Acabo de bajar del autobús con mi bebé de un año y mi hijo de nueve, en una soleada tarde de otoño. Vamos camino a una celebración en nuestro centro local de Jabad. Es Sucot, una festividad judía de origen bíblico que celebra la época de la cosecha.

Pocas personas dentro de esta sucá, una construcción de paredes y postes de madera, cubierta con bambú y ramas verdes, saben que yo soy una de las que no son observantes. No cumplo las leyes de kashrut ni de Shabat. Después de años intentando sentirme conectada con el judaísmo en un kibutz de Israel, quiero darle otra oportunidad a la religión y a Di-s, con la esperanza de encontrar una conexión espiritual más profunda.

Soy una de las que no son observantes

No es que no haya tenido oportunidades de encontrar esa conexión. Hasta quinto grado asistí a una prestigiosa escuela judía en el Upper West Side de Manhattan y sabía las plegarias de memoria, pero nada más. En casi todas las festividades judías hacíamos un viaje de una hora en el Long Island Railroad hasta la casa de mis tíos en Far Rockaway, Queens. Dejábamos atrás nuestro edificio de artistas en Greenwich Village, llamado “Westbeth”, para vivir un poco de “judaísmo en serio”.

Esperaba con entusiasmo aquellos viajes fuera de la ciudad, hacia lugares donde los rascacielos se reducían a edificios de uno o dos pisos. Pero apenas cruzábamos la puerta de la casa, sentía que otras paredes se cerraban sobre nosotros: “No hagan ruido” y “No salten sobre las camas” eran las primeras frases de mi tía.

En la sinagoga, el tiempo parecía detenerse, especialmente durante la plegaria de duelo y Kol Nidrei en Iom Kipur, mientras yo contaba los minutos para que terminara. Se esperaba que ayunara, pero nadie me explicaba por qué. No había televisión ni llamadas telefónicas. Todo era plegaria y silencio. ¿De qué servía obedecer tantos rituales y reglas si no lograba “sintonizarme” con Di-s? ¿Acaso Di-s había cortado la comunicación conmigo? ¿Quizás yo no rezaba con suficiente fervor?

Durante los 18 años que viví en un kibutz en Israel, ver los enfrentamientos entre distintos grupos judíos hizo que mi conexión con Di-s se desplazara todavía más hacia el extremo opuesto del péndulo espiritual.

Encuentro uno de los pocos lugares libres en la sucá y, de inmediato, vuelven a caer sobre mí aquellas viejas voces interiores cargadas de vergüenza.

En un momento de su charla, este joven y fervoroso rabino me mira directamente. Me pregunto si sabe algo de mi historia y de la manera en que fui criada.

Durante toda mi vida me hicieron sentir diferente, como si no seguir las reglas significara que no era una judía “buena”, una judía de verdad. ¿Quiero que mi hijo y mi hija se sientan de la misma manera? ¿Seré capaz de encontrar esa conexión?

Entonces escucho unas palabras del rabino que para mí valen oro: “Rezar a Di-s no es algo que simplemente tenemos que hacer. Rezamos a Di-s como una manera de sintonizarnos con Él”.

Sintonizarme con Di-s. Eso me gusta. Como una señal de radio, como una onda que hay que encontrar. Mi corazón se abre. Me permito volver a confiar.

Nunca había escuchado a un rabino hablar con tanta compasión, fe y comprensión, de una manera que conectara con esa pregunta tan humana: “¿Por qué?”. “¿Por qué es importante tener una conexión con Di-s? ¿Qué significa eso para mí?”.

El joven rabino vuelve a hablar. Esta vez cuenta cómo era participar de los servicios en presencia del Rebe, Rabi Menajem Mendel Schneerson, de bendita memoria, y cómo había experimentado la presencia de Di-s a través de las buenas acciones, las mitzvot. El padre de aquel joven había sido secretario del Rebe durante muchos años.

Sintonizarme con Di-s. Eso me gusta.

La charla improvisada acaba de terminar y el rabino hace un lejaim: “Que siempre tengamos la fe y la confianza necesarias para encontrar el buen camino en la vida, para que podamos ser vistos por Di-s”.

Todos respondemos al unísono: “Amén”. Y mi propio “Amén” resuena con convicción.

Mientras levanto a mi pequeña de un año, vestida con un largo vestido de lana, me encuentro frente a frente con otro rabino.

“Good Shabbos”, me dice con una sonrisa.

“Shabat shalom”, respondo, devolviéndole la sonrisa.

Quizás haya llenado el estómago, pero algo me dice que también he comenzado un viaje espiritual, un camino hacia una relación con Di-s marcada por la compasión. Y esta vez, no será solamente por la comida.

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