Suele pensarse el sacerdocio como un rango de privilegio o símbolo de status, una reliquia de un anticuado sistema de castas o clases en el que algunos eran vistos como de mayor status espiritual que otros, simplemente por su condición jerárquica hereditaria y un remanente de una estructura social elitista en la que los de escalafón inferior debían servir a los de escalafón superior.

Si bien el sacerdocio levítico en el judaísmo parecer seguir ese mismo modelo jerárquico, un examen más detenido revela que funciona de manera bastante opuesta. A diferencia de la palabra inglesa priest (“sacerdote”), derivada del latín prevost, “cabecilla”, la palabra hebrea kohen significa “servir”,1 como en el versículo: ...[trae] a Aarón tu hermano y a sus hijos... (l’jahanó) para que Me sirvan...2

Por lo tanto, en lugar de que los de abajo, las masas, estén al servicio de las jerarquías superiores, la nobleza; en el modelo judío se supone que los de “arriba”, los sacerdotes, realizan el servicio (divino) en nombre de los de “abajo”, la comunidad.

En otras palabras: los kohanim no estaban destinados a imperar sobre el pueblo, sino a conectarlo con el Supremo. Mientras que un señor feudal tenía tierras y cobraba tributos a los plebeyos que en ellas vivían, la clase sacerdotal judía no disponía en absoluto de tierras tribales propias y debía asentarse en tierras que eran propiedad del pueblo.

Los kohanim carecían esencialmente de propiedad y, como tales, eran propiedad sagrada de todo el Pueblo de Israel.

La razón de esta estipulación la explica el versículo:3Los levitas [tribu a la que pertenecían los kohanime] no tienen parte entre ustedes, pues el servicio de Di-s es su porción.

Maimónides explica más:4

“¿Por qué no se asignaron tierras en Israel a los levitas ni se les dio participación junto con sus hermanos en los botines (de guerras)? Porque fueron escogidos para el servicio a Di-s, para enseñar Sus rectos caminos y justas leyes a las multitudes, como está escrito:5 Ellos enseñarán tus leyes a Jacob, y tu instrucción a Israel. Y por tal razón fueron exceptuados de las cargas mundanas. No participaban en las guerras como el resto de Israel; y no recibieron tierras...”.6

No tener tierra propia significaba que los levitas no eran autosuficientes ni independientes financieramente; más bien, dependían totalmente de los donativos del pueblo.

Curiosamente, se requería que los kohanim que servían en el Templo se rasurasen el cabello al menos una vez cada treinta días,7 y el sumo sacerdote una vez por semana. Además, cuando los levitas quedaron consagrados, en el desierto, se les indicó que se rasurasen todo el cabello.8 ¿Cuál es el significado de este requisito? Según la Cabalá,9 el cabello representa la autoexpresión. Esto se refleja en la palabra hebrea para “cabello”, sear, que comparte las mismas letras que la palabra shaar, “portón”, expresando la idea de que el cabello de uno es una puerta de acceso a su alma y a su personalidad. Tal autoexpresión estaba negada a los kohanim, que eran esencialmente servidores públicos consagrados por completo al servicio a Di-s y a los demás. De hecho, cuanto más elevado era el rango del kohen, más limitada era su autoexpresión, ¡por eso el sumo sacerdote debía rasurarse el cabello semanalmente en vez de mensualmente!

Al igual que la palabra kohen, el nombre de la tribu sacerdotal Levi también refleja la esencia de su papel. La palabra “Levi” significa ‘unirse’, ‘conectarse’ con los demás, como hallamos que cuando la matriarca Lea impuso a uno de sus hijos el nombre Levi, explicó:10 porque ahora mi esposo se conectará (ilavé) conmigo.

Asimismo, en el libro de Números11 hallamos que Aarón el kohen recibió la siguiente instrucción: Tus hermanos, la tribu de Levi, se acercarán junto a ti, y se unirán (ilavú) contigo y te servirán. Ser un levita de cualquier tipo, por lo tanto, no es un vano símbolo de status y prestigio; más bien, es un llamamiento a servir a Di-s y al pueblo desinteresadamente.

Es dentro de este contexto de servicio comunitario que podemos comprender más profundamente el estricto código de conducta que los levitas, y especialmente los kohanim, debían observar. Más allá de todos los mandamientos que se aplicaban al pueblo judío en su conjunto, los kohanim llevaban vidas aún más limitadas. Por ejemplo, no podían acudir al cementerio ni entrar en contacto con cadáveres.12 Tampoco podían comer ningún alimento que pudiera haber entrado en contacto con fuentes de impureza ritual según lo definido por la Torá. El propósito de tales restricciones era que los kohanim estuvieran constantemente en estado de pureza, disponibles para asistir y respaldar al pueblo en sus necesidades espirituales en todo momento.13

La singularidad de los levitas y kohanim no es, por lo tanto, un privilegio que los pone por encima de los demás; sino la responsabilidad de dedicar sus vidas a una causa superior más allá de ellos mismos.

En un sentido más amplio, este principio se puede aplicar a la noción, a menudo mal entendida, de “pueblo elegido” por la cual los judíos fueron elegidos por Di-s, no para considerarse superiores al resto, sino para asumir el sagrado deber de servir como una luz para las naciones.14 De hecho, en la revelación de la Torá en el Monte Sinaí,15 el pueblo judío fue referido colectivamente como una nación de kohanim. Al igual que los kohanim en relación al pueblo judío, se pretende que el pueblo judío lleve una vida de mayor cuidado y pureza16 para atender las necesidades espirituales de la humanidad toda. De hecho, el encargo de Di-s a los judíos no es declarar su “aristocracia” ontológica al mundo, sino predicar con amor y practicar con devoción la palabra de Di-s, sirviendo con humildad como un ejemplo viviente de un estilo de vida moralmente recto basado en un sagrado sistema de valores.

Es cierto que a los kohanim y levitas se les otorgaba, y hasta hoy día se les otorga, precedencia cuando se trata de honores religiosos, como ser llamados a la Torá antes que otros y conducir ciertas bendiciones y plegarias.17 La intención de tales prácticas, sin embargo, no es elevarlos como individuos por sobre los demás; sino, más bien, para honrar el valor y la virtud del servicio público desinteresado que ellos representan. Por lo tanto, tal honor debería infundir en un Khen o Leví un profundo sentido de humildad al meditar en la importancia de su investidura y la confianza depositada en él por Di-s y por el pueblo.

Esto se refleja bellamente en una concisa enseñanza de Ética de Nuestros Padres:18 “¿Quién es digno de honores? El que honra a otros”. Esta breve máxima encierra todo un sistema de valores.

Como sociedad, los judíos valoramos y celebramos manifiestamente el altruismo y el servicio público, como lo demuestra nuestra deferencia hacia los Kohanim y los Levitas. De ese modo buscamos inspirar y evocar aspiraciones similares de la comunidad en general para emular, e incluso superar, esos notables actos de amor desinteresado y rectitud, en el nivel y la medida que cada uno pueda lograrlo en su propia vida.

El Concepto

En la tradición judía, uno asciende a lo más alto sirviendo a los de más abajo.

Sucedió Una Vez

Durante su estadía en París después de la Segunda Guerra Mundial, el Rebe de Lubavitch asistió a los servicios en una sinagoga en particular, donde le concedieron el honor de dirigirse a la congregación.

El Rebe aceptó la invitación a disertar y comenzó señalando que la palabra hebrea para “honor”, kavod, está etimológicamente vinculada a la palabra hebrea kaved, “pesado”.

“Esto nos enseña que con el honor viene el peso de la responsabilidad y el servicio. Y lo mismo es cierto para cada impulso y elevación que experimentamos en la vida, que es la forma en que Di-s dice: ‘Tienes para dar a los otros más de lo que tú imaginas’. En consecuencia, cuando a uno se le concede un honor debería suscitar en él una mayor humildad y dedicación para atender las necesidades de los demás”.