No todos los alimentos son iguales. Quizás no lo tengas presente, pero tu cuerpo distingue la diferencia.
Hay una halajá que lo explica con mucha claridad:
Ponéle que contrataste a unos trabajadores judíos para una tarea. Les dijiste que en el pago estaba incluida una comida. Hicieron el trabajo, les pagaste, se sentaron a comer y después se fueron a sus casas.
Más tarde descubrís que la comida que les diste no era kasher. Parecía kasher, tenía gusto a kasher, pero no lo era.
Siendo honesto, corrés a avisarles. Les decís: “Miren, pasó esto, perdonen, pero bueno, ya está hecho”.
“No, hay algo que sí podés hacer”, te contestan. “Nos podés pagar el valor de esa comida”.
Y tienen razón.
¿Por qué? Porque, como explica el Talmud Ierushalmi, para un judío, si la comida no es kasher, no cuenta como comida 1. No alimenta el cuerpo judío ni llena el alma judía.
Entonces, les debés una comida, o el valor de la misma.
¿Y cómo puede ser que tantos estén bien comiendo cosas no kasher? ¿Y encima que las disfruten?
Capaz que de chicos nos dieron cosas no kasher y nos fuimos acostumbrando. O quizá nos excedimos con comidas kasher solo por gula, y de ahí fuimos resbalando hacia otras indulgencias que de otra manera ni nos tentarían.
Aun así, la verdad es que nunca nos terminamos de acostumbrar. De manera sutil, esos alimentos nos siguen afectando. Por eso, una de las primeras cosas que hay que hacer para meterse de lleno en una vida judía es limpiar el cuerpo de lo que no es kasher.
Energía del alma
La energía que te da la comida no solo sirve para mover músculos. También influye en tu estado de ánimo, tu manera de pensar y hasta en lo espiritual.
No debería sorprender. Sabemos que los alimentos ricos en tirosina (carne, cereales integrales, nueces, semillas) levantan la dopamina y aumentan la motivación y la atención. Los que tienen muchos antioxidantes (frutos rojos, hojas verdes, chocolate amargo) mejoran la memoria y el rendimiento mental. En cambio, los azúcares rápidos y las grasas ultraprocesadas bajan la claridad mental y el buen ánimo.
Pero para un judío, esa energía tiene que ir todavía más lejos. Hay que transformarla en energía espiritual: sed de sabiduría divina, alegría en una mitzvá, amor a Di-s. No solo que el corazón lata con ese amor, sino que uno mismo se convierta en ese amor.
¿Cómo hacés para que proteínas y carbohidratos se vuelvan energía sagrada? Suena casi tan raro como hacer volar a una gallina. O más bien, como lograr que una vaca salte la luna.
Antes de que se entregara la Torá en el monte Sinaí, dicen los sabios, lo espiritual y lo físico estaban separados. Los cuerpos eran cuerpos, las almas eran almas, la comida era comida y los ángeles eran ángeles. Se podían hacer cosas espirituales en un cuerpo físico, pero el cuerpo seguía siendo físico. Se podía comer y usar esa energía para pensar en lo divino, pero al final la comida tiraba para abajo.
Con la entrega de la Torá, todo eso cambió. Lo físico podía cargarse de espiritualidad, e incluso elevarla todavía más.
Las calorías de tu comida podían ahora empujar mucho más que el cuerpo: podían convertirse en combustible espiritual para tu alma. Esa vaca que hasta ayer no levantaba la vista del pasto, hoy se convierte en el centro de la mesa de Shabat, donde cuerpo y alma de todos los que participan se elevan a un día fuera del tiempo. Eso sí que es más que saltar la luna 2.
Comidas atadas
No toda comida puede hacer esto. Hay alimentos que no conectan con lo espiritual. La Torá da las pautas para saber cuáles se pueden elevar y cuáles no.
Algunos son asur, prohibidos. Literalmente significa “atados”. Quedan atados a lo material. Podés tener la mejor intención, pero no salen de ahí. No se elevan, no se conectan con lo divino.
Otros son mutar, permitidos. Literalmente, “desatados”. Cuando el cuerpo se alimenta de comida mutar, se vuelve capaz de volverse espiritual. Esa comida no solo permite crecer, sino que el alma puede usarla para llegar a alturas que ni en los cielos más altos se consiguen.
Cuando comés kasher y después estudiás Torá, hacés una mitzvá o te ponés a rezar, elevás todo tu ser, cuerpo y alma juntos. La comida kasher sube y se une al amor y al respeto de tu alma, y eso se expresa con tus labios. Hasta las calorías se transforman en fuerzas celestiales.
La comida asur, en cambio, mete energías raras en el cuerpo, lo insensibiliza frente al alma divina y no deja que ambos mundos se unan. Te deja dividido entre lo que sos por dentro y lo que mostrás por fuera. Y eso se nota: rezás o estudiás Torá, pero el cuerpo dice palabras que no siente, como un actor que no logra meterse en el papel 3.
El poder de los escribas
La Torá no solo te dice qué hacer o qué no hacer. Te muestra cómo está hecha la realidad, cuál es la energía que late en cada cosa. Así podés elegir sabiendo qué te suma y qué te resta.
Y además la Torá les da a los sabios el poder de poner cercos, de crear resguardos. Como dice: “Cuiden mis preceptos” 4.
Por ejemplo, la Torá prohíbe comer carne de mamífero kasher cocinada con leche. Los sabios agregaron también el pollo con leche, para que no haya confusión. Prohibieron el vino elaborado por no judíos, aunque no fuera para rituales. Prohibieron la leche que no fue ordeñada bajo supervisión judía, aunque no hubiera mamiferos no kasher cerca. Y así con otras cosas.
Y no es solo un cerco. Ese cerco cambia la energía misma de esos alimentos. Algo que podía elevarse, con la prohibición queda atado a lo material.
También pasa al revés. Los sabios pueden volver mutar algo asur en casos extremos. Como si alguien necesita comer en Iom Kipur porque peligra su vida. La Torá es Torá de vida, decían. Entonces esa comida se “desata” y sube junto con las plegarias de ese día.
Por eso a los sabios se los llama “escribas”. La Torá fija el código de la creación, pero los sabios escriben los detalles cuando hace falta 5.
La leche y la cabeza
Todo esto puede explicar una historia que contaba el rabí Iosef Itzjak Schneerson sobre su ancestro, el rabí Shneur Zalman de Liadí, autor del Tania y del Shulján Aruj HaRav, fundador de Jabad 6.
En tiempos del rabí Shneur Zalman, era común que comerciantes con plata casaran a sus hijas con estudiosos de Torá y después los mantuvieran varios años para que pudieran dedicarse solo al estudio.
Un suegro llevó a su yerno a ver al rabí Shneur Zalman. Le contó que el muchacho siempre había sido correcto, temeroso de Di-s, estudioso, el yerno ideal. Pero de golpe y sin explicación, empezó a tener pensamientos raros, que lo hacían dudar de todo lo que creía.
Lo más llamativo era que el mismo muchacho estaba angustiado por eso. No quería esos pensamientos, no los buscaba, pero igual le aparecían.
El rabí Shneur Zalman pensó un instante y dijo que seguramente había tomado leche que no era jalav Israel. Como no fue ordeñada bajo supervisión judía, estaba prohibida. Le indicó cómo corregir la situación.
Una vez resuelto el tema, el yerno dejó de tener esas ideas raras y volvió a ser el de antes.
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