En la noche de Simjat Torá 5719 (1958),1 el salón central de 770 Eastern Parkway rebosaba de alegría y melodías. Después de las tradicionales hakafot [danzas con los rollos de la Torá] y la cena festiva, el Rebe regresó a la sinagoga principal de 770 en las primeras horas de la mañana para enseñar una melodía jasídica de tiempos pasados, como lo había hecho durante los años anteriores.

Tomando el centro de la sala, el Rebe comenzó a entonar una melodía evocadora con marcados picos de ascenso y descenso en tono, timbre e intensidad emocional, virando desde el anhelo desgarrador a notas edificantes de intensa esperanza. La distintiva melodía encendió las almas de los presentes. Después de que la melodía se desvaneciera, dejando a la multitud en un silencio casi tangible, el Rebe contó la historia de los orígenes de la misma.

Hubo una vez, en el siglo XIX, un caudillo musulmán sufí, líder tribal e imán, de nombre Shamil, que valientemente, desde su bastión en las montañas del Cáucaso, logró rechazar a los invasores rusos en sucesivas incursiones enemigas. Así, los rebeldes de las montañas y su líder lograron mantenerse a salvo de los rusos merced a la distancia y robustez de su fortaleza. Los rusos, derrotados una y otra vez pero decididos, lograron arrebatar a Shamil de su guarida ofreciéndole una tregua absurda. Shamil cayó en una emboscada y fue exiliado al corazón de Rusia, donde guardó duelo y anhelando regresar a su hogar en la montaña.

Durante el farbrenguen de Simjat Torá del día siguiente, el Rebe reiteró la historia de fondo de la melodía que había compartido la noche anterior:

"Durante su estadía en el exilio, solía evocar las altas montañas donde era libre de opresión, libre de las restricciones de la prisión e incluso libre de las restricciones de una ciudad de residencia formal y de las limitaciones y restricciones de una cultura ajena. Y lo comparaba con su situación de esclavitud actual... y entonces despertaba en él una gran añoranza por esas altas montañas, donde era tan libre como un águila en los cielos… Y así, entonaba esta misma melodía, que comienza con añoranza y culmina con la esperanza de que finalmente regresaría a casa.”2

La historia plasmada en la melodía de Shamil, continuó el Rebe, sirve cual metáfora sublime y silenciosa, libre de palabras, que expresa de forma única el dramático viaje de cada alma. El alma, inherentemente sagrada y en absoluta armonía con Di-s, desciende desde la perfecta e indiferenciada exuberancia de los cielos al mundo físico, donde se reviste en un cuerpo humano. El cuerpo físico, con sus necesidades básicas, compulsiones y deseos, restringe el alma, engendrando un estado de exilio espiritual del estado de perfecta unión y armonía de la que había gozado antes de la encarnación. La conmovedora melodía de Shamil, concluyó el Rebe, refleja el intenso patetismo del alma en el exilio y su esperanza de volver algún día a morar en la luz infinita de su Creador y fuente.

Con esta sencilla melodía e historia, el Rebe aborda una cuestión crítica e inevitable sobre la relación del alma con el mundo fragmentado en el que nace. Si, como el Rebe recalcó una y otra vez, nuestro ser más auténtico es parte de la esencia de Di-s, ¿por qué somos arrancados de ese estado de perfección y claridad para enviarnos a una realidad conflictiva dominada por la agonizante apariencia de separación y desconexión?

La respuesta, según el Rebe, reside en la conexión profunda y esencial entre la historia y el propósito de la creación y el papel protagónico asignado a los seres humanos dentro de ese drama Divino.

Descender en aras de ascender

Para comprender el propósito del descenso del alma al mundo, primero debemos dar un paso atrás y analizar brevemente el propósito de la creación misma.

Conforme a la filosofía de la Cabalá, nuestra comprensión de la verdadera naturaleza de la realidad es inherentemente limitada. Lo que percibimos como una danza muerta de fuerzas, funciones y materia muda es en realidad un campo vivo y unificado de energía Divina que anima y orquesta cada aspecto y cada ápice de nuestro universo. Las fuentes místicas describen el proceso de creación como una serie de oscurecimientos que ocultan la Divinidad tras una elaborada y convincente ilusión de fragmentación. Cegados ante la luz infinita que lo une todo, vemos en cambio una simulación de fuerzas y fenómenos desconectados, aparentemente desprovistos de significado o propósito.

La aparición de la fragmentación, como ocurre con todas las cosas, sirve a un propósito distinto en la historia de la creación. Como resumió el filósofo Bertrand Russell: "Al crear el universo, D-s escribió una buena historia de detectives con todas las pistas apuntando en la dirección equivocada."

Del mismo modo, la tradición cabalística nos dice que las chispas de la esencia de D-os fueron esparcidas y ocultadas por todo nuestro mundo a fin de que la humanidad pudiera hallarlas y reunificarlas. De este modo, nos convertimos en socios colaboradores de Di-s en la sagrada labor de desvelar la verdadera unidad subyacente tras la fachada de la multiplicidad, y de revelar en el mundo Su presencia infinita e iluminadora.

Cada uno de nosotros hereda una parte esencial en este gran drama cósmico y recibe un rincón bendito de este mundo para redimir y elevar. Las coordenadas de nuestras vidas personales, a su vez, se convierten en la constelación de nuestro propósito único.

Al igual que Adán, el primer ser humano, quien recibió el poder de repoblar la tierra y gobernarla3 en virtud de su Divinidad innata, cada uno de nosotros tiene la tarea de revelar el vínculo íntimo entre la creación y su Creador.

Como escribe el Rebe en una carta comunitaria publicada en los días previos a Rosh Hashaná 5720 (1959):

"Cuando Di-s creó a Adán, su alma —su imagen Divina— impregnó e irradió todo su ser, transformándose así en el gobernante de toda la Creación. Todas las criaturas se reunieron para servirle y coronarle como su creador. Pero Adán, señalándoles su error, les dijo: "¡Es a Di-s, nuestro Creador, a quien debemos adorar!". La conquista del mundo que le fuera encomendada al hombre como tarea y misión en la vida consiste en elevar toda la naturaleza, incluidas las bestias y los animales... para que toda la Creación comprenda que es Di-s el Creador de todo.”4

Esta breve enseñanza nos ayuda a enmarcar el propósito del descenso disruptivo, el exilio y la encarnación del alma. Previo a su encarnación, el alma existe en un estado de absoluto asombro y alineación con el Creador, sin experimentar ningún sentido de identidad propia o separación, cual un niño en el vientre materno. Luego, el alma es extraída de esa existencia perfecta, espiritualmente amniótica, y se encarna en un cuerpo físico, para el cual Di-s, o el espíritu, no es tan inmediato ni real como sí lo son el hambre y el frío. Pero así, el alma accede a un recipiente que le permite habitar e impactar en el mundo físico, que es la corona de la creación de Di-s. El alma necesariamente debe encarnar, porque el mundo físico no puede perfeccionarse desde los reinos celestiales. Debe trabajarse desde dentro.

Esta es la razón por la que nuestras almas son enviadas desde lo Alto, para actuar como embajadoras de la conciencia y la luz Divinas a fin de impactar e iluminar el mundo físico. Impulsados por el poder de nuestro propósito, cada uno de nosotros tiene la tarea de hacer su parte para revelar las semillas de la Divinidad plantadas a lo largo de los acontecimientos, circunstancias y trayectorias de nuestras vidas. A medida que lo hacemos, paso a paso, elección a elección, llevamos la creación hacia su redención definitiva.

Estamos aquí en una misión, y todos venimos con un poder único para traer la luz Divina al mundo. El descenso del alma representa una preciosa oportunidad para participar en el proceso continuo de la creación. Por definición, nuestra existencia física es un fenómeno impulsado por un propósito y cargado de un increíble significado espiritual. Este propósito —elevar y unificar el mundo— es la razón por la que estamos aquí, y por la que cada uno de nosotros, cuerpo y alma, importa más de lo que jamás podremos comprender.