Más que la conmemoración de eventos del pasado, ocurridos en la historia antigua, las festividades judías son celebraciones contemporáneas de ideas y energías presentes aquí y ahora. Es por esto que se les llama moadim, “encuentros”.1

Así como el Tabernáculo en el desierto llamado Ohel Moed,2 “Tienda de Reunión” (que implica el lugar indicado para encontrarse con Di-s3 ), la festividad judía, el moed, es un tiempo indicado para conectarse con Di-s y contemplar temas judíos esenciales.

En pocas palabras: lo que el tabernáculo era en el espacio, las festividades judías lo son en el tiempo.

Podemos valorar ciertos ideales en teoría, pero si no reservamos momentos específicos para comprometernos con ellos, reflexionar sobre su importancia e incorporarlos en nuestras vidas a través de experiencias reales es como si los hubiésemos perdido. Las festividades son, por consiguiente, citas sagradas inscriptas en nuestros calendarios. Esto asegura que regularmente nos encontremos e interioricemos los principios y valores centrales del judaísmo. Así, el calendario judío es como un plan de estudios espiritual que revisamos y renovamos anualmente.

Desde una perspectiva mística, la sincronización de temas con tiempos (fechas) específicos no es arbitraria. Cada festividad es un portal para el surgimiento de una energía espiritual única que se manifiesta y está disponible exclusivamente durante ese período de tiempo esopecífico. Esta energía es la semilla de la que se nutre cada festividad. No son los acontecimientos históricos que conmemoramos en cada festividad los que dan origen a la energía única de ese día; más bien, es la energía única inherente a ese día la que dio origen a esos acontecimientos.

Por ejemplo: el quince de Nisán (el primer día de Pésaj) es especial no porque los judíos fueron liberados de Egipto en ese día; más bien, los judíos fueron liberados de Egipto en ese día porque el día en sí es especial.4 Es decir, el día quince del mes de Nisán es intrínsecamente liberador y ya contenía en sí la energía Divina única de la liberación; el éxodo fue solo una expresión de esa energía eterna incrustada en el tiempo.

En consecuencia, Pésaj se llama “tiempo de nuestra liberación”5 porque es un momento en que la energía y la inspiración espiritual necesarias para superar nuestras limitaciones individuales y colectivas están más disponibles para nosotros. Y por eso es que Abraham “horneó matzot y celebró Pesaj6 siglos antes del éxodo de Egipto. Abraham no estaba celebrando un evento del futuro; estaba aprovechando la energía espiritual de liberación que estaba, y siempre está, presente en ese momento del año.7 La energía de la liberación está codificada en la composición del ciclo anual.

Por lo tanto, Pésaj es más que una celebración de la libertad concedida a nuestros ancestros; es el tiempo designado para que cada uno de nosotros obtenga su propia liberación personal trascendiendo las propias limitaciones, reales o imaginarias, que nos impiden lograr la misión de nuestra vida. Es por esto que la Hagadá, el libro que leemos en la celebración de Pésaj, nos instruye a “vernos a nosotros mismos como si [personalmente] hubiéramos salido de Egipto”. No fueron solo nuestros lejanos parientes en una lejana tierra quienes alguna vez en la lejana historia lograron semejante liberación; también nosotros debemos salir de nuestro propio Egipto interior, todos y cada uno de los días.

Lo mismo ocurre con cada festividad; cada una es un encuentro personal con lo Divino a través del cual obtenemos acceso especial a la energía espiritual propia de ese día.

De hecho, al igual que un equipo de radiotransmisión, las mitzvot de cada festividad en particular son instrumentos finamente sintonizados que nos permiten recibir y transmitir la frecuencia especial del día. R. Shalom DovBer, el quinto Rebe de Lubavitch, conocido como Rebe Rashab, mientras armaba su plato del Séder, una vez lo expresó así: “[Hemos] preparado el carro”, significando que el plato del Séder tiene el poder de transportarnos en un viaje espiritual hacia nuestro destino deseado. Luego procedió a explicar el significado místico de objetos aparentemente mundanos (en este caso, los alimentos que conforman el plato del Séder de Pésaj) que, cuando se aprovechan con la intención adecuada, tienen la capacidad de convertirse en “vehículos” que nos transportan a destinos espirituales mucho más elevados de lo que el alma incorpórea podría alcanzar por sí misma.

Tocar el shofar en Rosh Hashaná, comer matzá en Pésaj, agitar las Cuatro Especies en Sucot, cada una de estos son como antenas espirituales que ayudan a recibir y transmitir las energías Divinas disponibles en ese tiempo en particular.

Es más, también se entiende que nuestras experiencias y esfuerzos durante cada festividad específica sirven para irrigar el resto de nuestro año con esa misma energía. Cada festividad es, por tanto, el manantial de una cualidad particular de la bendición de Di-s que fluirá durante el próximo ciclo calendario.

Sin embargo, este proceso no es solo cíclico. Cada año, durante cada festividad, nuestro mundo recibe la afluencia de una nueva dimensión, nunca antes revelada, de la energía particular de ese día. Por ello, la escuela jasídica enseña que la energía Divina a la que podemos acceder en Pésaj, Rosh Hashaná y Shavuot nunca existió antes y nunca volverá a estar disponible después.8 Lejos de ser meramente teórico, este enfoque jasídico de las festividades judías tiene el poder de transformar por completo la percepción y experiencia de esos tiempos sagrados que son las Festividades.

Desde esta perspectiva, las festividades judías ya no son vistas como meras recreaciones de acontecimientos del pasado; más bien, como encuentros dinámicos con una energía en constante evolución, con la Presencia Divina en el universo y en nuestras vidas. Por lo tanto, cuando aprovechamos la energía particular de cada festividad, no sólo estamos conmemorando la historia, ¡más bien nosotros mismos la estamos creando!

Al cumplir estos encuentros con lo Divino, al habitar en plenitud cada uno de estos momentos y oportunidades y al observar las diversas mitzvot y costumbres asociadas con cada festividad, tenemos la oportunidad de canalizar bendiciones inimaginables en nuestras vidas. Como declaró una vez el Rebe Rashab: “Las cuarenta y ocho horas de Shemini Atzeret y Simjat Torá deben ser apreciadas en gran manera. Cada momento es una oportunidad única para extraer cubos colmados de tesoros materiales y espirituales. Y ello se logra a través de la danza” (justamente, la mitzvá propia de esta festividad).

El anterior Rebe de Lubavitch, R. Yosef Itzjak, lo expresa de esta manera:9 El año calendario judío es como un viaje en tren a través del tiempo. Cada festividad es otra parada en la que nos apeamos y nos dirigimos al mercado local para adquirir productos únicos disponibles sólo en ese momento. Luego regresamos al tren y nos dirigimos a la siguiente estación para conseguir los productos exclusivos de allí. El punto principal después de haber realizado semejante viaje y adquirido tan preciada mercancía es, al regresar a casa, acordarnos de desempacar todos esos artículos; es decir, después de cada festividad debemos hacer el esfuerzo de interiorizar e integrar estos dones y energías espirituales únicos en nuestra vida diaria. Así, nosotros mismos nos convertimos en vehículos de esas energías y bendiciones Divinas y ayudamos a llevarlas más lejos, hacia el mundo venidero.

El Concepto

Las festividades judías son en la dimensión del tiempo lo que la Tienda de Reunión es fue en la dimensión del espacio: un encuentro con lo Divino y una oportunidad única para acceder a dones espirituales que nunca existieron antes ni nunca jamás volverán a existir después. Sólo pertenecen a ese momento específico.

Sucedió Una Vez

En cierta ocasión, el Rebe de Lubavitch visitó un Séder comunitario de Pésaj que se realizaba en una institución educativa en el barrio de Crown Heights, en Nueva York. Se dirigió al niño más pequeño de entre los presentes y le preguntó:

“¿Sabes de corazón las Cuatro Preguntas (típicas de la noche de Pesaj)?”. El niño asintió con la cabeza.

Con una sonrisa, el Rebe se volvió hacia el padre del niño y le preguntó: “¿Y tú conoces las respuestas?”.

Al día siguiente, el Rebe le explicó al padre: “Cuando le pregunté a tu hijo, intencionalmente utilicé la expresión ‘de corazón’, en vez de la expresión hebrea beal pe, ‘de memoria’, porque los niños no se conectan con las ceremonias memorizadas como rutinas.

“En Pésaj, el niño pregunta: ‘Ya hemos hecho todo este ritual el año pasado, ¿por qué, pues, lo estamos haciendo nuevamente ahora?’ ¡Y lo pregunta de todo corazón! Es por eso que a tu hijo le pregunté si sabía las Cuatro Preguntas de corazón.”

“Y mi pregunta para ti fue si conoces las respuestas a sus preguntas: ¿Sabes cómo responderle a tu hijo de tal manera que este año experimente Pésaj de una manera nueva, diferente a como lo experimentó el año anterior, y no como mera rutina memorizada?”