La palabra hebrea teshuvá suele traducirse como “arrepentimiento”, lo cual sugiere un sentimiento de pesar, culpa y vergüenza. En verdad, la meta de la teshuvá es cualquier cosa menos eso.

Teshuvá significa “retornar”.1 ¿Pero… retornar adónde? Los Sabios han enseñado a lo largo de los milenios que la esencia de cada persona es su alma. Según la filosofía jasídica, el alma es literalmente “una parte de Di-s en lo Alto”2 y por lo tanto es íntegra y nunca puede ser realmente manchada por transgresión alguna. Por ende, cuando pecamos, simplemente perdemos el rumbo y olvidamos quiénes somos en realidad, como cuando nos invade “un estado temporal de locura”.3 Como escribe Maimónides,4 cada judío, en su nivel más profundo, en última instancia, “tiene el deseo de cumplir todos los mandamientos de Di-s y alejarse de cualquier pecado, si no fuera por su inclinación negativa que lo domina”.

Según el pensamiento judío, entonces, el viaje de la teshuvá no es “dar vuelta la página” o “nacer de nuevo”; más bien, es simplemente encontrar el camino de regreso a la tierra de nuestra alma.5

Lo que es cierto del individuo particular también lo es del pueblo judío en conjunto; nos podemos distanciar, pero nunca jamás nos divorciamos por completo de Di-s.

Con respecto a esto, enseña R. Abba bar Zavda en el Talmud:6 “Incluso al pecar, el pueblo judío aun se denomina ‘Israel’ (pues siquiera en el pecado pierde su condición de tal)”. En palabras del mismo Di-s: “Es imposible reemplazarlos por cualquier otra nación”.7

El vínculo entre Di-s e Israel puede ser puesto a prueba y tensionado, pero jamás romperse; ambos están siempre inextricablemente unidos en su esencia.

Este enfoque redentor de la rehabilitación espiritual deriva de la visión abrumadoramente positiva del judaísmo sobre el ser humano, quien, según la Torá, es creado a imagen de Di-s.8 Todos poseemos un núcleo de bondad inherente cuya integridad es inviolable. Si bien, externamente, nuestras acciones no siempre reflejan esta bondad y Divinidad interior, siempre tenemos la capacidad de deshacernos de esa fachada superficial y emprender la teshuvá, volver a nuestro genuino y más profundo ser.

Ciertamente, esto no nos da licencia para desligarnos de la responsabilidad por ninguno de nuestras malas decisiones del pasado. Por el contrario, el proceso de teshuvá es un reconocimiento proactivo de la equivocación, pero uno que emerge de una profunda comprensión de quiénes somos en nuestra esencia, lo cual, a su vez, suscita un sentido de remordimiento profundamente sentido por haber actuado tan fuera de carácter.

La teshuvá es, por lo tanto, un repudio espiritual de la declaración del filósofo Will Durant: “Somos lo que hacemos repetidamente”. El judaísmo nos enseña lo opuesto. No somos nuestros pecados ni nuestros errores. Más bien, somos almas inherentemente buenas, sagradas y virtuosas que a veces perdemos el rumbo, pero siempre podemos elegir volver a conectarnos con nuestra esencia.

La teshuvá es esta elección.

En lugar de enfocar nuestra atención exclusivamente en la acción o hábito específico que queremos cambiar y obsesionarnos con lo que el mismo dice sobre nosotros como personas,9 teshuvá significa reconectarnos con nuestra naturaleza medular, la cual es divina y buena.

La teshuvá, por lo tanto, recalibra efectivamente nuestra autoimagen y nos da la fuerza y la confianza para actuar en línea con esa esencia espiritual, que es la piedra angular de nuestro ser. Si bien el arrepentimiento es, sin duda, un componente necesario de la teshuvá, solo es un detalle, no su enfoque ni objetivo principal.

Más que menospreciar a la persona que creemos que nos hemos convertido y vernos definidos por las malas elecciones que hemos tomado, teshuvá es el proceso de recuperar nuestros sentidos, recordar quiénes somos en nuestra raíz y reconfigurar nuestra conducta para reflejar esa imagen Divina.

El Concepto

Teshuvá no significa convertirte en un nuevo tú, sino en el verdadero tú.

Sucedió Una Vez

El célebre cabalista español medieval y comentarista bíblico, R. Moshé ben Najmán, conocido como Najmánides o Rambán, tenía un discípulo llamado Avner. Luego de una crisis de fe, Avner rechazó su fe judía, se apartó de la comunidad, llegando a ocupar un cargo como funcionario del gobierno.

Un Iom Kipur, Avner envió guardias para citar a su antiguo maestro a comparecer ante él. Con rencor procedió luego a degollar, asar y comer un cerdo frente a su maestro Najmánides (Rambán).

Najmánides le preguntó: —¿Qué te ha traído a esta situación? ¿Qué te ha hecho rechazar los sagrados caminos de tus antepasados?

—¡Has sido Tú, Rabino! —respondió Avner con toda su ponzoña. —Tus enseñanzas son muy exageradas y no tienen base en la realidad. Una vez nos enseñaste que en la breve sección Haazinu de la Torá, de apenas cincuenta y dos versículos, la Torá codifica toda la historia del pueblo judío hasta la llegada del Mashíaj. ¡Eso es ridículo! ¿¡Cómo podrían condensarse tres mil años de historia y millones de nombres en solo seiscientas catorce palabras contenidas en dicha sección!?

—Pero es verdad…”, replicó Najmánides, manteniendo su postura.

—Si es así, muéstrame mi nombre y mi destino reflejado en dicha sección de la Torá —desafió Avner, incrédulo.

Najmánides entró en estado de meditación y oró en silencio a Di-s para que le revelase semejante enigma. Al cabo de unos instantes, dijo Najmánides:

—Tu nombre Avner se puede hallar en la tercera letra de cada palabra en el versículo 26: AmaRti (reish) AfEihem (alef) AshBita (bet) Mei’eNosh (nun) ZijRam (reish).

El versículo dice así: Dije en mi corazón que los dispersaría y su memoria desaparecería de la humanidad, lo cual se refiere a aquellos que habían rechazado el camino espiritual y moral de vida.

El rostro de Avner palideció y lágrimas de añoranza comenzaron a brotar de sus ojos.

—¿Y hay alguna esperanza para mí?, sollozó. —¿Qué puedo hacer para rectificar mis impensables pecados?”

—El mismo versículo provee la rectificación para ti —dijo Najmánides. —Dice que Di-s los dispersará hasta que su memoria sea borrada. También tú debes dispersar esos pensamientos e impulsos ajenos que tanto te distraen y te han mantenido cautivo durante todo este tiempo, hasta que los olvides por completo. Reubícate en un nuevo entorno, libre de tus antiguas asociaciones y adicciones, y así podrás regresar nuevamente a tu esencia y ser recordado para bien entre tu pueblo.

Mucho tiempo después, corría el año 1982,10 el Rebe de Lubavitch, en medio de una reunión jasídica, compartió que su maestro le había relatado esta historia en su niñez. El punto que había enfatizado su maestro fue la singularidad de la sección Haazinu y la naturaleza infinita de la Torá. ¿Cómo, de hecho, podría la Torá contener códigos y secretos tan recónditos?

—Sin embargo —agregó el Rebe, —hay otra capa de profundidad en la historia que ha sido pasada por alto. Si se fijan, las palabras citadas por Najmánides no comienzan con una alef, primera letra hebrea del nombre Avner, sino con una reish (AmaRti). La letra reish suele usarse como abreviatura de Reb, expresión honorífica que se antepone al nombre. Por lo tanto, su nombre tal como se cita en este versículo es Reb Avner, revelando cómo es visto en realidad ante los ojos de Di-s a través de la lente de la Torá: como un ser espiritual merecedor de honor y respeto.

Esta autorrevelación, cual relámpago alineó instantáneamente a Reb Avner con su naturaleza superior. De hecho, al quedar expuesto al error de sus acciones, un espíritu de teshuvá despertó inmediatamente en él. Después de haber abandonado su fe, llegando incluso a burlarse y provocar a sus devotos líderes en su día más sagrado, la visión de su alma reflejada desde el interior de la Torá despertó instantáneamente en él el anhelo de regresar a sus raíces.