La palabra Biblia es de origen griego, posiblemente una referencia a Biblos, ciudad portuaria histórica en el Líbano moderno, ampliamente conocida en la antigüedad por el excelente papiro que allí se producía y se exportaba a muchas partes del mundo, incluida Grecia. Biblia, entonces, es una referencia al medio físico del libro en sí, una forma estática diseñada originalmente como registro del pasado en lugar de una guía viva para el presente.

Torá, la palabra hebrea para “Biblia”, deriva de horaá, “instrucción”,1 lo cual implica un sentido más dinámico de relevancia contemporánea.

Entendida como tal, la Torá sirve no solo como un libro de historia antigua, sino, lo que es más importante, como un manual de instrucciones para la vida.

De hecho, el Zóhar,2 uno de los textos fundamentales de la Cabalá, enseña que, si bien la Torá fue formalmente entregada por Di-s en el Sinaí, precede a ese evento revelador e incluso precede a la mismísima creación del mundo: “El Santo, bendito es, miró la Torá y la usó como plano para crear el universo”. Como tal, la Torá proporciona una plantilla metafísica para comprender las propiedades y el propósito del mundo y la existencia humana. Al estudiarla, uno entra en contacto directo con los elementos fundamentales de la creación misma.

La Torá no es, por tanto, una mera pieza de literatura; es, más bien, una guía y está destinada a estudiarse en consecuencia. De la misma manera que no intentaríamos hacer funcionar una maquinaria compleja sin antes consultar su manual del usuario, el viaje de la vida y la existencia humana en un mundo infinitamente complejo requiere su propio conjunto de instrucciones para una experiencia óptima.

Siguiendo esta línea de pensamiento, uno bien podría cuestionar: si la Torá es un manual de instrucciones para la vida, ¿por qué incluye tantas historias y relatos propios de la historia? ¿Por qué no proporciona simplemente una lista de mandamientos, instruyéndonos cómo conducirnos y cómo no conducirnos, qué comer y qué no comer, etc.?

Los Sabios ofrecen numerosas respuestas a esta pregunta, una de las cuales es que estas historias no son meros cuentos de personajes o eventos de antaño, sino también ellas, las historias, son instructivos3 por sí mismas. De hecho, cuando se leen en consecuencia, ofrecen profundas reflexiones y una sabiduría vital conmovedora para iluminar nuestros caminos y ayudarnos a navegar nuestras vidas. En pocas palabras, las historias de Adam, Java, Noé, Abraham, Sara, Rebeca, Lea, Raque, Moisés, etc., representan las historias de nuestras vidas. Fueron incluidas específicamente debido a su resonancia universal y arquetípica, y porque expresan y encapsulan tan poderosamente la esencia de la experiencia humana a lo largo de los siglos.

En consecuencia, la Torá no está destinada a ser estudiada como mero ejercicio académico. Más allá de su carácter informativo y su erudición crítica, leer la Torá con ese criterio elude su función principal de erigirse en fuerza rectora de nuestras vidas más que mero elemento fósil de la antigüedad.

El pensamiento convencional es que se puede analizar, comprender e incluso enseñar un cuerpo particular de sabiduría sin necesidad de practicarlo uno mismo. Así, se puede ser un académico respetado, considerado un experto en un campo particular, sin ser realmente un practicante de esa disciplina. Por ejemplo, se cuenta que una vez Aristóteles fue sorprendido por sus discípulos, involucrado en una conducta impropia de una persona de su talla. Sus discípulos lo confrontaron: “¿Cómo es que usted, el padre de un enfoque integral de la ética, se comporta de ese modo?”. Aristóteles respondió: “No confundan a Aristóteles el maestro con Aristóteles el ser humano”.

La Torá es diferente. La Torá es una guía, no un mero tratado teórico de estudio académico. Su sabiduría principal no reside en la acumulación de conceptos, sino en guiar la conducta, la vida y la práctica cotidianas.

Expone el Talmud:4 “El que dice: ‘Solo Torá tengo’ (es decir, conocimiento sin acción)... carece incluso de Torá. ¿La razón?... Expone el versículo (Deuteronomio 5:1): Para que las estudies y las cumplas... Por tanto, quien no se consagra a la observancia [de las instrucciones de la Torá] se considera que tampoco se ha consagrado a estudiarlas.”

La Mishná5 compara al que su estudio de la Torá excede a sus buenas acciones, con un árbol “cuyas ramas son muchas pero sus raíces pocas”. Sin duda, tal árbol será arrancado por el primer viento. Es un árbol vulnerable y de baja probabilidad de sostenerse el tiempo suficiente para dar frutos. La sabiduría de la Torá está diseñada para centrar a la persona, tanto cuerpo como alma, dentro de un mundo confuso y a menudo contradictorio de incertidumbre moral. Si se toma puramente como conocimiento y teoría, la Torá no tendrá el efecto deseado, que es anclarnos en una vida de espíritu mientras navegamos el mar del mundo material. Después de todo, no es el conocimiento en sí mismo lo que nos hace mejores personas, sino cómo y cuándo actuamos y materializamos dicho conocimiento. Este es el secreto del Árbol de la Vida.

El Concepto

El principal interés de la Torá no es cómo y cuándo fue creado el mundo, sino por qué y con qué fin.

Sucedió Una Vez

Aun hombre que buscaba orientación, el Rebe de Lubavitch lo alentó a hacer uso al máximo de sus talentos únicos. En un encuentro posterior, el Rebe le dijo:

—Espero que estés cumpliendo con lo que hemos conversado. ¡No hagas de mí un pecador!

—¿¡Pero cómo podría yo hacer eso!? —preguntó desconcertado, el hombre.

Con sus ojos brillosos, el Rebe respondió: —Nuestros Sabios enseñan que “quien habla excesivamente atrae el pecado”. Si nuestra conversación anterior no condujo a ningún resultado práctico fue simplemente una mera ‘conversación excesiva’.