A principios de 1984, R. Moshe Kotlarsky, uno de los emisarios del Rebe y por entonces futuro vicepresidente de Merkos L'Inyonei Chinuch, recibió una llamada urgente de la secretaría del Rebe con una misión. El Rebe pretendía que viajara inmediatamente a la isla de Curaçao, aunque nadie le dijo el objetivo del viaje.

R. Kotlarsky partió hacia Curaçao junto con R. Levi Itzjak Krinsky, que entonces era estudiante de yeshivá. Al aterrizar, tomaron un taxi hasta la sinagoga local donde se encontraron con un hombre que salía de allí. Se acercaron a él y le dijeron que habían sido enviados por el Rebe de Lubavitch.

El hombre quedó atónito y sus ojos abiertos en expresión de asombro: "Entonces habrán venido por mí", dijo.

Tras recuperar la compostura se presentó como Jaim Groisman, un judío no observante cuyo hijo asistía a la escuela pública. Tras un periodo de asistencia en paz y armonía se produjeron cambios en la dirección de la escuela y comenzaron a exigir a los alumnos judíos que participaran en los servicios religiosos católicos de los domingos. Contó que su hijo Eli había sido expulsado de la institución tras un enfrentamiento con el director por negarse a asistir a dichos servicios.

La serie de acontecimientos afectó sus conexiones sociales con los demás residentes de la isla, dejándoles aislados y desamparados.

"¡Acababa de venir a la sinagoga a orar para hallar orientación!", exclamó el hombre.

Tras una larga y sincera conversación, R. Kotlarsky animó a Jaim a enviar a su hijo al extranjero para que recibiera una educación judía genuina, e invitó a Jaim a visitar la sede de Jabad Lubavitch en Brooklyn. Allí, Jaim decidió matricular a su hijo Eli en la yeshivá de Jabad.

Después de su estancia en Crown Heights, el barrio de Jabad en Brooklyn, Jaim escribió una carta de dos páginas a R. Kotlarsky. La carta rebosaba de gratitud por la ayuda prestada, así como por el privilegio de haber estado en la edificante presencia del Rebe.

Concluía su carta con estas serias palabras:

"Me gustaría hacer llegar al Rebe mi más sincero agradecimiento y otros buenos sentimientos, pero por mis carencias en el idioma inglés no sé qué palabras utilizar. Sólo dígale al Rebe que un pequeño judío de Curaçao sintió que el Rebe le tocó su alma y le agradece por ello".

R. Kotlarsky pasó la carta al Rebe, quien envió a Jaim la siguiente conmovedora respuesta:

"Me ha complacido recibir sus saludos a través de nuestros estimados amigos en común. Discrepo, sin embargo, en su autoreferencia como: ‘un pequeño judío de Curaçao’. Seguramente no hay necesidad de recalcarle que todo judío, hombre o mujer, tiene un Nefesh Elokit [alma Divina], que es una ‘parte de la Divinidad, de lo Alto’, como se explica en el Tania al principio del segundo capítulo. Por lo tanto, no existe tal cosa como ‘un judío pequeño’, un judío jamás debe subestimar su enorme potencial.”1

La insistencia del Rebe en que no existe un judío pequeño representa una respuesta contundente a uno de los grandes retos de nuestro tiempo: a pesar de vivir en una época definida por logros sin precedentes, muchos de nosotros todavía luchamos de alguna manera con sentimientos de insignificancia, inadecuación, falta de objetivo y de propósito.

Nacidos en un mundo que a menudo niega cualquier significado o sentido inherente a nuestra existencia, clamamos por crear un sentido satisfactorio de nosotros mismos mientras luchamos por la vida, construyendo nuestro valor personal a partir de una serie de validaciones externas: logros, elogios, éxito y status.

Pero incluso si tenemos éxito en estas gratificantes búsquedas, muchos de nosotros seguimos luchando con una duda persistente sobre nuestro valor y propósito personal.

Este enigma fue destacado por el Rebe poco después de asumir el liderazgo de Jabad, cuando observó: "El gran desafío de los jóvenes de hoy es la sensación de incapacidad que arrastran: Mi ani u'máh ani: “¿Quién soy y qué soy?”2

Muy a menudo, este crucial cuestionamiento existencial va acompañado de un insistente susurro de desesperanza: "Soy pequeño. No soy nadie".

El origen de las especies

Esta sensación endémica de pequeñez no es casual. De hecho, la noción de que nacemos vacíos de valor intrínseco se debe principalmente a un cambio fundamental en la forma en que entendemos la fuente de nuestra individualidad y lo que subyace tras las vastas complejidades que conforman nuestra identidad.

Hoy en día, debido al afianzamiento de las teorías dominantes sobre el origen y el desarrollo humano, nuestra identidad es percibida como algo que debemos esforzarnos por construir a lo largo de nuestra vida.

Este vacuo enfoque sobre la formación de la identidad fue defendido por los artífices de nuestro despersonalizado sentido del yo, entre ellos Aristóteles, Charles Darwin y Sigmund Freud. Remontándose a la antigua Alejandría y construyéndose a lo largo de siglos de investigación teórica, estos hombres cristalizaron en última instancia una narrativa que alega que somos meramente el producto de intersecciones accidentales entre imperativos biológicos, evolutivos y psicológicos. Este punto de vista se ha manifestado más recientemente en la noción popular de que somos una danza aleatoria de partículas, probabilidades y expresiones genéticas.

Juntos, estos hombres crearon un paradigma que no cesa de insistir en la idea de que venimos a este mundo desprovistos de todo valor real o nobleza intrínseca. A pesar de que las teorías científicas que subyacen tras este sombrío sentimiento han evolucionado y cambiado a lo largo de los años, la visión resultante de que somos fundamentalmente insignificantes continúa afianzándose.

Steven Hawking, una de las grandes celebridades científicas de nuestro tiempo, lo resumió así:

"La raza humana no es más que una escoria química en un planeta de tamaño moderado, orbitando alrededor de una estrella promedio en las afueras de una entre cien mil millones de galaxias. Somos tan insignificantes que no puedo creer que todo el universo exista para nuestro beneficio”3

Basados en esta cínica visión del mundo, se nos dice que si queremos ser alguien, a ese alguien lo debemos crear, seleccionar y ensamblar. Todo este esfuerzo intrapersonal equivale a un intento imposible de convertirnos, a través de nuestros propios esfuerzos, en lo que el Rebe insiste en que ya somos desde nuestro mismísimo nacimiento: inherente, infinita e irrevocablemente valiosos, dignos de amor y Divinos por diseño.

En palabras del propio Rebe:

Dicen nuestros Sabios: "Todas y cada una de las almas, antes de su descenso a este mundo, han estado en presencia de Su Divina Majestad", y "Las almas son extraídas de debajo de Su Trono de Gloria". Estos adagios enfatizan la naturaleza esencial del alma, su santidad y pureza.4

En pocas y concisas palabras, el Rebe deconstruye la mentalidad materialista imperante y revela nuestra base espiritual y composición fundamental.

Para cada uno de nosotros, esta esencia divina —eterna y pura— representa una herencia sagrada, que incluye nuestro propósito único, así como todas las herramientas necesarias para vivir de acuerdo con él.

Además, si bien cada uno de nosotros está hecho, como Adán, a imagen del Creador, cada chispa heredada de la Divinidad y el propósito que imparte es totalmente único: un reflejo distinto y holográfico de la perfecta totalidad de Di-s.

Como enseña la Mishná:

"Adán fue creado en soledad [y no en pareja como las demás criaturas vivientes] ... para proclamar la grandeza del Santo, Bendito es, pues un ser humano acuña muchas monedas con un mismo troquel y resultan todas idénticas unas a otras; el Rey de reyes, el Santo, Bendito es, en cambio, acuña a toda la humanidad con el cuño del primer hombre, y sin embargo ninguno es igual a su semejante”.5

Esta chispa Divina en la raíz de nuestro ser es la que nos imprime a cada uno de nosotros como completamente únicos, nos dota de nuestro propio sentido distintivo, imparte más significado a nuestras vidas de lo que jamás podríamos obtener de otro modo, y es, en opinión del Rebe, lo que realmente somos y siempre seremos en esencia.

En resumidas cuentas: No tienes un alma; eres un alma.

En lugar de vernos como pequeños e insignificantes, el Rebe nos insta a interiorizar el hecho de que nuestra identidad intrínseca y esencia es una parte encarnada de la Divinidad. Este cambio de perspectiva nos permite responder proactivamente a las preguntas cruciales de la vida: ¿quién soy, por qué estoy aquí y cuál es mi propósito en la vida?