Las religiones están conformadas por innumerables reglas, ritos y actos de devoción, lo cual lleva a muchos a enfocarse principalmente en los medios de la religión más que en su fin, su mensaje.

Sin embargo, la palabra hebrea para “culto religioso”, avodá, tiene menos que ver con las formas externas de devoción y más con el trabajo interior de uno en el desarrollo de su carácter.

La palabra avodá está etimológicamente asociada con la voz ivud, “ablandar”, como en la expresión “ablandar el cuero”.1

Así, avodá alude al trabajo de “ablandarse” uno mismo para superar sus instintos egoístas naturales refinando su carácter y desarrollando su potencial espiritual.

En palabras de Maimónides:2 “La mayoría de las leyes de la Torá no son más que consejos brindados por el ‘Mayor de los Consejeros’ en aras de mejorar el carácter y rectificar la conducta”.

En otras palabras, a Di-s no solo le interesa lo que hacemos sino también, y principalmente, quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser.

La Torá3 nos instruye a caminar en los caminos de Di-s. Los Sabios4 interpretan esto en el sentido de: “Así como [Di-s] es Compasivo, también tú debes ser compasivo; así como Él es Bondadoso, también tú debes ser bondadoso; así como Él es Virtuoso, también tú debes ser virtuoso; así como Él es Santo, también tú debes ser santo”.

Esta enseñanza imparte un cambio radical en el pensamiento religioso: la forma de volverse más Divino no es a través del aislamiento espiritual, sino a través de un profundo compromiso y afán por el bienestar de la humanidad y el mundo.

Para volverse más Divino, uno debe volverse más humano.

En el judaísmo, la palabra avodá se usa en un sentido general para connotar nuestra observancia de las mitzvot tal como lo describe la Torá e interpretan los Sabios. En este sentido, todas nuestras acciones y obligaciones religiosas se consideran nuestra avodá, nuestro “trabajo”, servicio Divino.

Bíblica y litúrgicamente, el término avodá se refiere principalmente a la ofrenda de sacrificios de animales en el sagrado Templo de Jerusalem. Este ritual central fue de hecho un pilar fundamental de la práctica religiosa durante la era del Templo, y es en ese contexto donde las tensiones entre la conducta externa y la transformación interna se ponen de relieve de manera particularmente aguda.

La palabra hebrea para sacrificio es korbán, de la raíz kiruv, “acercarse”,5 significando el punto esencial de que los sacrificios no se realizaban por y para Di-s, como si Él necesitara de nuestras ofrendas, sino por y para nosotros.6

Este “acercamiento” ocurría de dos maneras esenciales. Primero, al tomar un bien valioso, en este caso el animal, y donarlo al servicio del Templo, uno expresaba su devoción a Di-s. Además, el ritual del sacrificio de animal constituye una profunda reflexión sobre la mortalidad y el propósito de la vida. Esto porque acercaba a la persona al contacto directo con la naturaleza frágil y transitoria de la existencia física.

Desde el punto de vista jasídico, la avodá de los sacrificios de animales es particularmente representativa del impacto interno que todas las formas de práctica religiosa judía pretenden tener sobre la personalidad y el carácter de la persona.

Comentando el versículo:7 Una persona que ofrende de ustedes un sacrificio al Eterno... del ganado doméstico, de los vacunos y de las ovejas...”, R. Schneur Zalman de Liadi8 resalta las similitudes entre ciertas características humanas y animales. Por ejemplo, algunas personas nacen con un temperamento de “piel gruesa”, testarudos y dominantes cual buey. Tienen una propensión natural a ser controladores y están decididos a tener siempre la razón. Otros son dóciles y conformistas como ovejas, carecen de resolución o capacidad para pensar por sí mismos. Otros son descarados e imprudentes, como lo connota la palabra hebrea para “cabra”, ez.

Así, el significado psicoespiritual del sacrificio de animales en la Biblia se interpreta en el sentido del trabajo interno de cada uno en la rectificación de sus rasgos de carácter y tendencias animales naturales, poniéndolos al servicio de su desarrollo moral y espiritual.9

Sin embargo, como se mencionó, siempre existe el peligro de perder la perspectiva transformadora interna y centrarse únicamente en la forma del ritual en lugar de su sustancia.

De hecho, los profetas condenaban a quienes ofrendaban sacrificios a modo de soborno a Di-s con la esperanza de que los absolviera a pesar de sus malos hábitos. Como declara el rey David:10 Sacrificios [vanos] Tú no deseas. El sacrificio a Di-s es un espíritu quebrado [en arrepentimiento]; un corazón quebrantado y arrepentido Di-s no lo desprecia.11

Sobre las numerosas reprensiones de los profetas contra los sacrificios vanos, R. Jonathan Sacks expone:12

“Los profetas no criticaban la institución de los sacrificios. Criticaban más bien una actitud (egoísta) tan real ahora como en su época. Lo que les angustiaba hasta lo médula era la idea hipócrita de que podías servir a Di-s y al mismo tiempo actuar con desdén, crueldad, injusticia, insensibilidad o indiferencia hacia otras personas. ‘En tanto yo esté en gracia de Di-s, eso es lo único que importa’. Ese tipo de pensamiento fue el detonante de la severa indignación de los profetas. ‘Si piensas así’, parecieran decir, ‘entonces no has entendido ni a Di-s ni a la Torá’.

“... Amos, Oseas, Isaías, Mijá y Jeremías fueron testigos de sociedades en las que la gente era escrupulosa en realizar sus ofrendas, pero envueltas en un manto de corrupción, soborno, perversión, abuso de poder y explotación de los carentes de poder a manos de los empoderados. Los profetas vieron en esto una profunda y peligrosa contradicción.

“... Di-s no es sobornable... ningún sacrificio específico destinado a subsanar alguna falta específica puede subsanar otras faltas. La intención y el propósito eran, pues, absolutamente esenciales en el sistema de sacrificios; de hecho, eran la rúbrica de su éxito o fracaso espiritual”.

El judaísmo promueve la perspectiva espiritualmente radical de que el objetivo de la religión no es meramente servir a Di-s, sino refinar y elevar el carácter interno de cada servidor en el proceso.

Sin tal transformación interna, los movimientos y mecanismos externos de cualquier religión, no importa cuán elevados sean sus ideales declarados, pueden convertirse en meras cortezas vacías e incluso en ídolos potenciales que usurpan su objetivo final ideal.

Desde un punto de vista místico, el paradigma descripto anteriormente arroja luz sobre una disyuntiva teológica que ha plagado a los cabalistas durante siglos: ¿Por qué un alma pura y perfectamente justa sería desarraigada de su hogar espiritual y arrojada a un mundo de ocultamiento Divino (como este mundo físico), donde se verá obligada a enfrentarse a las tentaciones corporales de la codicia, la lujuria, el deseo, la ira, los celos, etc.?

En respuesta a esta pregunta los místicos enseñan13 que el propósito mismo del descenso del alma a este mundo es luchar14 y refinar nuestros impulsos terrenales y falencias de carácter egocéntricos, divinizando así el cuerpo y el mundo en general.

Desde esta perspectiva, una vida de verdadero éxito espiritual se mide no solo por la Torá que uno ha aprendido o los rituales que haya realizado, sino por el progreso moral y caracterológico interno que uno hace durante su tiempo en esta tierra.15

De acuerdo con el judaísmo, esta es la esencia de la avodá.

El Concepto

El objetivo de la religión no es solo servir a Di-s, sino refinar y elevar el carácter interno de quien Le sirve.

Sucedió Una Vez

Rabi Mordejai de Neschiz había anhelado durante mucho tiempo un talit katán (prenda ritual que se usa debajo de la ropa) confeccionado con lana de la Tierra de Israel.

Cuando finalmente consiguió la lana encargó a uno de sus estudiantes que le confeccionase el tan preciado talit. Desafortunadamente, al cortar la abertura para la cabeza, el joven dobló la pieza de tela dos veces, resultando en dos aberturas en lugar de una.

Con temor, el joven le informó a R. Mordejai que había arruinado el talit katán que él tanto anhelaba.

Suavemente, R. Mordejai le dijo que no se preocupara.

—Pero arruiné su talit, le dijo entre sollozos el estudiante.

—Es que no está arruinado —respondió R. Mordejai. —Una abertura es para que yo introduzca por allí mi cabeza y la otra es para evaluar si pierdo la serenidad”.