La realidad no es todo como parece.

Pon una piedrecita bajo un poderoso microscopio y serás testigo de un mundo vivo y zumbando de energía. La observación científica demuestra que cualquier sustancia, observada a nivel atómico, está compuesta en un 99,999999999% de espacio vacío.1 Esto significa que todo lo que vemos y tocamos proyecta tan solo una ilusión de solidez.

De hecho, cuando caminamos sobre el suelo, por ejemplo, en realidad caminamos sobre un campo de energía cambiante que sólo lo sentimos sólido. Del mismo modo, cuando nos sentamos en una silla, en realidad nos sentamos sobre energía, no sobre “materia”, la energía de nuestro cuerpo y la energía de la silla se impulsan mutuamente, impidiendo que una pase a través de la otra. En cualquier caso, no nos hundimos en el suelo porque la energía nos mantiene suspendidos sobre él.

Cientos de años antes de que la ciencia descubriera la estructura del átomo y entendiera que la materia está compuesta principalmente de energía, las enseñanzas místicas judías describieron la sustancia física de la realidad como expresión de la energía Divina.

Comentando el versículo:2 Di-s, por siempre Tu palabra está fija en los cielos, Rabi Israel Baal Shem Tov enseña: Las letras y vocablos que Di-s pronunció en los Seis Días de la Creación permanecen fijas en los cielos, manteniéndolos constantemente en existencia. Si tales letras desapareciesen, aunque fuese por un instante, los cielos y la tierra volverían a la nada absoluta como si nunca hubieran existido.3

Esa misma fuerza vital está presente en todo, incluso en los llamados objetos inanimados.

La palabra inanimado, derivada del latín, significa “carente de vida”.

En hebreo, en cambio, los objetos inanimados se denominan domem, que significa “silencioso”, “inexpresivo”, “inmóvil”, implicando que, de hecho, hay vida en ellos, aun cuando esa fuerza vital no se expresa ni se revela exteriormente de modo perceptible, como a través de movimiento autónomo o emisión de sonidos.4

Esta filosofía, que considera “vivientes” a todos los aspectos de la existencia, tiene consecuencias en el mundo real. De hecho, el judaísmo tiene una larga historia en promover la sensibilidad y el respeto por todos los seres, desde animales hasta vegetales y minerales, independientemente de su capacidad de inteligencia o expresión emotiva.

Una expresión conmovedora de esta idea se halla en la siguiente prohibición bíblica: No ascenderás por gradas a Mi altar [sino por una rampa], para no dejar al descubierto tu desnudez.5

Rashi6 explica: “[No había] exposición real de desnudez, pues, como expone el versículo, llevaban pantalones de lino. No obstante, dar pasos largos [como al subir peldaños] es similar a exponer la desnudez, lo cual es humillante para las piedras (del Altar)...”.

Resulta, pues, que la inconveniencia del kohen (Sacerdote) de ascender al Altar por una rampa, en lugar del camino más directo como serían los peldaños, queda en segundo lugar frente la dignidad de un “inerte” bloque de piedra.

Algunos ejemplos más de la sensibilidad del judaísmo hacia el mundo inorgánico deberían ser suficientes para demostrar este punto:

En Shabat, al recitar el Kidush (plegaria de santificación) sobre el vino, la jalá, que es el pan trenzado del Shabat, debe permanecer cubierta, a fin de que no se sienta “ignorada”, porque también ella quisiera tener el honor de que el Kidush se recitase por su intermedio. Por eso, para no “humillar” a la jalá, la cubrimos al recitar la bendición por el vino.7

Del mismo modo, cuando una festividad coincide con Shabat, algunos tienen la costumbre de entonar las melodías tradicionales de Shabat en voz baja, para no prestarle más atención al Shabat que a la festividad.8

Es importante señalar que la base y el motivo de la Torá para abogar por la bondad y la compasión hacia toda la creación no están impulsados por el simple interés propio ni siquiera por el temor a nuestro propio frágil futuro, como decir: “si no cuidamos el planeta hoy, no estará disponible para cuidarnos a nosotros mañana”. O en el caso de los esfuerzos por los derechos humanos: “Si no militamos por la libertad de todos, algún día podríamos perder nuestra propia libertad”.

Más bien, la preocupación de la Torá tiene su raíz en el hecho de que el judaísmo, como se destaca en la filosofía jasídica, sostiene que hay un punto de vida, o “una chispa de Di-s”, en cada elemento de la creación. Esa chispa es una extensión del Creador y, por lo tanto, se la debe tratar en consecuencia.

El respeto que nos damos unos a otros, y a toda la existencia, no es interesado, por el beneficio que los otros (tanto sean seres vivos como inanimados) puedan brindarnos, sino por el bien del “alma” individual y el propósito único que cada ser posee, en y por sí mismo.

En última instancia, el judaísmo es una religión de sensibilización espiritual hacia la esencia de lo Divino dentro de la creación, generando un sentido más elevado de respeto por todas las formas de vida. Luego, esto se transforma en la base de cómo nos tratamos unos a otros también.

Como Rashi9 tan elocuentemente señala: “Ahora, si con respecto a esas piedras (del altar, mencionadas previamente), que no tienen la inteligencia para objetar su humillación, la Torá ordena: No las trates de manera humillante, en el caso de tu prójimo, que fue creado a imagen de tu Creador y sí le angustia ser humillado, ¡cuánto más debes tratarlo con respeto!”.

El Concepto

Toda la creación tiene un alma y una melodía; depende de nosotros darle voz.

Sucedió Una Vez

Un extracto del diario del sexto Rebe de Lubavitch R. Yosef Itzjak Schneersohn:

“Era el verano de 1896, y mi padre y yo paseábamos por los campos de Balivka, aldea próxima a Lubavitch. El grano estaba a punto de madurar y el trigo y la hierba se mecían suavemente al compás de la brisa.

”Mi padre me dijo: ‘¡Mira la Divinidad! Cada movimiento de cada tallo y hierba estaba incluido en el Proyecto primordial Divino sobre la Creación, en la visión omnicomprensiva de Él, y es guiado por la Providencia Divina hacia un propósito divino’.

”Caminando más lejos, nos adentramos en el bosque. Absorto en lo que había escuchado, excitado por la suavidad y seriedad de las palabras de mi padre, distraídamente arranqué a mi paso una hoja de un árbol. Sosteniéndola un rato en mis manos, continué caminando, profundamente pensativo, ocasionalmente arrancando pequeñas hojitas y arrojándolas al viento.

”El santo Ari, me dijo entonces mi padre, enseña que dentro de cada criatura hay una chispa de un alma que ha descendido a la tierra para encontrar su rectificación y realización.

“Esa hoja que acabas de arrancar descuidadamente y que has arrojado fue creada por el Todopoderoso para un propósito específico y está imbuida de una fuerza vital Divina. Tiene un cuerpo y tiene su vida. ¿En qué sentido el ‘yo’ de esa sería inferior a tu propio ‘yo’?”.10