“Mi colesterol está por las nubes, mi jefe no está feliz con mi desempeño, mi esposa cree que nuestro matrimonio está en ruinas... y encima se me rompe el auto. ¿Por qué, D-os? ¿Por qué todo esto me pasa a mí? ¿Acaso soy tan mala persona?”
¿Te suena familiar? Como rabino, he escuchado preguntas como esta muchísimas veces a lo largo de los años. Detrás de ellas suele haber una suposición: si algo malo me sucede, debe ser un castigo divino. Pero si soy una buena persona, ¿cómo se entiende ese castigo? Y si, además, creemos que D-os es bueno, entonces todo esto se vuelve aún más difícil de procesar.
Pero ¿y si te dijera que el castigo divino es solo una entre muchas posibilidades para entender el sufrimiento? Hay múltiples maneras válidas de interpretarlo. No te apures a asumir que D-os te está castigando.
La parashá de esta semana, Bejukotai (Levítico 26:3–27:34), incluye una sección conocida como el Reproche: una dura advertencia sobre lo que podría ocurrir si Israel se aleja del camino de D-os. Sin embargo, los místicos enseñan que incluso estas amenazas —tan aterradoras— son, en realidad, bendiciones disfrazadas que aún no podemos reconocer como tales.
Recuerdo una analogía del reconocido rabino y psiquiatra Dr. A.J. Twerski. Una madre lleva a su hijo al médico. El doctor se prepara para darle una inyección. El niño, que no es tonto, sabe que algo doloroso está por venir. Se resiste, llora, patalea. La madre debe sostenerlo mientras el médico le aplica la vacuna. Un minuto después, ese mismo niño apoya la cabeza en el hombro de su madre buscando consuelo. ¿Por qué? ¿No fue ella cómplice del “ataque”? ¿No debería verla como su enemiga?
La respuesta es simple: todo niño sabe —incluso sin palabras— que su madre lo ama. Y aunque le duela, aunque no entienda por qué lo está pasando mal, sabe que ella lo quiere y que esto es solo momentáneo. Tras esa breve prueba de confianza, el vínculo esencial de amor entre madre e hijo vuelve a afirmarse.
Lo mismo ocurre con nuestro Padre en el Cielo. A veces sentimos que se ha aliado con el Satán, que nos ha abandonado en medio del sufrimiento. Pero, en el fondo, sabemos que D-os nos ama. Somos Sus hijos. ¿Acaso la madre quiere castigar a su hijo? ¿El médico lo lastima por placer? Por supuesto que no. De la misma manera, aunque no siempre lo comprendamos, podemos encontrar consuelo en saber que D-os nos ama.
Para nosotros, las razones pueden permanecer ocultas, pero D-os tiene un plan más grande, eterno. El niño no entiende para qué sirve la vacuna; nosotros tampoco entendemos las “vacunas” divinas que a veces nos toca recibir. Aun así, confiamos en que hay un propósito, y uno bueno, detrás de todo ello. Tal vez no se revele en este mundo, sino en el próximo. Así que necesitamos paciencia, y mucha fe.
Yo, en lo personal, estoy dispuesto a vivir con la incertidumbre. En los días difíciles, cuando sentimos que el mundo se nos viene encima, recordemos esto: nuestro Padre en el Cielo nos ama por completo. Y seguro que no nos quiere menos que una madre en el consultorio que abraza a su hijo tras una inyección.
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