Cuando necesito hacerme una operación, recurro a un cirujano, no a un carnicero. Si tengo un problema legal, busco al mejor abogado que pueda representarme, no a un aprendiz. Solo los electricistas habilitados deberían manipular cables, y si no sos constructor profesional, no te voy a dejar renovar mi casa. La primera regla en la vida es ponerse en manos de profesionales: ellos saben lo que hacen, uno les paga por su experiencia, y así hay muchas más chances de quedar conforme a largo plazo.
¿Querés arriesgarte contratando a un amateur? Allá vos, quizás tengas suerte. Puede que te topes con alguien que se dé maña con todo, tenga un corazón de oro, talento para la neurocirugía y sistemas de alarma, y además se maneje bien en lo legal. Sin embargo, hay una ocupación que estoy convencido de que jamás debería quedar en manos de principiantes: la militar.
Si queremos ser generosos, podemos llamar a los soldados inexpertos guerrillas o milicias, pero en general no son más que una banda armada. Cuando se le dan armas a la gente equivocada, las cosas suelen salir mal; el caos y la violencia son el resultado habitual de usar el material humano incorrecto para formar un ejército.
Incluso en épocas de guerra o de conscripción obligatoria, no todos terminan incorporados al ejército. No todos tienen el temple necesario para ser parte de una fuerza regular; muchos somos miedosos, otros enfrentan problemas psicológicos o limitaciones físicas que llevan a su exclusión.
Lo asombroso del pueblo judío en tiempos de Moshé fue que todos fueron reclutados, y todos pasaron la prueba. D-os le ordenó a Moshé: “Censá a toda la congregación de los Hijos de Israel... a los mayores de veinte años, los que estén en condiciones de alistarse en el Ejército de Israel” (Bamidbar 1:2-3). Nadie se hizo el enfermo, nadie fue considerado inadecuado física o mentalmente. Todos tuvieron el mismo privilegio de sumarse al ejército de D-os, y todos lo hicieron por Su causa.
Apenas unas semanas antes, nos habíamos congregado al pie del monte Sinaí para recibir nuestras órdenes de marcha de parte de D-os. Esas órdenes fueron para todos: ricos y pobres, fuertes y débiles. Puede resultar tentador pedir una prórroga del servicio, dejar la lucha en manos de otros, pero la verdad es que cuando se combate la batalla de D-os, cada uno de nosotros es un soldado profesional. Todos tenemos un rol que cumplir en esta contienda que es la vida, y no podemos esquivar esa responsabilidad. Todos estuvimos dispuestos, y D-os obró un milagro para que todos estuviéramos en condiciones de participar.
En nuestra lucha constante por la bondad y la divinidad, necesitamos que todos estén de nuestro lado. Si uno solo se retira, todos quedamos más vulnerables, y la historia pierde una parte esencial. Nos alistamos para una misión que dura toda la vida, y seguiremos luchando y avanzando hasta que nuestro Comandante en Jefe haga sonar el shofar y nos llame de regreso a casa, con la batalla finalmente ganada.
HaShem va delante de nosotros, abriendo caminos.
Él es nuestra ayuda constante.
Si HaShem está con nosotros, ¿a quién temeremos?
HaShem nos protege por Su Nombre.
La noche no se resiste a la luz del alba, que entra suavemente
Menuja