Estamos acostumbrados a pensar en los nombres como etiquetas, inventados por conveniencia para ayudarnos a distinguir a una persona, lugar o cosa de otra. En palabras de Shakespeare, “Una rosa con cualquier otro nombre olería igual de dulce”.

Sin embargo, en el pensamiento judío, un nombre es mucho más que una mera convención.

La palabra hebrea shem, “nombre”, comprende las letras centrales de la palabra neshamá, “alma”.

Esta conexión etimológica nos enseña que nuestros nombres se relacionan con lo que somos en esencia, proporcionando una ventana a nuestra alma; o, en palabras de la bíblica Abigail, dirigiéndose al rey David: Como su nombre, así es él.1

De hecho, el Talmud2 toma esta noción de “dime tu nombre y te diré quién eres” bastante literalmente, como lo vemos en el relato sobre los dos Sabios, quienes no eran versados en análisis de nombres, que debatían si podían confiar o no en una persona de nombre Kidor. Su duda radicaba en que dicho nombre se halla en el versículo: Porque son una generación [ki dor] de revueltas. De ello dedujeron que podría tratarse de una persona nociva. Finalmente decidieron confiarle su dinero de todos modos. La historia termina en que aquel, finalmente, terminó traicionando su confianza.

Sin embargo, el nombre de una persona no tiene por qué definirla absolutamente ni confinarla a un destino predeterminado, porque un cambio de nombre puede abrir nuevas puertas de posibilidades en su vida. De hecho, a lo largo de la Torá, hallamos que un cambio en el nombre de una persona indica o presagia un cambio en su fortuna y destino.

Por ejemplo, en el libro de Génesis,3 Di-s cambia el nombre de Abram a Abraham para reflejar su transformación de un líder regional (av Aram, “padre de Aram”4 ) a progenitor de muchas naciones (av hamon goim).

De hecho, el cambio de nombre de Abraham resuena hasta hoy día, ya que los adeptos del judaísmo, el cristianismo y el islam, que en conjunto comprenden más de la mitad de la población mundial, consideran a Abraham su padre espiritual.

Del mismo modo, Di-s también cambia el nombre de la esposa de Abraham, de Sarai a Sara. Rashi explica que Di-s estaba diciendo:5Abram, de hecho, podrá no tener hijos, pero Abraham sí tendrá un hijo; Sarai podrá no dar a luz, pero Sara sí dará a luz. Les daré [a ambos] otros nombres, y su destino cambiará”.6

Más adelante en el Génesis,7 después de que Jacob lucha con un ángel, de lo Alto le confieren el nombre de Israel, porque has luchado (‘sarita’, en hebreo) con seres Divinos y humanos, y has prevalecido.

Tal como en el caso de Abraham y Sara, el nuevo nombre de Jacob le significó una transformación interior y nuevo sentido de propósito. Anteriormente en su vida, cada vez que Jacob se enfrentaba a un conflicto, huía. Huyó de su hermano Esav, huyó de su tío Labán, y, de hecho, algunos comentaristas afirman que estaba huyendo nuevamente de Esav y su ejército cuando fue abordado por el ángel durante la noche.8

Al haber prevalecido en su lucha sobre el ángel, Jacob recibió su nuevo nombre, Israel, el nombre de su descendencia por todos los tiempos.

Curiosamente, después de aquella batalla nocturna transformadora, Jacob se reúne con su familia y se encuentra con Esav, pacífica y compasivamente,9 dejando de lado así décadas de enemistad y conflicto.

Además del cambio físico de destino experimentado por Abraham y Sara, así como el cambio psicológico reflejado en la historia de Jacob, en el libro de Números hallamos el caso de un nombre que fue alterado a los efectos de una transformación espiritual.

Inmediatamente antes de enviar a los doce espías en una desafortunada misión de reconocimiento a Canaán, Moisés cambió el nombre de su discípulo de Oshea a Iehoshúa10 agregando una yud, primera letra del nombre de Di-s, como expresión de esperanza y oración: “Di-s te salve del consejo de los (perversos) espías”.11

De hecho, la Cabalá enseña que el nombre de una persona está tan interconectado con su esencia que sirve como canal para su fortuna. Esto se indica en el vocablo shmo, “su nombre”, que, en su guematria (sistema de numerología basado en el lenguaje) comparte el mismo valor numérico que la palabra tzinor, “tubería” o “canal” (El valor de ambos es trescientos cuarenta y seis). De hecho, según Arizal,12 el nombre de uno es el canal a través del cual fluye la energía del alma al cuerpo.13

Por esto, según el Talmud,14 cuando una persona está críticamente enferma, le asignamos un nombre adicional como Jaim o Jaia, que son las variantes masculina y femenina cuyo significado es “vida”, o Refael, que significa “Di-s sana”, para cambiar su fortuna y evitar un decreto celestial negativo.

En palabras de la plegaria que se recita al cambiar el nombre de alguien: “Si sobre tal persona (el nombre previo) ha sido decretado un veredicto severo, sobre tal otra persona (el nuevo nombre asignado) no ha sido decretado nada negativo. Por lo tanto, ahora es una persona diferente y no la misma persona que fue llamada originalmente por aquel nombre anterior”.

Todo lo anterior ayuda a explicar por qué, en la tradición judía, el acto de poner el nombre a un niño se considera una responsabilidad tan impresionante, ya que literalmente afecta su destino.

Por ello debemos dar a los niños nombres de virtuosos y evitar darles nombres de personas indignas.

En la práctica, los cabalistas explican15 que, al nombrar a un niño, los padres experimentan una mini profecía que los guía hacia el nombre apropiado para el alma de su hijo. Di-s “implanta” un nombre en sus mentes que refleja con precisión las características únicas de ese niño en particular.

Correspondientemente, las letras de la palabra shem, vocalizado de manera diferente (en hebreo, las vocales son independientes de las letras), se pueden leer como sham, “allí”, porque el nombre de una persona apunta a su destino en la vida.

Del mismo modo, el valor numérico de la palabra shem es el mismo que el de la palabra sefer, “libro” (el valor numérico de ambos es trescientos cuarenta), porque el nombre de una persona cuenta su historia.

Los místicos16 enseñan que el nombre y el destino de uno están tan correlacionados que al cabo de los ciento veinte años, cuando el alma asciende al Cielo, la primera pregunta que le formulan en lo Alto es: “¿Has vivido a la altura de tu nombre?”.

En consistencia con la temática de este libro, que trata del poder y el significado de las palabras para quienes los buscan más allá de su mera semántica, aprender sobre las profundas dimensiones del propio nombre, tanto si lo han recibido por imposición como por propia elección, es un paso significativo en el camino hacia una mayor autorrealización y puede servirles de guía para descubrir el propósito de sus vidas.

El Concepto

Estudia tu nombre, analízalo, porque en él se encuentra la llave de tu destino.

Sucedió Una Vez

Hace algunos años nació una niña, hija de R. Arie y Rajel Trugman, tres semanas antes de la fecha prevista. Debido a su nacimiento prematuro, la bebé tuvo algunas complicaciones de salud y debió permanecer internada en el hospital. Sus padres aguardaban ansiosamente día tras día que se estabilizase. Los médicos, que no escatimaban esfuerzos, informaron a los padres que no sabían si su hija lo lograría.

Buscando apoyo y orientación espiritual, los Trugman se comunicaron con la secretaría del Rebe de Lubavitch, pidiéndoles que transmitieran al Rebe la gravedad de la situación.

El Rebe preguntó si ya le habían dado un nombre a su hija. R. Arie respondió que habían postergado la imposición del nombre hasta tanto pudieran hacer la ceremonia apropiadamente en la sinagoga.

El Rebe indicó a R. Arie que no se demoren más y le impongan un nombre a su hija de inmediato. Ello, explicó el Rebe, ayudaría a aferrar el alma de ella a su cuerpo.

Los Trugman, siguiendo el consejo del Rebe, dieron a la niña un nombre. Jani, la llamaron. Así, la condición de la bebé se estabilizó inmediatamente y, poco después, pudieron llevarla felizmente a casa.