El antisemitismo es el mayor de los enigmas en el corazón de la existencia judía. ¿Por qué somos tan odiados por el conjunto de las naciones? Se ha vertido demasiada tinta tratando de explicar qué es el antisemitismo, qué lo causa y porqué; y cuando parece que las cosas están mejorando, levanta su horrible cabeza nuevamente.

¿Pero qué tiene para decir el judaísmo mismo al respecto?

El Talmud1 expone que el monte Sinaí, el lugar donde nos fue entregada la Torá, fue así llamado por haber sido el precursor del odio, siná, de las naciones hacia los judíos. Allí, en el monte Sinaí, a la nación judía le fue encomendado de lo Alto el sagrado deber de constituirse en reino de sacerdotes2 y servir como faro de moralidad y justicia para el mundo. A consecuencia de la aceptación de tal mandato, de ser una luz para las naciones,3 el pueblo judío devino en motivo y tema del odio más antiguo y persistente en la historia.

En el Libro de Números,4 Di-s instruye a Moisés a enfrentarse a los midianitas para vengar la venganza de los Hijos de Israel. Expone el Midrash5 que Moisés cuestionó a Di-s: “En verdad, la venganza es Tuya [no nuestra]. Porque si hubiéramos permanecido incircuncisos o hubiéramos adorado a las estrellas o hubiéramos negado los mandamientos, no nos habrían perseguido. Lo han hecho sólo por la Torá y los mandamientos que nos has encomendado”.

Históricamente, algunos enemigos del pueblo judío han visto esta dinámica de la idiosincrasia judía como una molestia; otros, como una amenaza existencial. En el Libro de Ester,6 Amán intenta sobornar al rey Asuero con diez mil talentos de plata para obtener autorización para librar a su reino de los judíos, a lo que Asuero responde: Te entrego el dinero y el pueblo judío, para que hagas con él lo que quieras.

Para explicar esta interacción, el Talmud7 describe dos tipos de antisemitas. El primero es el que representa el recitado rey Asuero, el antisemita mitigado ve al pueblo judío como un montículo, una anomalía molesta y antiestética que sobresale y se niega a entremezclarse. Los sociólogos se refieren a este tipo de xenofobia como “la aversión a lo diferente”.

El segundo tipo de antisemita es Amán, el antisemita ardiente que ve al judío como una zanja, una conciencia moral que expone un vacío existencial en el corazón del antisemita. El propietario del montículo dice al propietario de la zanja “Libérame de mi montículo y líbrate de tu zanja; no pido pago a cambio”.

Hitler, uno de los antisemitas más notables que jamás hayan existido, resumió este sentimiento de manera escalofriante en una conversación privada con su confidente, Hermann Rauschning: “La lucha por la dominación mundial es entre yo y los judíos. Todo lo demás carece de sentido. Los judíos han infligido dos heridas al mundo: la circuncisión al cuerpo y la conciencia al alma. Vengo a librar a la humanidad de sus cadenas”.8

En otro contexto elaboró más: “La providencia me ha designado a mí para ser el más grande liberador de la humanidad. Vine a liberar a los hombres de las ataduras de una inteligencia que es responsable de las sucias y degradantes auto mortificaciones de una visión falsa (un invento judío) llamada conciencia y moralidad, y de las demandas de una libertad y de una independencia personal que sólo unos pocos pueden tolerar”.9

Históricamente, ha habido dos reacciones contradictorias ante el pueblo judío: 1) Judeofobia: frustración y odio dirigidos a la voz de la conciencia que representan los judíos. 2) Judeofilia: admiración y deseo de aprender y emular al pueblo judío. Esto ha creado un aura irracional de miedo/sospecha y asombro/fascinación en torno al pueblo judío a los ojos del mundo.

En última instancia, el judaísmo es una distinción que los judíos no pueden ocultar. La historia ha demostrado que la asimilación no ayuda a prevenir el antisemitismo, como lo demuestra el destino de los judíos alemanes del siglo XX, que habían alcanzado un nivel extraordinario de integración en los escalafones más altos de la sociedad. De hecho, la asimilación solo sirve para avanzar en la causa del antisemita de librar al mundo de sus portadores de antorchas morales.

El antisemitismo levantará su horrible cabeza, tanto si los judíos eligen ocultar su judaísmo como si eligen abrazarlo abiertamente. Si elegimos lo último, asumiendo así nuestro papel de luz para las naciones, cumplimos nuestro destino de transformar el panorama moral de la civilización toda.

Aludiendo al potencial transformador del mandato judío, John Adams,10 segundo presidente de los Estados Unidos, escribe:

“Insisto en que los hebreos han contribuido a civilizar a la humanidad más que cualquier otra nación. Si yo fuera un ateo y creyese en el destino ciego y eterno, aún creería que el destino había ordenado a los judíos ser el instrumento más esencial para civilizar a las naciones... Han dado religión a las tres cuartas partes del globo y han influido en los asuntos de la humanidad más, y más felizmente, que cualquier otra nación, antigua o moderna”.

El historiador cristiano Paul Johnson11 lo expresa así:

“Todos los grandes descubrimientos conceptuales de la mente humana parecen obvios e ineludibles una vez que se han revelado, pero se requiere un genio especial para formularlos la primera vez. Los judíos tienen ese don. Les debemos la idea de la igualdad ante la ley, tanto divina como humana; de la santidad de la vida y la dignidad de la persona humana; de la conciencia individual y con ello de la redención personal; de la conciencia colectiva y con ello de la responsabilidad social; de la paz como ideal abstracto y el amor como fundamento de la justicia, y muchos otros elementos que constituyen el mobiliario moral básico de la mente humana. Sin los judíos, este mundo habría sido un lugar mucho más vacío”.

Comentando además sobre el papel único y la presencia de los judíos en el desarrollo de la sociedad humana, R. Avraham Itzjak Kuk señala que todas las grandes civilizaciones, a lo largo de la historia, como Egipto, Grecia, Persia y Roma, aparecieron en el escenario de la historia, hicieron su contribución, dijeron su parte y siguieron adelante. El pueblo judío, sin embargo, emergió en el escenario de la antigua historia y todavía está aquí … pues aún debemos articular claramente el mensaje que vinimos aquí a transmitir.

En lugar de escondernos bajo tierra ocultando nuestra identidad judía, como algunos tienden a hacer en tiempos de persecución, pongámonos de pie y proclamemos orgullosamente al mundo el mensaje para el cual fuimos convocados al Monte Sinai.

El Concepto

El antisemitismo se alimenta no del odio a los judíos, sino del mensaje y la moralidad del judaísmo. La asimilación, entonces, es parte del problema, no la solución.

Sucedió Una Vez

En la noche del 4 de marzo de 1962, el Gabinete del Liderazgo Joven de la UJA (United Jewish Appeal) visitó al Lubavitcher Rebe para recibir orientación previo a su viaje a Polonia. Lo que sigue es un extracto de su intercambio esa noche.

Liderazgo judío joven: “Viajamos en peregrinación para conmemorar el levantamiento del Gueto de Varsovia. Iremos a Varsovia y a Auschwitz. A medida que nos adentramos más y más en las lecturas [preparatorias asignadas], estamos teniendo muchos problemas con los cuestionamientos que plantean el Holocausto y Auschwitz... ¿Cuál es el significado de todo?”

El Rebe: “... Si la historia nos enseña algo que no debemos repetir o que debemos emular, la mejor lección se puede tomar de la destrucción del Segundo Templo. Fuimos testigos de algo tan terrible, que debe llevar a todo judío a identificarse más con su judaísmo... cada uno de nosotros tiene el deber de luchar contra Hitler, [lo cual] se logra permitiendo que aquello que Hitler tenía en mente aniquilar, no sólo continúe, sino que florezca más y a mayor escala. A Hitler no le interesaba tanto aniquilar el cuerpo del judaísmo como sí aniquilar el espíritu judío. [Decretó que las ideas espirituales y morales que encarna el pueblo judío] no debían infectar al pueblo alemán, ni al pueblo ruso ni al pueblo polaco...

“Si logras impactar en un judío para que no se asimile y en cambio profese su judaísmo y manifieste su orgullo e inspiración y alegría, eso es derrotar al hitlerismo. Si alguien hace lo mejor en su vida personal para ser judío abiertamente, de modo que todos vean que en la calle es un judío, que su hogar es un hogar judío, que está orgulloso de su judaísmo, y que ello no es una carga sino un orgullo para él, su vida misma es la derrota del hitlerismo.

“Cuando vayan a Auschwitz deben declarar allí que Auschwitz no puede suceder nuevamente. Y pueden afirmarlo convirtiéndose ustedes mismos en ejemplos vivientes de judíos vivientes”.12