El pueblo judío no solo lleva el nombre del antiguo reino de Judea, la patria ancestral de los judíos de hoy. La voz Iehudí, “judío”, proviene de hodaá, “reconocimiento”, “gratitud”. Se trata de una palabra que expresa conmovedoramente la esencia del judaísmo. Hallamos en la Torá que, en cuanto a Judá (Iehudá en hebreo), hijo de Jacob, fue su madre quien le impuso el nombre, como expresión de su agradecimiento a Di-s por la gran bondad que le concedió bendiciéndola con tantos hijos.1 El Talmud2 señala que se trata del primer caso de agradecimiento verbal a Di-s en la Torá.

Por consiguiente, se entiende que el nombre Iehudá, y por extensión Iehudim (judíos), encapsula esta cualidad espiritual de alabanza.

Reconocer las cosas buenas que tenemos en nuestras vidas no siempre es fácil. Tendemos a darlas por sentado. De hecho, existe un fenómeno que los psicólogos llaman “adaptación hedónica” que hace que muy rápidamente asimilemos y olvidemos las bendiciones que recibimos en la vida. Los científicos explican3 que la razón de esto es que dejar de lado lo que no requiere nuestra atención inmediata nos ayuda a mantenernos enfocados en los desafíos que debemos superar en el momento. Si tuviéramos que prestar atención constantemente al sinnúmero de cosas que funcionan sin problemas en nuestra mente y cuerpo en cualquier momento dado, simplemente no estaríamos lo suficientemente alertas para responder a las necesidades urgentes y los peligros inminentes que podemos encontrar.

Uno de los efectos secundarios menos útiles de esta “adaptación”, sin embargo, es que vacía nuestra conciencia de todas las cosas por las que deberíamos estar agradecidos. La adaptación hedónica es, por lo tanto, lo que nos lleva a dar por sentadas nuestras bendiciones y enfocarnos en cambio en lo que nos falta en lugar de sentirnos agradecidos por lo que tenemos.

El rechazo de esa tendencia a la recepción inconsciente es una característica determinante del judaísmo. De hecho, esta actitud de gratitud fue una característica definitoria del primer judío, Abraham, quien decididamente renunció a lo que entonces era el paradigma imperante de su época: aceptar la existencia del universo como algo natural. En vez de dar la realidad por sentada, Abraham buscó y descubrió a Di-s único, Todopoderoso, responsable de crear y sostener el universo, y a Quien, por lo tanto, tenemos el deber de reconocer y agradecer.4

Tan esencial era esta cualidad de reconocimiento agradecido para Abraham en su enfoque de la educación espiritual que, conforme al Talmud,5 invitaba a su tienda a quienes transitaban por el desierto para compartir comidas suntuosas y animadas conversaciones para luego plantearles la pregunta: ¿De dónde proviene tal abundancia? Cuando, a través de la discusión, Abraham revelaba que era Di-s la fuente de toda vida y sustento, muchos de los presentes se conmovían para recitar bendiciones de gratitud por los alimentos que acababan de disfrutar.

Sentir y expresar gratitud por nuestras bendiciones es una forma de reconocer activamente la presencia de Di-s en cada área de nuestras vidas. En lugar de relegar a Di-s al reino de lo abstracto y ceremonial, lo encontramos y experimentamos Su bondad en cada respiración y en cada bocado de comida que tomamos. Esta es la esencia del judaísmo: reconocer activamente a Di-s en cada dimensión y momento de nuestras vidas.

En el ámbito de las relaciones humanas, tal actitud de gratitud se expresa en el principio de hakarat hatov, que significa expresar reconocimiento por el bien. De hecho, cultivar tal gratitud es tan fundamental para el judaísmo que quienes carecen de ella están excluidos de entrar en la nación judía.

En el libro de Deuteronomio6 leemos: ningún amonita ni moabita será admitido en la congregación del Supremo, ninguno de sus descendientes, ni siquiera hasta la décima generación... Como punto de contraste, incluso a los egipcios, que esclavizaron brutalmente al pueblo judío durante cientos de años, no se les condena al mismo destino de exclusión eterna. ¿Por qué se admite a los conversos egipcios a la fe de Abraham, si bien después de un par de generaciones, mientras que a los amonitas y moabitas se les prohíbe por toda la eternidad?

La respuesta es que los amonitas y moabitas, descendientes del huérfano sobrino de Abraham, Lot, se negaron a proporcionar alimentos y agua a los judíos en el desierto a pesar de saber que Abraham había adoptado, criado e incluso librado una guerra en salvaguarda de su antepasado.

Najmánides7 explica que después de haber tomado conocimiento de los grandes esfuerzos invertidos por Abraham para cuidar y salvar la vida de su antepasado Lot, los amonitas y moabitas deberían haber mostrado al menos cierto grado de gratitud hacia el pueblo judío y haberle devuelto la bondad. Dado que carecían de este rasgo judío más básico, se les negó la admisión a la nación judía para siempre.

Es importante señalar que, en la actualidad, dado que no sabemos quién es descendiente de las naciones de Amón y Moab, nadie está excluido de convertirse al judaísmo por motivos de ascendencia sanguínea8 .

Pero, a nivel de caracterización, el punto está bien captado: tan esencial es esta cualidad fundamental de gratitud que sin ella es imposible llevar una vida verdaderamente judía.

De hecho, hakarat hatov es la propia justificación de por qué se concede la admisión a los egipcios en la nación judía a pesar de haber ellos esclavizado y oprimido a los israelitas durante tantos años. Como expone la Torá: No aborrecerás al egipcio, porque forastero fuiste en su tierra.9

Increíblemente, incluso quienes nos oprimieron tan brutalmente durante tantos años son aún dignos de nuestra gratitud por el bien que alguna vez nos prodigaron, por más incompleto y profundamente imperfecto que dicho bien haya sido. Por ejemplo, nos acogieron durante una hambruna y nos dieron una sección de tierra fértil para vivir y pastorear a nuestros animales.10 Esto contiene una profunda enseñanza: debemos mostrar gratitud por el bien que alguien nos haya hecho, incluso si también nos ha causado daño.

Más que solo hablar de la importancia de la gratitud de forma abstracta, como una idea bonita, el judaísmo ofrece un plan estructurado. Ayuda a transformar la tendencia humana a sentir derecho, en un estilo de vida cultivado de apreciación activa y expresada. De hecho, gran parte del judaísmo es un sistema práctico diseñado para sensibilizarnos sobre los maravillosos funcionamientos en nuestras vidas y en el mundo. Desde nuestros alimentos hasta nuestras familias, desde nuestros procesos biológicos y habilidades físicas (incluso el don de poder acudir al baño) hasta el intrincado funcionamiento de la naturaleza, nuestra milagrosa historia y nuestras facultades cognitivas superiores, literalmente no hay fin a las cosas por las que podemos, y debemos, estar agradecidos. De hecho, los Sabios enseñan11 que cada uno de nosotros debería esforzarse por decir al menos cien bendiciones cada día. Este es un testimonio del alto nivel de sensibilidad y gratitud que el judaísmo nos inspira a alcanzar.

Por ejemplo, una poderosa práctica instituida por nuestros Sabios para inculcar tal gratitud es la recitación de las bendiciones matutinas,12 en las que agradecemos activamente a Di-s por nuestras funciones biológicas más básicas, que tan a menudo damos por sentado.

Además, la liturgia judía en general está colmada de oraciones y bendiciones que expresan nuestro reconocimiento y agradecimiento a Di-s, fuente de todo lo que tenemos y somos.

Una bendición particularmente conmovedora que sirve como piedra angular de nuestra conciencia cada día es Mode Aní,13 una afirmación de gratitud de doce palabras que recitamos inmediatamente al despertar. Estando aun en nuestro lecho, antes de hacer nada más, agradecemos a Di-s simplemente por el regalo de la vida en sí y por un nuevo día en esta preciosa tierra.

La oración dice: “Doy gracias ante Ti, Rey vivo y eterno, porque misericordiosamente me has devuelto mi alma. Grande es Tu fidelidad”. Esta humilde oración, al comienzo de cada día, es una expresión perfecta de lo que significa ser judío: estar vivo y consciente de la presencia y las bendiciones infinitas de Di-s en cada momento y faceta de nuestras vidas.

En nuestra vida, recibimos mucho más de lo que jamás podríamos ganar o dar. Cuando hacemos un balance honesto de cuánto se nos debe en comparación con cuánto nosotros debemos, esto cambia nuestra perspectiva de un sentimiento de privilegio a uno de propósito, de arrogancia a humildad.

Tal conciencia de nuestras bendiciones infinitas transforma toda la vida en un verdadero cántico de alabanza y acción de gracias, permitiéndonos unirnos a la sinfonía de la creación con buena fe y armonía.

El Concepto

La contraprestación de un derecho no es la gratitud, sino el cultivo de la conciencia de nuestras bendiciones. Con la conciencia de nuestras bendiciones, la gratitud surge espontáneamente.

Sucedió Una Vez

El gran maestro de musar (moral) R. Eliahu Lopian, afectuosamente conocido como Reb Elia, estaba conversando con un alumno al cabo de las oraciones mientras plegaba su talit (manto de plegarias). El talit era amplio, por lo que debió ayudarse con una silla del lugar para poder doblarlo correctamente. Al terminar Reb Elia notó que la silla estaba polvorienta, por lo que fue en busca de una toalla para limpiarla. El estudiante con el que estaba conversando se percató de lo que Reb Elia estaba haciendo y corrió a buscar la toalla por él. Reb Elia levantó la mano. “¡No! ¡No! Yo mismo debo limpiarlo, porque yo mismo debo demostrar mi gratitud a la silla sobre la cual he plegado mi talit”.14

En la misma línea, en referencia a la cualidad del reconocimiento, hakarat hatov , se cuenta sobre el gran maestro jasídico R. Menajem Mendel de Kotzk que cada vez que reemplazaba un par de zapatos gastados, envolvía cuidadosamente el viejo par antes de depositarlo en el contenedor de desechos y decía: “¡Cómo he de arrojar sin más estos zapatos que tan bien me han servido estos últimos años!”