Respondiendo a la eterna pregunta: “¿Dónde está Di-s?”, el Rebe de Kotzk dijo: “Dondequiera que lo dejen entrar”.1 El judaísmo enseña que Di-s no se encuentra tan solo en el éter, relegado a los Cielos, inaccesiblemente distante y fuera de nosotros; más bien podemos hallarlo cada uno dentro de sí mismo. Reflejando esta verdad espiritual, la palabra hebrea neshamá, “alma”, comparte la misma raíz etimológica que la palabra neshimá, “respiración”.2

A diferencia del resto de la creación que fue llamada a existir a través del habla de Di-s, como expone el versículo: “Di-s dijo: ‘Que haya luz’, y hubo luz”,3 el alma del hombre no fue creada por medio del habla. En cambio, Di-s insufló en sus fosas nasales un alma viviente, y el hombre se convirtió así en un ser viviente.4 Por lo tanto, nuestra propia alma está arraigada en el soplo de Di-s, que se origina desde lo más profundo de Él.5

La diferencia entre hablar y soplar es que, en el habla, el aliento de vida interior se transforma desde su esencia por medio del proceso de verbalización. Mientras que el acto de soplar simplemente transporta el aliento de vida desde adentro transmitiéndolo inalterado a su destinatario. El alma humana no es, por lo tanto, una creación de Di-s, sino literalmente una parte de Di-s mismo.6 Así como un niño está construido a partir del ADN de sus padres, del mismo modo, como hijos de Di-s, cada uno de nosotros está hecho de la esencia Divina.7 Por lo tanto, así como uno no puede dejar de ser hijo de sus padres, incluso si elige no identificarse o no vivir de acuerdo con ellos, de manera similar, en nuestro núcleo, siempre mantenemos nuestra esencia espiritual independientemente de las elecciones que hagamos.

Una de las principales implicaciones de la singularidad del alma humana es que cuando buscamos desarrollar una relación con Di-s, no necesitamos establecer una nueva conexión; solo necesitamos acceder a nuestro núcleo espiritual innato y darle expresión. A diferencia de otras tradiciones, que creen que una persona necesita un intermediario para conectarse con Di-s, el judaísmo ve a todos los seres humanos como poseedores de un vínculo intrínseco con Di-s desde su mismísimo nacimiento. De hecho, este soplo Divino es quiénes somos nosotros en verdad.

Contrario a la noción de que “nacemos en pecado” y por lo tanto necesitamos “redención”, el judaísmo transmite que “nacemos en santidad” y siempre mantenemos acceso a ese estado original, independientemente de nuestras elecciones de vida o errores. Como decimos en las bendiciones matutinas como recordatorio diario: “Mi Di-s, el alma que has puesto dentro de mí es pura”.8 Cada uno de nosotros tenemos un punto de bondad y divinidad indestructible en nuestro núcleo, en virtud de que, en esencia, nuestra alma es “una parte de Di-s de lo Alto”.9

De ello se desprende que jamás podemos perder esta relación con Di-s. Aun cuando no estamos en contacto con nuestra alma, nuestra esencia Divina yace latente dentro de nosotros, aguardando ser expresada.

El Concepto

Para forjar una conexión con Di-s, no se necesita buscar arriba ni afuera, solo adentro.

Sucedió Una Vez

Un joven músico, en su búsqueda espiritual se acercó una vez al Rebe de Lubavitch cuando este se apeaba de su auto frente a la sede de Jabad.

—Tengo una pregunta, —exclamó en el yiddish de su juventud.

—¿Y cuál es la pregunta?” —replicó el Rebe

—¿Dónde está Di-s? —preguntó.

— En todas partes” —respondió el Rebe.

— Lo sé, —continuó el joven —pero… ¿dónde?

—En todo y en cada lugar —respondió el Rebe, —en un árbol, en una piedra...

—Lo sé, pero… ¿dónde? —persistió el joven.

—En tu corazón, si eso es lo que estás preguntando —respondió el Rebe.10