Este mundo, nuestra realidad, se presenta como un lugar confuso. A veces puede resultar difícil distinguir entre qué es lo que realmente merece la pena perseguir y qué es una mera distracción superficial, o peor aún, destructiva.
La sabiduría judía describe nuestro universo como una realidad simulada en la que Di-s nos imbuye de libre albedrío para darnos la oportunidad de elegir entre el camino de la vida y el crecimiento o el de la muerte y la decadencia. Como expresa el versículo:1 Di-s dice: He puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que vivas tú y tu descendencia.
Para verdaderamente vivir, no basta con simplemente existir. El Talmud2 enseña: “Los malvados se consideran muertos aun en vida”, mientras que “los justos se consideran vivos aun en la muerte”. Vivir significa llevar una vida significativa en la que utilizamos cada oportunidad para aprender, crecer y perfeccionarnos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.
Como parte del juego de la vida, Di-s nos pone señuelos y obstáculos en nuestro camino. Algunos son muy personales para cada uno, otros son para grupos más grandes de los que formamos parte. El “juego” fue diseñado intencionalmente de esa manera, para desafiar nuestra determinación y probar nuestra capacidad de resistir la tentación fugaz y crear una vida de valor eterno.
Junto con el juego, Di-s también nos proporcionó un mapa para ayudarnos a identificar dónde se pueden encontrar bendiciones y alertarnos sobre los territorios sombríos y los puntos de cruce donde a menudo acecha el peligro.
Ese mapa es la Torá, el plano de la creación,3 que ilumina las diversas rutas a través del laberinto, revelando qué búsquedas son significativas y nutritivas y cuáles, en última instancia, son vanas y vacías.
En consecuencia, la Torá funciona como un dispositivo GPS espiritual que nos indica dónde girar y qué obstáculos evitar. Estas “instrucciones” son las acciones prohibidas y las conductas permitidas. Las voces hebreas para “prohibido” y “permitido” son asur y mutar, que literalmente significan “atado y desatado”. Pero ¿cuál es la implicancia de tal imagen dialéctica?
Ello lo explica mejor la Cabalá lurianica,4 que considera que todo lo existente en este mundo está compuesto por una mezcla de bien y mal, o, más precisamente, de chispas sagradas que reflejan transparentemente su origen Divino, y de klipot, “cortezas”, que ocultan y confinan a las chispas sagradas en este mundo.5
Nuestro propósito en esta tierra es purificar y elevar el mundo extrayendo el bien del mal, la bendición de la maldición, las chispas de las cortezas, a través de la atención plena, la sensibilidad y la intencionalidad; y, al hacerlo, devolver las chispas a su resplandor original en la luz de lo Divino. En términos cabalísticos, esta recolección de las chispas es nuestra contribución a la culminación de la creación; es cómo colaboramos con Di-s en el arte de la redención.
Sin embargo, librados a nuestra suerte no somos capaces de discernir de manera confiable los contornos y límites sutiles de tales energías y propiedades espirituales. Además, no siempre está claro si tenemos la capacidad de extraer exitosamente tales chispas, esencias preciosas, de su corteza, proceso que resulta ser espiritualmente sensible. Un error de cálculo podría resultar en que nuestra alma quede atrapada en distracciones triviales o situaciones espiritualmente peligrosas, llevándonos a nosotros, al igual que las chispas, a perder parte de la luminiscencia pura de nuestra propia alma.
¿Cómo identificamos, pues, la presencia de tales chispas redimibles a fin de saber dónde podemos hallar la verdadera santidad allí oculta para poder elevarla a su estado original? Además, ¿cómo determinamos cuándo algo es sencillamente irredimible en general, o al menos en relación con nosotros?
Esto, según los cabalistas,6 es la función de la ley judía: al delimitar qué está prohibido y qué está permitido, la Torá nos revela qué chispas están “atadas” (a lo mundano) y como tales son irredimibles, y qué chispas son oportunidades "libres" (de ataduras mundanas) y como tales energéticamente disponibles para que nos involucremos y las elevemos integrándolas a la santidad. De hecho, la palabra hebrea para transgresión, averá, literalmente significa “traspasar” (una línea).
Como el mapa para acceder a un tesoro, la ley judía nos ayuda a atravesar el complejo paisaje de la vida identificando dónde se halla la abundancia espiritual. Y lo hace de tres maneras fundamentales:
1) Nos indica qué acciones debemos realizar ("mandamiento", mitzvá) ofreciéndonos caminos claros para conectarnos con Di-s a través de la acción positiva (qué sí hacer).
2) Nos alerta sobre qué búsquedas o conductas resultarán dañinos para nuestra alma y, por lo tanto, debemos evitar (qué no hacer).
3) Demarca las áreas “neutrales” o “mundanas permisibles” de la vida que disponen del potencial para incorporarse al reino de lo sagrado a través de la conciencia Divina y la intencionalidad.
Es en este tercer reino, el reino de lo mundano permisible, donde podemos hacer nuestro trabajo más creativo, desafiante e importante:
Creativo, porque es ahí donde tenemos la libertad de determinar proactivamente el contexto espiritual de nuestras acciones mediante la aplicación de nuestra intención clarificada.
Desafiante, porque cuando cierto acto está manifiestamente prohibido o es manifiestamente de cumplimiento obligatorio, sabemos exactamente de qué debemos abstenernos o con qué debemos comprometernos, y su estatus está así manifiestamente delineado. Cuando algo está en la zona neutral, sin embargo, debemos emplear nuestros propios poderes de sensatez para determinar cómo se puede elevar y transformar de la mejor manera en algo sagrado.
Importante, porque estas áreas de lo mundano permisible son precisamente los reinos neutrales en los que podríamos profundizar y expandir la presencia espiritual dentro del mundo, más allá de lo que explícitamente describe la Torá. Esta es la alquimia judía de divinizar gradualmente el mundo, revelando y liberando las chispas caídas, ocultas en cada rincón y grieta de la creación.7
En última instancia, en el proyecto Divino,8 solo hay tres respuestas posibles a cualquier situación dada. O es una mitzvá (mandamiento) para hacer, una prohibición que se debe evitar o una oportunidad para tomar la iniciativa y crear significado desde dentro del ámbito de lo mundano permisible, transformando algo ordinario, o incluso hedonista, en algo extraordinario y sagrado.
El estilo de vida halájico, lleno como está de permisiones y prohibiciones, no está destinado a experimentarse como algo de estricta rigidez técnica y comportamiento mecanicista, como desafortunadamente algunos lo ven. En cambio, es una forma vital de vida en la que cada momento de cada día es una emocionante oportunidad para utilizar nuestras vidas temporales para descubrir y desbloquear tesoros de valor eterno. La Torá, nuestra guía, nuestro mapa, nuestro plano, nuestra brújula, señala el camino para que alcancemos la Tierra Prometida de la realidad perfecta y redimida. Depende de nosotros dar los pasos necesarios en aras de lograr el objetivo.
El Concepto
La Torá no es simplemente un código legal sino un mapa cósmico cuyas instrucciones nos ayudan a sintonizarnos con la frecuencia espiritual del universo.
Sucedió Una Vez
En cierta ocasión, Baal Shem Tov envió a uno de sus jóvenes discípulos, R. Moshé Meshel, con una misiva dirigida a uno de sus discípulos más veteranos, el gran erudito R. Jaim Rapaport.
La carta instruía a R. Rapaport a viajar a un lugar específico en el bosque a las afueras de la ciudad y allí estudiar la Torá en profundidad, orar la plegaria de Minjá y luego regresar a casa. A pesar de no conocer el propósito de semejante misión, R. Rapaport siguió incondicionalmente las instrucciones de su maestro.
Después de viajar al lugar designado y estudiar allí por algunas horas, R. Rapaport estaba sediento. Mientras continuaba estudiando, sus compañeros salieron a buscar algo de agua. En medio del espeso bosque descubrieron un manantial y de allí le llevaron agua fresca para beber. R. Rapaport también usó el agua para lavarse las manos antes de la plegaria de Minjá. Y finalmente regresaron a casa.
Poco después, R. Rapaport visitó a Baal Shem Tov y le dijo que desde que cumplió aquella misión, se le abrieron los ojos y el corazón para el estudio de la Torá y el servicio a Di-s y además había progresado espiritualmente más en ese breve período que nunca antes. Por todo ello le agradeció a Baal Shem Tov haberlo enviado allí.
Y entonces Baal Shem Tov le dijo: “Sin saberlo, realizaste allí una gran misión. Está escrito en el sagrado Zóhar que desde que Di-s separó las aguas inferiores de las aguas superiores en el segundo día de la creación, las aguas inferiores han estado llorando y suplicando comparecer ante el Santo Rey, para exigirle ser utilizadas para fines sagrados, como el lavado de manos antes de la oración, el estudio de la Torá, ingerir pan y la inmersión en una mikve.
“Cerca del lugar donde te envié había un manantial que ha estado llorando durante cinco mil quinientos diecinueve años, desde la creación: ¿Por qué debería ser menos que todos los demás manantiales del mundo? ¿Por qué sus aguas deberían verse privadas de elevación al mundo de lo Divino? Desde que el Eterno lo creó, nadie ha hecho nunca una bendición por sus aguas y nunca fueron usadas para fines sagrados. Ese día, cuando tú bebiste de sus aguas y las utilizaste para purificar tus manos previo a orar, elevaste aquel manantial. Todo esto fue obra de la Divina Providencia. Toda criatura y creación tiene un momento para su elevación, y está predestinado cuándo ocurrirá y por mano de quién. Y eso es cierto también para todas y cada una de las almaa; también ellas tiene su momento para elevarse”.9
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