al profundo e insaciable impulso de adquirir y acumular riqueza.3 Esta comprensión psicológica del dinero se expresa consistentemente a lo largo de la literatura judía en citas memorables como: “El que tiene cien anhela doscientos”;4 “el que anhela dinero jamás se satisfará con dinero”;5 y “nadie deja este mundo habiendo cumplido siquiera la mitad de sus deseos”.6

Shekel, palabra utilizada tanto en hebreo bíblico como moderno, está relacionada etimológicamente con la palabra mishkal, “peso”. R. Bajia explica7 que alude al peso moral que deberíamos aplicar a todas nuestras relaciones de negocios; y que, idealmente, deberíamos poner el mismo peso tanto en nuestras búsquedas espirituales como materiales. Adicionalmente, la palabra zuz, que en hebreo moderno significa “mover”, en el Talmud aparece con el significado de “dinero” (literalmente, “moneda”). Esto insinúa una lección crucial: el dinero no se queda con nadie por demasiado tiempo; más bien, se mueve de un bolsillo a otro. Los sabios veían la riqueza como algo que debe circular y, por lo tanto, debe considerarse temporal. Todos estos términos hebreos referidos al dinero revelan su compleja naturaleza interna y nos brindan orientación a medida que corremos tras él.

Desde un punto de vista místico, el anhelo mismo de obtener riqueza, expresado en la palabra kesef, se considera sagrado. Por ejemplo, Rabi Baal Shem Tov enseña8 que todo anhelo material (por ejemplo obtención de dinero o el impulso de comer) tiene una motivación espiritual subyacente. Así, es justamente el enérgico impulso de nuestra alma por lograr impactar positivamente lo que nos atrae hacia las cosas físicas y materiales. Nuestra atracción, e incluso nuestro anhelo por todo ello, se debe al hecho de que nuestra alma siente una poderosa fuerza espiritual dentro de las cosas y experiencias de la vida y anhela utilizarlas para su propia misión espiritual. Por lo tanto, cuando comemos y luego utilizamos la fuerza obtenida de tales alimentos para cumplir los mandamientos divinos, o el dinero que obtenemos por nuestro trabajo lo aplicamos para acciones de bien, de ese modo transformamos lo físico en un medio espiritual, a través del cual se logra el propósito Divino.

De manera similar, la Cabalá luriánica enseña que existe una chispa sagrada oculta dentro de cada creación física.9 Nuestro cuerpo desea la comida, pero nuestra alma anhela la chispa dentro de esa comida a fin de elevarla a su origen. Cuando utilizamos intencionalmente un objeto mundano para fines espirituales redimimos las chispas de santidad atrapadas dentro del mismo y activamos su potencial latente que está esperando manifestarse. Algunos textos místicos se refieren a este proceso como “redimir a los cautivos”,10 una metáfora demasiado familiar para los judíos de la Edad Media, que eran tomados cautivos para obtener rescate. En nuestro contexto, el concepto alude a las chispas de santidad ocultas y “cautivas” dentro del reino material hasta que son redimidas mediante la elevación consciente.

En el Talmud,11 los Sabios enseñan que el pueblo judío fue exiliado y dispersado por el mundo a fin de “captar conversos”, lo que la Cabalá12 interpreta simbólicamente en referencia a las chispas de santidad dispersas en el mundo. Leído de esta manera, el desplazamiento y el exilio del pueblo judío fue divinamente orquestado para que, al trasladarnos por el mundo de un lugar a otro redimamos y “convirtamos” la materia y la realidad con las que nos vamos encontrando y las devolvamos a su brillo original a la luz de lo Divino. Sin embargo, ello solo podemos lograrlo si nuestras acciones son éticas; de lo contrario, en lugar de redimir a esas chispas de divinidad cautivas en la materia, caemos nosotros mismos en cautiverio.

Ello está conmovedoramente ilustrado en el libro de Génesis,13 donde relata que Jacob, en plena huida de su enfurecido hermano, arriesgó su vida al cruzar de regreso el río Iabok. Al tratar de explicar por qué Jacob regresó solo a la otra margen del Iabok, R. Eliezer dice: “Regresó para recoger algunos pequeños cántaros que había dejado atrás”.

La pregunta obvia es: ¿por qué Jacob estaría dispuesto a arriesgar su vida cruzando a solas un peligroso río, de noche, para recuperar algunas pertenencias insignificantes? La provocativa respuesta proporcionada por el Talmud14 es: “¡los virtuosos velan por su dinero más que por sus propias vidas!”. Sin mayor aclaración adicional, esta declaración parecería reforzar una serie de conocidas metáforas y estereotipos antisemitas. Sin embargo, si reemplazamos la palabra dinero por impacto positivo (el potencial del dinero como algo beneficioso para la sociedad), podemos entender su significado a un nivel más profundo: los justos valoran más su capacidad de impactar positivamente en el mundo que sus propias vidas.

Por lo tanto, en manos de aquellos comprometidos en la noble misión de ejercer influencia positiva en el mundo y en los demás, más allá de sí mismos, la riqueza se convierte en un instrumento para el cambio redentor.

Bajo esta perspectiva, nuestro anhelo (nijsaf/jisuf) por dinero (kesef) es en sí mismo el impulso del alma para adquirir riqueza con el propósito expreso de llevar más luz, justicia, paz y divinidad al mundo.

El Concepto

Espiritualmente, la aspiración humana de riqueza surge del deseo del alma de impactar nuestro mundo para mejor. Atiende su llamado y convertirás la búsqueda de riqueza en un acto de nobleza.

Sucedió Una Vez

C}ada año en Simjat Torá desde 1954 hasta 1964, el Rebe de Lubavitch enseñaba una nueva melodía jasídica. Además de enseñar la melodía en sí misma, el Rebe a menudo explicaba su trasfondo y significado. En una oportunidad, el Rebe enseñó una canción intitulada Anim Zemirot, basada en las palabras de un poema litúrgico atribuido a R. Iehuda HaNasí (compilador de la Mishná), que se recita en ciertas comunidades luego de la plegaria de Musaf en Shabat:

“Dulces canciones entonaré y poesías tejeré,
porque mi alma por Ti anhela.
La sombra de Tu mano mi alma desea,
para todos Tus secretos conocer”

Después de haber enseñado la melodía, el Rebe compartió con los presentes la siguiente historia:

“Una vez, el día siguiente de Iom Kipur, la gente llegó a la sinagoga para la plegaria de la mañana y se sorprendió al encontrar a un miembro de la comunidad bailando solo, en una incesante ronda sin fin en torno a la tarima central, entonando esta misma melodía, Anim Zemirot, con gran fervor, una y otra vez. ¡Resultó que el hombre había estado tan absorto en la melodía que pasó toda la noche bailando, sin siquiera notar que el ayuno había finalizado y que ya llevaba un día y medio sin comer y sin beber absolutamente nada!”

A medida que la canción se tornaba popular entre los jasidim, comenzaron a circular rumores de que aquel virtuoso individuo de la historia era en realidad el propio Rebe.

Cuando uno de los jasidim visitó al Rebe en una audiencia privada decidió aclarar el asunto de una vez por todas, y le preguntó al Rebe si los rumores eran ciertos. El Rebe respondió que no lo eran y que la historia sucedió antes de los tiempos de Rabi Israel Baal Shem Tov. Luego, el Rebe procedió a relatar la historia completa:

”Una vez vivió un hombre rico que se dedicaba a viajar por la región, localizando y redimiendo a los judíos que hubieran sido tomados en cautiverio. Un día, mientras pasaba por la prisión, escuchó gritos desgarradores. Se presentó ante el barón responsable para liberar al hombre en cautiverio, pero le pidieron una suma exorbitante, por lo que el acaudalado dudó.

”Al regresar a casa, su conciencia no lo dejó descansar. Procedió a calcular el valor de todas sus propiedades, que resultó ser precisamente la cantidad que necesitaba para liberar a aquel pobre individuo caído en desgracia. Liquidó todas sus propiedades y luego regresó a lo del barón a entregarle la suma requerida.

”Con un brillo perverso en los ojos, el barón estalló en carcajadas mientras abría la celda, gritando: ‘Toma a tu judío como te he prometido’. Para horror y consternación del hombre rico, el pobre hombre ya había fallecido.

”Sintiéndose totalmente abatido y devastado por haber vendido sus posesiones en vano, el ahora desposeído hombre cayó en una profunda depresión. Por más que lo intentara su familia, no podían reavivar el ánimo del hombre.

”Una noche, al quedar profundamente dormido; tuvo un sueño: Una Voz de lo Alto le decía: ‘Tu dinero no ha sido desperdiciado en vano; por el contrario, tus acciones altruistas son dignas de recompensa’. En el sueño, del Cielo le presentaron al hombre dos opciones. La primera era regresar a una vida de extraordinaria riqueza. La segunda era experimentar un anticipo del Gan Eden, dicha celestial, ya en este mundo físico.

”El hombre eligió la segunda opción, y de lo Alto decidieron concederle bendiciones e infundirle especial éxtasis espiritual para exteriorizar en el día más sagrado en el calendario judío, el día de Iom Kipur.

”Fue entonces, mientras entonaba Anim Zemirot, que experimentó aquella sublime revelación, un anticipo del Mundo Venidero. Tan absorto estaba en la melodía que pasó toda la noche bailando en éxtasis, ajeno por completo a sus necesidades físicas”.

Y concluyó el Rebe:

”¡Necesariamente, el hombre vivió antes de los tiempos de Rabi Baal Shem Tov, pues de haberse beneficiado de las enseñanzas de la escuela jasídica difundidas por Baal Shem Tov, habría elegido la riqueza! ¿Sabes cuántas vidas más habría podido salvar entonces?”

En pocas palabras, más elevado que ver un ángel, es convertirse uno mismo en un ángel para otros.