Como humanos, a menudo nos sentimos atrapados entre diferentes perspectivas, impulsos internos y valores. Y cuando nos detenemos a pensar en quiénes somos y por qué hacemos lo que hacemos, podemos quedar en estado de duda y confusión enfrentados a cuestionamientos del tipo:
¿Por qué me cuesta tanto alinear mi conducta cotidiana con mis ideales más elevados? ¿Cómo puedo identificarme tan fácilmente tanto con lo hedonista como con lo sagrado? ¿Quién soy yo realmente, u n animal egocéntrico o un ángel altruista ?
Lamentablemente, este atolladero existencial es muy común y familiar; e incluso muchos lo toman como parte de la condición humana. Pero, de hecho, toda esa forma de pensar se basa en una visión del mundo muy particular que pretende reducir todo a una única dimensión, como ver la vida en blanco y negro, bueno o malo, etc. Si eres es espiritual, evitarás preocuparte por tí mismo; si te dejas llevar por tus apetitos físicos, quizás no estés espiritualmente desarrollado. Se trata de una forma fragmentada, hiperdualista, de ver el mundo y de relacionarse con el yo, basada en un rígido paradigma de exclusividad mutua dicotómica.
Pero para el pensamiento judío, los humanos no somos o una cosa o la otra, sino seres multifacéticos. Tenemos tanto deseos egoístas como potenciales altruistas que trascienden el ego.
Según la Torá, esta tensión y conflicto interno es una parte esencial de la experiencia humana. De hecho, al comienzo del Génesis1 vemos que la misma creación del hombre es producto de la fusión de dos opuestos: Di-s formó al hombre del polvo de la tierra (lo terrenal) y sopló en sus fosas nasales un aliento de vida (lo celestial). El ser humano es, por tanto, literalmente fusión de cielo y tierra.2
La palabra hebrea para “hombre”, adam, expresa evocativamente esta dicotomía. Esta palabra adam está relacionada con la palabra adamá, “tierra” y con la palabra domé, “semejanza”, como en la frase adamé laelión, “semejante al Supremo”,3 enseñándonos que el ser humano puede parecerse a sus orígenes terrenales o reflejar su diseño Divino.
Además, esta dualidad existencial se puede hallar en la composición de la propia palabra adam.
Alef, la primera letra de esta palabra, tiene el valor numérico de uno, lo cual alude al carácter de unidad y unicidad primordiales de Di-s. Las dos letras restantes forman la voz dam, “sangre”, que representa la fuerza de vida y la vitalidad física4 del ser humano.5 Así, pues, la concepción de la Torá sobre la condición humana está codificada en la propia denominación hebrea de “ser humano”.
R. Joseph Ber Soloveitchik señala6 que, en el Génesis, hay dos relatos aparentemente contradictorios sobre la creación del hombre. En el primer relato, Adán es creado a imagen Divina y convocado a ejercer dominio para colmar la tierra y conquistarla. En el segundo relato, Adán es creado del polvo de la tierra y es traído a la vida por medio del aliento de Di-s, con la misión de cultivar el jardín y conservarlo.
Esto, concluye R. Soloveitchik, no es una flagrante contradicción entre tradiciones textuales en competencia, como afirmarían los críticos bíblicos; es, más bien, una yuxtaposición significativa de arquetipos que expresan la contradicción inherente a la naturaleza de la humanidad. “El primer Adán es el Hombre Majestuoso: agresivo, audaz y mentalizado para la victoria. Su lema es el éxito: dominar y someter a las fuerzas naturales elementales y ponerlas a su disposición. El segundo Adán es el Hombre del Pacto. Su meta no es el éxito sino la redención. No busca el control sobre su entorno sino el control sobre sí mismo; no enfrentarse y derrotar a la naturaleza muda, sino enfrentar y dejarse derrotar por un Ser Superior y Verdadero. No avanzar a los confines externos de su universo, sino retraerse hacia su centro”.
Comentando la enseñanza de R. Soloveitchik, David Brooks7 introduce la distinción entre virtudes de currículum y virtudes de elegía. “Las virtudes de currículum consisten en las habilidades que aportas al mercado. Las virtudes de elegía son las que se mencionan en el panegírico, y son más profundas: ¿Quién eres tú en tu interior? ¿Cuál es la naturaleza de tus relaciones? ¿Eres amable, cariñoso, confiable, honesto, consistente? La mayoría de nosotros diría que las virtudes de la elegía son las más importantes. Y, sin embargo, en muchos casos, ¿son realmente en las que más pensamos?
“Lo complicado de estos dos lados de nuestra naturaleza es que funcionan con lógicas diferentes. La lógica externa es la lógica de la economía: los insumos llevan a resultados, el riesgo lleva a la recompensa. El lado interno de nuestra naturaleza es una lógica moral y a menudo una lógica inversa. Debes dar para recibir. Debes entregarte a algo fuera de ti mismo para ganar fuerza dentro de ti mismo. Debes conquistar el deseo para conseguir lo que pretendes. Para realizarte, debes olvidarte de ti mismo. Para hallarte, debes perderte”.
En el libro del Tania,8 R. Schneur Zalman de Liadi explica que los impulsos duales del hombre provienen de dos almas diferentes. Estas almas operan mediante impulsos inversos y opuestos; su atracción gravitatoria no podría ser más dispar. Para el alma animal, la atracción y la dirección predeterminada natural es terrenal, tendiendo a la autoindulgencia y al egocentrismo; para el alma Divina, en cambio, su impulso natural es celestial, hacia lo trascendente y enfocado en el otro. El alma animal es el asiento del ego y la fuente de los bajos deseos, mientras que el alma Divina busca sólo adherirse a Di-s y ocuparse de actos desinteresados de amor y bondad.
R. Schneur Zalman compara esta dinámica psicoespiritual con una “batalla entre dos reyes, ambos buscando dominar la misma ciudad”.9 Esta “ciudad”10 se entiende como una referencia al reino interno de la persona, por así decirlo, poblado por sus pensamientos, palabras y acciones. Pero sólo un rey puede gobernar… ¿Y cuál será? En última instancia, nosotros mismos decidimos quién controla las “llaves” del palacio de nuestra mente. Al elegir cuidadosamente el enfoque y la dirección de nuestros pensamientos, palabras y acciones, podemos determinar conscientemente qué lado de nosotros mismos queremos reforzar y llegar a ser.
El padre de Margaret Thatcher le dijo una vez cuando era niña: “Observa tus pensamientos porque se convierten en tus palabras. Observa tus palabras porque se convierten en tus acciones. Observa tus acciones porque se convierten en tus hábitos. Observa tus hábitos porque se convierten en tu carácter. Y observa tu carácter porque se convierte en tu destino”.
En suma, cada uno de nosotros está compuesto tanto por el cielo como por la tierra; quién elegimos llegar a ser está completamente en nuestras manos.
El Concepto
Más que caricaturas unidimensionales, somos seres multifacéticos en constante lucha con impulsos contradictorios. Depende de nosotros elegir qué lado de nosotros mismos reforzaremos y llegaremos a ser en cada momento.
Sucedió Una Vez
Un sabio anciano le enseña a su nieto sobre la vida:
“Una lucha se está librando dentro de mí”, le dice al niño. “Es una lucha terrible, y es entre dos lobos. Uno es malvado; es ira, envidia, tristeza, queja, avaricia, arrogancia, autoindulgencia, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego.
“El otro es bueno; es alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, amabilidad, benevolencia, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe. La misma lucha se está librando dentro de ti y dentro de cada persona”.
El nieto lo piensa por un minuto… y pregunta: “¿Y cuál de los lobos triunfará?”
El anciano responde: “El que tú alimentes”.
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