Todos, de una forma u otra, experimentamos el poder de las palabras: Una palabra amable que apacigua a un corazón roto, un cumplido auténtico que inspira confianza y motiva el éxito, o una palabra despectiva que aplasta el espíritu, dejando potencialmente cicatrices de por vida.

Las palabras pueden dañar o sanar, pero no solo por los pensamientos que desencadenan.

El judaísmo enseña que la palabra oral tiene un tremendo poder. La Torá expone que Di-s llamó al mundo a existir hablándole,1 haciendo de la realidad una especie de plegaria o poema cósmico, compuesto por la palabra Divina.

En el pensamiento jasídico, una vez que un concepto ha sido articulado verbalmente, se expande en la existencia aún más y, por lo tanto, puede afectar a otras personas más allá del hablante, y aun en el extremo opuesto del mundo.2 Quizás sea esta la razón por la que a Newton y Liebniz se les atribuye simultáneamente la invención del cálculo, aunque de forma independiente.

Cuando R. DovBer, el Maguid de Mezritch, concebía un nuevo concepto de la Torá, se aseguraba de verbalizarlo, incluso si los presentes no podían comprenderlo. ¿Por qué? Porque el habla da sonido a las ideas y las viste con una forma y materia sutil, lo que añade una dimensión física a los frutos etéreos de la mente. Así, a través de verbalizar el concepto, el Maguid lo atraía al mundo.3 Curiosamente, la palabra hebrea para el habla, dibur, está etimológicamente vinculada a la palabra davar, “cosa”. Esto se debe a que, una vez articulada, una palabra adquiere vida propia y se convierte en una realidad tangible, una cosa que existe en dimensión, forma y resonancia.

La noción de que las palabras son el medio a través del cual las ideas se convierten en cosas está arraigada en siglos de enseñanza cabalística y se basa en una comprensión metafísica del comienzo de la Torá en la que, como hemos mencionado, Di-s habla (y crea) al mundo llamándolo a existir. Con base en esta comprensión, los Sabios desarrollaron y refinaron continuamente una mayor sensibilidad al poder del habla que recorre todas las facetas del pensamiento y la práctica judía, incluida la liturgia, la naturaleza vinculante de los juramentos y las repercusiones espirituales de los chismes.

Por ejemplo, el Talmud4 enseña: “El chisme asesina a tres. Al que cuenta, al que escucha y a la persona de la que se habla”. Podemos entender fácilmente por qué es castigado el que expresa el chisme y el que lo escucha, pero ¿por qué se vería afectado negativamente el sujeto del chisme? La respuesta, según la enseñanza jasídica, es que el chisme expone los rasgos negativos de la persona de la cual se habla.5 Si el chisme no se hubiera expresado, el rasgo negativo habría permanecido en estado de latencia sin despertarse jamás. Y a la inversa, al hablar positivamente sobre alguien, extraemos sus rasgos positivos de un estado potencial a una realidad articulada.

Tal es el poder de la palabra hablada, que afecta a los demás tanto a nivel existencial como energético.

En esta misma línea, la Torá nos instruye no maldecir a un sordo,6 aunque, obviamente, está incapacitado de escuchar la maldición. Esta prohibición no se trata meramente de mostrar una conducta refinada y moral como un fin en sí mismo, sino, como ilustra vívidamente la siguiente historia, sobre el impacto real de la palabra verbalizada incluso cuando no es escuchada.7

Una vez, dos hombres tuvieron una disputa durante su estadía en la sinagoga de Rabi lsrael Baal Shem Tov, lo que llevó a uno de ellos a gritarle al otro que lo “despedazaría como a un pescado”. Al escuchar esto, Baal Shem Tov pidió a sus alumnos que se acercasen a él y se tomasen de las manos con los ojos cerrados. Luego posó sus milagrosas manos sobre los hombros de los dos discípulos que estaban a su lado. De repente, estos comenzaron a gritar aterrorizados: Habían visto a ese hombre realmente desmembrar a su litigante, tal como había dicho.

Toda palabra tiene un efecto, ya sea en forma física o en un plano espiritual que solo puede percibirse con sentidos más elevados y refinados. Esto nos presenta una inmensa cuota de poder y responsabilidad con respecto al uso que damos a nuestras palabras. ¿Buscamos construir o destruir, elevar o denigrar, unificar o dividir, traer paz o sembrar discordia? Porque, realmente, estos son los riesgos y potenciales reales que existen en cada palabra que pronunciamos.

En suma, más allá de cómo las palabras provocan que la gente piense o sienta a nivel intelectual o emocional, también tienen un poder y potencia inherentes, que, una vez articuladas, las dota de vida propia.

Como escribió alguna vez la célebre poetisa estadounidense Emily Dickinson:8

“Algunos d icen que la palabra
muere al ser pronunciada.
Yo, en cambio, digo que empieza a vivir
en ese instante”.

El Concepto

Las palabras no son meras herramientas de comunicación; son instrumentos de creación.

Sucedió Una Vez

El 10 de junio de 1982, la unidad del sargento Zejaria Baumel, en misión en el sur del Líbano, fue emboscada por el ejército sirio. La sangrienta batalla dejó veinte soldados israelíes caídos y más de treinta heridos.

Zejaria y dos de sus compañeros fueron declarados oficialmente desaparecidos. Los restos de Zejaria permanecieron en esa condición hasta el año 2019, cuando finalmente fueron recuperados por el gobierno ruso y devueltos a Israel para un apropiado entierro judío en el Monte Herzl.

Tal como relató la hermana de Zejaria, Osna, al Gran Rabino de Tzfat R. Shmuel Eliyahu, esta historia había más de lo que se ve a simple vista. En el funeral, Osna se acercó al Primer Ministro Benjamin Netanyahu para agradecerle por haber recuperado los restos de su hermano. Ella le dijo que, durante muchos años, su familia había estado molesta contra él por no haber hecho lo suficiente para recuperar el cuerpo y expresaba sus quejas con regularidad. Y continuó: “Un día, como familia, decidimos dejar de hablar negativamente sobre usted y, en cambio, tratar de verle de manera más favorable. Nos dimos cuenta de que había cosas que no sabíamos; que la situación era compleja. Y que para que un país le pidiese un favor a otro país, se requiere de una gran maniobra política, y seguramente había temas más importantes en la agenda nacional de Israel que la recuperación del cuerpo de Zejaria”.

Netanyahu estaba visiblemente conmovido. Le dijo que Israel había cumplido un rol fundamental en evitar un ataque terrorista en Rusia. Así, sabiendo que llegaría el día en que los rusos devolverían el favor, se sentó con su gabinete e hizo una lista de cincuenta cosas posibles que eran importantes para Israel desde un punto de vista estratégico. Luego condensaron la lista a tres elementos. No hace falta decir que los restos de Zejaria no estaban en la lista.

Llegado el momento, Netanyahu se reunió con el presidente ruso Vladimir Putin y este le preguntó de qué manera Rusia podía devolverle el favor a Israel. Netanyahu , a pesar de tener en su mano la lista de las tres cosas importantes para Israel, inexplicablemente mencionó el caso de Zejaria Baumel. El tema había aflorado a su mente de la nada. El sorprendido presidente ruso preguntó por qué algo que había sucedido hacía ya varias décadas importaba tanto a Israel. Netanyahu respondió: “Para el pueblo judío, un entierro apropiado es de suma importancia”. Putin respondió que, si era tan importante, se aseguraría de que el pedido se cumpliese, y, además, conmovido por el profundo cuidado de la responsabilidad mutua en el seno del pueblo judío, le ofreció a Israel un favor adicional, agregando que este “corría por su cuenta”.

Esta historia destaca el poder del habla. Así como el lashon hará saca a relucir los rasgos negativos dentro de los demás, incluso si no están presentes para escucharlos, del mismo modo (y aún más), cuando se pronuncian palabras positivas: las palabras mismas, aun si el sujeto no las escucha, manifiestan y revelan sus buenas cualidades internas.