De entre todas las antiguas civilizaciones, el pueblo judío es único. A pesar de los numerosos y poderosos imperios que a lo largo de la historia han surgido y desaparecido, los judíos, poquitos y dispersos como han estado, vienen sobreviviendo con sus creencias, tradiciones y prácticas intactas durante más de tres milenios.

Una explicación del hecho de que tantos pueblos hayan desaparecido con el tiempo es que cuando las poblaciones indígenas son conquistadas o las minorías étnicas son absorbidas por sociedades más grandes, tienden a abandonar sus características únicas y diferencias culturales para mezclarse con la civilización anfitriona, lo cual obedece a varias razones, principalmente quedar a salvo de la persecución producto de la “aversión por lo diferente” y asegurar su supervivencia física.

No así el pueblo judío. Desde el comienzo de la historia judía, empezando con Abraham, los judíos se han mantenido apartados de sus vecinos, aferrándose tenazmente a sus creencias y valores, no dispuestos a desprenderse de los mismos a ningún precio.

De hecho, Abraham era conocido como Ha’Ivri, el hebreo1 En contexto, esto significa “Abraham, el de la otra margen (del Éufrates)”. Sin embargo, el Midrash explica que Abraham se ganó este título no solo por su lugar de nacimiento sino también por su fe y cultura, que iban contra la corriente de las creencias populares. En las evocadoras palabras del Midrash:2 “El mundo entero estaba de un lado; y él, del lado opuesto”.

Esta es una de las razones por las que los judíos fueron llamados originalmente ivriim, “hebreos”, por su oposición a los ídolos de la época y su disposición a enfrentarlos y destruirlos.

Ser un hebreo significa literalmente tener el coraje para diferenciarse, atreverse a ser distinto, y Abraham fue el primero en llevar con orgullo este título de distinción.

Ya desde su juventud Abraham descubrió la realidad absoluta de la unidad Divina que existe debajo del tapiz de la multiplicidad en la creación: el único Di-s que creó y sostiene continuamente el universo.3 Incluso más impresionante que su descubrimiento espiritual, sin embargo, fue su firme compromiso con su recién descubierta creencia a pesar de vivir en una sociedad idólatra, que castigaba severamente a los disidentes.

Ante tal presión para que se conformase, impulsado por su fe, Abraham no temió de pagar el precio por su rebeldía. Según el Midrash,4 Abraham incluso estuvo dispuesto a que el rey Nimrod lo arrojase a un horno ardiente antes que abandonar sus creencias monoteístas.

¿Y cuál fue el resultado de la valiente disconformidad de Abraham?

En su libro El Mundo Antiguo,5 T.R. Grover escribe “La humanidad, oriente y occidente, cristiana y musulmana, aceptó la convicción judía del monoteísmo. Hoy día es el politeísmo lo que es tan difícil de entender, lo que es impensable”.

El hereje, el otrora rebelde, ahora devenido en el abanderado.

Las semillas del camino revolucionario de Abraham, que cambiaría la historia humana, están en su primer encuentro con Di-s. Dijo Di-s a Abraham:6Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, y ve a la tierra que te mostraré”.

La naturaleza radical y el contexto histórico de este viaje son elocuentemente articulados por Thomas Cahill en su exitoso libro Los Dones de los Judíos: “Si hubiéramos vivido en el segundo milenio antes de la era común, el milenio de Abraham, y hubiéramos podido sondear a todas las naciones de la tierra, ¿qué hubieran dicho de aquel viaje de Abraham? En la mayor parte de África y Europa se hubieran reído de la locura del patriarca y habrían señalado hacia los cielos, donde la vida en la tierra había sido trazada desde toda la eternidad... el hombre no puede huir de su destino. Los egipcios hubieran sacudido sus cabezas con incredulidad. Los primeros griegos podrían haberle contado a Abraham la historia de Prometeo... No te excedas, le habrían aconsejado; resígnate. En la India le hubieran dicho que el tiempo es negro, irracional e implacable, no te impongas la tarea de lograr algo en el tiempo, que es solo el dominio del sufrimiento. En cada continente, en cada sociedad, Abraham hubiera recibido el mismo consejo que hombres sabios como Haracles [y otros] darían a sus seguidores: En vez de emprender viaje, siéntate; serénate a la vera del río de la vida, medita en su fluir incesante y sin sentido”.

En oposición a esa actitud pesimista, el primer viaje de Abraham marcaría el tono transformador de toda la historia judía. Los antiguos ideales de jerarquías fijas, tiempo estancado en el pasado y estricta determinación darían paso al innovador camino de Abraham hacia la esperanza, el significado, el progreso y la redención.

Por lo tanto, la historia judía puede, en cierto modo, explicarse por la obstinada resistencia de su pueblo a la conformidad. Los herederos de Abraham se han definido constantemente por su disposición a convertirse en extranjeros, a desafiar el status quo y, como el poeta Robert Frost lo expresó tan elocuentemente, a “tomar el camino menos transitado”.

En palabras de Michael Grant, el renombrado historiador de la Grecia Clásica:7 “Los judíos demostraron no solo ser no asimilados, sino inasimilables...”.

Ya en el siglo III, el célebre sofista griego Filostrato observó:8 “Los judíos llevan mucho tiempo en rebeldía, no solo contra los romanos sino contra la humanidad; son una raza que ha hecho su propia vida aparte e irreconciliable, que no puede compartir con el resto de la humanidad el placer de la mesa ni unirse en sus libaciones o plegarias o sacrificios, están separados de nosotros por un abismo mayor que el que nos separa de … la más distante India”.

En los últimos siglos ha habido numerosos movimientos empeñados en asimilar a los judíos a sus culturas anfitrionas, para “liberarlos” del trato discriminatorio y del odio antisemita que eternamente ha plagado al pueblo judío. ¿Cuál será el resultado de estos intentos? Además de la futilidad de semejante argumento (el antisemitismo rara vez distingue entre devotos y asimilados), la historia puede dar fe de la desaparición absoluta de las facciones judías que han optado por asimilarse.

En palabras de Cecil Roth9 en su Historia de los Judíos: “Hoy día, el pueblo judío lleva aún en sí mismo esos elementos de fuerza y resistencia que le permitieron superar todas las crisis de su pasado, sobreviviendo así a los más poderosos imperios de la antigüedad. A lo largo de nuestra historia ha habido elementos más débiles que han eludido los sacrificios que implicaba el judaísmo. Hace mucho tiempo que fueron absorbidos por la gran mayoría; solo los más firmes han mantenido las tradiciones de sus antepasados y ahora pueden mirar con orgullo su magnífica herencia. ¿Vamos a contarnos entre la débil mayoría o entre la firme minoría? Nosotros mismos debemos decidir”.

Nuestro obstinado compromiso con la verdad, sin importar cuán pasada de moda o fuera de lugar pueda estar, es la razón por la que todavía estamos aquí, mientras que tantos otros han desaparecido en las sombras de la historia. Así como célebremente la poesía fue definida en el siglo XX como “noticias que continúan siendo noticias”, la historia judía se define por los judíos que continúan siendo judíos.

Cuando el mundo entero se ubica de un lado y tú estás del otro, nunca olvides que la propia raíz del judaísmo, ser un ivri, significa tener la fe y la fortaleza para mantenerte al margen de la multitud y defender tu más profunda creencia.

El Concepto

El secreto detrás de la historia singular, la supervivencia y la contribución del pueblo judío es su capacidad única para mantenerse apartado y permanecer fiel a sus creencias sin importar el costo.

Sucedió Una Vez

Hace algunos años, varios muchachos en edad de bar mitzvá habían dejado de asistir a la escuela hebrea. Sus padres, preocupados, llevaron a los adolescentes a visitar al Rebe de Lubavitch, con la esperanza de que los convenciera de continuar su educación judía.

—Dime, — preguntó el Rebe al primer muchacho, —¿por qué has decidido dejar de asistir a la escuela hebrea?

—Todos los demás niños de mi cuadra han dejado de asistir, así que también yo decidí lo mismo —respondió.

—¿Y tú? —preguntó el Rebe al segundo muchacho.

—Lo mismo que él. Los chicos de mi cuadra no asisten, ¿por qué debería asistir yo?

—Y quienes fueron sus héroes judíos favoritos sobre los que han estudiado en la escuela?

Uno de los muchachos respondió que admiraba profundamente a Noé; y el otro, a Abraham.

—¿Saben una cosa? —dijo el Rebe a los muchachos— si Noé hubiera seguido a todos los demás chicos de su cuadra, hoy no tendríamos mundo. Y si Abraham hubiera seguido a todos los demás chicos de su cuadra, hoy no tendríamos pueblo judío.10